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The end:
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De buen grado
ADN, 08.04.10

En momentos de crisis, se regresa al instinto. Como si, todos a una, leyéramos a D. H. Lawrence, se inicia una desconfianza general hacia el que piensa, elabora o crea una forma de vida basada en la sofisticación y la industria. Por lo tanto, no se perdona que un ejecutivo de banco, un alto consejero, un ingeniero, incluso, cobre un sueldo elevado. Se cuestionan los derechos de autor y cuánto ha de percibir un artista, se odian los finiquitos de expertos, se publica cuánto cobran los políticos y de qué manera invierten su patrimonio. Se exigen castigos ejemplares a los corruptos, y horrores sin nombres a quienes se les pilla en lo que se admite que es una degeneración general.

Y, sin embargo, se admite de buen grado que quienes se ganan de una manera física el sueldo adquieran fortunas en poco tiempo. Quizás porque se revaloriza la fuerza de trabajo, o hay una frustración general entre quienes no obtienen un puesto por estar poco cualificados intelectualmente, hay una complacencia general en los deportes, la belleza, el timador hecho a sí mismo.


Se buscan, como siempre, nuevos héroes: sólo varía su desarrollo. Si en momentos de prosperidad hay espacio para el intelectual, el astuto, el que desde un garaje y con un ordenador monta un imperio, los tiempos duros exigen hombres duros y mujeres complacientes. Se vuelve el mundo del revés: y, por desgracia, con cada deportista convertido en multimillonario, cada modelo enriquecida, cada estrellita televisiva, perdemos un abogado, un médico, una arquitecta.

 

© Espido Freire 2005