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A los cinco años
ya sabía con claridad qué ropa no me pondría
jamás en los descansos que me dejaba el uniforme
escolar. A los quince dominaba las leyes ópticas
de la moda: el uso de las rayas verticales para estilizar,
las horizontales para dar volumen. Los colores que combinaban
entre sí, con independencia de que la pasarela
mezclara grises y pardos, y rojos y amarillos. Las hombreras,
los rellenos, los cortes que emplazaban la cintura en
la posición adecuada y más favorecedora.
Como a todas las mujeres, me habían convencido
de que el negro era el color más elegante, y
me unía a las que convertían los bares
de los sábados en reuniones lúgubres de
chicas enlutadas.
Aprendí a no fiarme de los números, y
a apreciar de un vistazo si aquella talla, fuera 36
o 40, era la mía. Memoricé mi tamaño
de pie, de busto, de caderas, de chaquetas, las pulgadas
de los vaqueros, e hice lo mismo con las tallas de mis
amigas y de mis novios, que nunca recordaban con exactitud
la suya, para atinar con los regalos. Cometí
menos errores, supe qué me favorecía y
qué sujetadores debían acompañarme,
y nada de esto fue rápido ni gratuito. Empleé
horas con revistas y en probadores, críticas
en cuerpos ajenos y llantos ante el espejo, y lo hice
con discreción, pero así se esperaba de
mí. Era una chica.
Muchos varones no comprenden por qué un tallaje
uniforme nos resulta tan importante. No creo que lo
entiendan nunca. Les falta la presión de las
expectativas, la vergüenza de un vestido inadecuado.
Vienen de otro pasado. |