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Hace unos años supe, a través un análisis de ADN, que no portaba una enfermedad mortal. La genética, absurda, me había librado de transmitir a mis hijos la distrofia de Duchenne. Si fueran niñas, no la padecerían. Sólo los varones. La vida no era justa. Incluso liberada de esa maldición rara, sin cura, la vida resultaba terrible. Mi primo, mi adorado primo de sólo veinticuatro años, había muerto sin cura ni remedio, por esa misma misteriosa, esquiva, olvidada, atroz enfermedad.
En la Biblia se anuncia una y otra vez que el pecado de los padres recae sobre los hijos. Es el Viejo Testamento, ese libro cruel en el que aún falta que la noción del amor que libera. En el Nuevo se anuncia: pedid y se os dará. Amad, no hay otra salvación, porque se le perdonará mucho al que ha amado mucho. Creo en ello. En amar mucho. Muchísimo. Más a quien menos lo merece. Así me educaron. Así amo.
Colgado de mi pared preferida, un lienzo: mi ADN. La empresa de unos amigos, Decoradn, ha aislado mi secuencia, y la ha convertido en un precioso cuadro abstracto. Ellos me lo dijeron (la llamada de Fernando, en la noche, para decirme no eres portadora, vive en paz) Para mí, esa imagen fucsia, tan bella, significa la liberación: mi salud, mis genes limpios, son un grito en ayuda de quien pide la investigación para las enfermedades raras. Marzo se dedica a las mujeres, a los padres. Debería ser también para los cuidadores. Para quienes investigan. Para quienes, como mis amigos, han dedicado la vida, esa tan difícil, a detectar infiernos. O liberar almas.
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