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The end:
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Sus zapatos
ADN, 25.06.10

A una de mis amigas le han robado unos zapatos: dos pares, cuatro carísimos Manolos que pensaba vender a la salida del trabajo. Herencia de otros tiempos, otros gustos, las dos cajas desaparecieron de su despacho, los dos pares caminando por sí mismos, los verdes y los de aire marinero, tan bonitos.

Sin embargo, lo peor no ha sido el robo en sí en su lugar de trabajo, ni la ceguera de las cámaras de seguridad, ni la mirada de soslayo y desconfianza. Lo que más la ha desazonado ha sido la reacción de su entorno. ¿Calzaba ella esa marca? ¿Gastaba tanto dinero en algo absurdo, como zapatos? ¿Cómo se atrevía? ¿A qué venía ese derroche? Bien parapetada por la envidia se asomaba la frase definitiva: que en el fondo se lo merecía por su extravagancia, por no ser como los demás, por atreverse a acceder al lujo.

Quizás esa actitud se encuentre en el aire estos días, en los que se fija, con motivos fiscales, el patrimonio de los ricos: y coincide que son ricos quienes compraron dos viviendas, quienes heredaron una finca favorecida por el catastro, las pequeñas empresas que deben acumular patrimonio o bienes, por sus características. Son ricos, y la vieja hacha de guerra se ceba en ellos, ¿cómo osaron tener suerte? ¿Invertir bien? ¿Prosperar? Se les aborrece con más virulencia que a los distantes millonarios, que no pertenecen a los nuestros. Pienso en las miradas de rabia que seguirían a mi amiga, inalcanzable sobre sus doce centímetros de tacón, en la alegría por el mal ajeno. En el triunfo de la mediocridad.

 

© Espido Freire 2005