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Escucho con una frecuencia inusual que el momento político en el que nos encontramos es abiertamente suicida, que el camino que sigue el Gobierno, o la oposición, dependiendo de quién hable, no es sino un suicidio que arrastrará con él a todo el país. Quisiera averiguar quién o cómo se ha iniciado esa expresión: de vez en cuando se ponen de moda, casi nunca de manera inocente.
Tras el encuentro, tan breve como frustrante, entre Zapatero y Rajoy, las posturas de ambos delatan una incomprensión extrema, y una gran falta de respeto por las ideas ajenas a la política de partido, que ni siquiera se valoran ni sopesan, por mucho que algunas de ellas podrían aliviar la situación financiera nacional. Y de nuevo se achaca una actitud suicida a quienes deberían salvarnos.
El problema radica en que quien decide suicidarse lo hace presa de una profunda ansiedad, y de una rabia inmensa. En el suicida, especialmente en el que pone fin a su vida de manera pública y con gran violencia, existe también la voluntad de castigar y agredir a quien deja detrás. Es el gran acto final de despedida.
Por eso la política contemporánea no tiene nada que ver con la actitud del suicida, y sí mucho con el sálvese quien pueda generalizado. Zapatero no escucha. Rajoy no dice. No hay una intención de poner fin a la vida o el poder, sino de escapar sin culpa, y de continuar sonriendo. Es una pelea de comerciales, no de guerreros. Vemos una agresión constante a una víctima que apenas se queja, no una inmolación, no un suicidio. |