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Torre de marfil
ADN, 17.06.10 |
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Oh, pues por supuesto que es duro bajar, peldaño a peldaño, o despeñado por las escaleras, de una torre de marfil. Con dolor hay que abandonar el coche oficial, y las dietas por desplazamiento, la clase preferente, con su copita de cava o jerez de bienvenida, y los obsequios que acompañaban el regreso.
En las pocas ocasiones en las que he vivido en una esfera en la que no me correspondía (una invitación de un amigo adinerado, una boda que tiraba todo por la ventana, un evento lujoso) he sentido la punzada de la desolación que supone esperar por mi maleta en una terminal y darme cuenta de que el sueño había acabado, regresar al metro sin que un chófer amabilísimo me abra la puerta. He regresado a mi vida que, gracias a mi trabajo, no es tan mala, con el mismo runrún que debió asaltar a Eva cuando codiciaba la manzana. Cuando se prueba el caviar, lo importante no es que nos guste el caviar: lo que nos gusta es comer caviar, y que se sepa.
Por lo tanto, entiendo bien la renuencia con la que los cargos públicos dicen adiós a unos privilegios que daban por hechos. Durante los dos últimos años se habrán refugiado en ellos, como un escudo frente a la árida realidad. Quizás cuando hablaban de servicio público entendían esos agasajos como normales. Me gustaría darles la bienvenida a la realidad, pero me consta que para la mayor parte de ellos, con o sin coche oficial, la realidad aún se encuentra muy lejos. Pese a la bajada de sueldos, la pretendida austeridad, allí siguen, en esa bonita torre, por encima de todos.
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