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Espido Freire
   
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Oprobio obliga


Gunther Grass reconoció hace unos meses que, como casi todos los adolescentes ambiciosos y manipulados de la Alemania de los años 30 y 40, mantuvo vínculos con las SS. Se sospechaba: lo negaba con demasiada vehemencia. El poema en el que habla de ello, "Oprobio obliga", cuenta la cobardía arrastrada durante años, y la búsqueda por darle nombre a un sentimiento que, como alemán y como hombre, le estaba prohibido: la vergüenza.

La presión sobre niños y padres para que obedecieran a un espíritu castrense, deshumanizado y autoritario llegaba a la pena de muerte. Durante los últimos momentos de la guerra muchos fueron los soldados-niño que reemplazaron a los adultos en las acciones más osadas que llevó a cabo Hitler. Se enseñaba a los niños a que dieran vida y voluntad por su patria. A las niñas, a que donaran hijos. Era una sociedad cruel y dictatorial, y por supuesto, obedecida.

Si no somos hipócritas, no puede resultar tan complicado de comprender. La película que arrasa en la taquilla desde hace unos días, 300, se basa en los mismos principios que alentaron a los nazis en su idea de sociedad: eugenesia incluida. Miller, el autor del cómic original, no oculta su fascinación por los espartanos y su disciplina, ni tampoco los rostros de los espectadores en las salas. El mismo horror del que se arrepiente Grass toma torso y nombre en los soldados de las Termópilas. Y entusiasma. Y se compra. Y se descarga de internet. Lo único que cambia es la excusa.
Como Grass, a veces también me avergüenzo.

 

© Espido Freire