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Correspondencia

Barcelona, Ediciones Alpha Decay, 2009

PRÓLOGO · TODAS LAS CARTAS, OTRO CRONOPIO

Todos los que queremos tanto a Julio, sabemos que Cortázar nació un 26 de agosto. Lo mismo que mi madre, nacida en Barcelona. Una flamante paloma mensajera, más que esa pobre cigüeña al borde de un ataque de nervios de tanto cansancio acumulado por todo el planeta, a mí me dejó en Buenos Aires. Desde hace muchísimos años vivo en Belgrado. Barcelona, Buenos Aires, Belgrado: una misma letra al comienzo del nombre de cada ciudad de mi vida.

Un 26 de agosto firmé en Belgrado el contrato para traducir al serbio la Rayuela de Cortázar. El día en que la editorial belgradense me comunicó que había aceptado mi propuesta de que se publicara la traducción de ese libro que abría y sigue abriendo el verdadero mundo de cada uno de nosotros, y por el que al parecer cuando apareció por primerísima vez en su original castellano ya tantos muchachos empezaron a escuchar a Bill Evans aunque en el fondo provenían del tango o de Mozart, en tanto que las chicas dejaron de apretar el tubo de pasta dentífrica desde abajo en su afán de parecerse por lo menos en algo a la Maga; y que me comunicaron que además conta- ban conmigo como filóloga, traductora literaria y amante de la bicicleta y otros animales, incluso domésticos, para que hiciera dicha traducción, recuerdo que me puse a dar pequeños pero incontenibles saltos de alegría por la alfombra de mi living, aunque, en sí, acaso esa alfombra no tuviera mucho que ver con aquella a partir de cuyo diseño Gregorovius o algún otro personaje de ese Liber Fulguralis creía estar entrando en un irreversible mandala existencial.

Semanas más tarde me llamaron de la editorial para firmar el correspondiente contrato; tan sólo al haberlo firmado el día en que me llamaron para eso, me di cuenta de que ese día era, en definitiva, otro 26 de agosto.

Entonces opiné, muy profesionalmente, que debía entrar en contacto con el autor a fin de hacerle todas las consultas necesarias. En realidad, deseé viajar a París y conocerlo en vivo y en directo, si bien hay quienes opinan que es mejor no conocer al autor en caso de que todavía no haya pasado a la inmortalidad. Personalmente prefiero pasar por «El otro cielo»; por esos cielos que a veces incluso desembocan en la parisina Rue Martel, casi al 348 europeo, segundo o tercer piso, con o sin ascensor.

Ahí llegué, a ese domicilio habitado entonces por una gata llamada Flanelle, una esposa bostoniana y escritora denominada «Osita», y un escritor conocido desde antes como el «Gran Cronopio» entre amigos, y posteriormente como «El Lobo» entre los lectores de Los autonautas de la cosmopista. Antes de llegar ahí, haciendo o no haciendo dedo a diversos aviones que en esa época de la antigua Yugoslavia volaban regularmente a la Ciudad de las Luces, por supuesto que primero le escribí una carta a Julio, para concertar el encuentro.

A Julio ya le había escrito antes para transmitirle una invitación que se le había hecho desde el Centro Cultural Estudiantil de Belgrado para venir acá y hablar de todo lo que quisiera, desde literatura hasta múltiples realidades, ida y vuelta, pasando por el endémico jazz de ese Centro alternativo, así como por los pintores ingenuos que en la llanura de Vojvodina, no lejos de la ciudad, como campesinos creadores también eran apoyados por el sistema de entonces; pero Julio nunca contestó a esa primera carta mía. A pesar de que en esa primera carta le transmitía la invitación para venir aunque sólo fuera para permanecer callado –lo que ahora se diría Personal Appearance– nunca me contestó. Supuse después que eso tenía que deberse al hecho de que era ésa una carta oficial, enviada en nombre de otros; de una institución, por más avanzada que fuera. Supuse que no me contestaba porque en esa carta yo me dirigía a Cortázar diciéndole Estimado Señor. En efecto, tan sólo después de haberla enviado leí ese «Grave Problema Argentino» del que precisamente habla en otro de sus libros: Estimado señor, querido amigo, morite che. Entonces, cuando tras haber firmado el contrato yo ya no tenía nada que perder, en mi próxima carta pegué un salto tipo casilla número nueve, puesto que el Cielo ya estaba dentro de mí: entonces le escribí una carta en la rigí a él tutéandolo y diciéndole eso, «Julísimo Julio», y entonces, sí. Contestome entonces, «Silvísima Silvia ». Desde entonces empezamos a compartir cartas, proyectos y otros muchos juegos, como si por fin todos juntos nos encontráramos en ese puente innecesario del capítulo 41 por el que de hecho empezó esa rayuela dibujada en cualquier calle, desde la que siempre se puede llegar a una casualidad privilegiada. Si es que las casualidades existen. En todo caso, desde entonces Carol Dunlop, Julio Cortázar y yo empezamos a enviarnos cartas cual piedritas del ser al ser sobre una profunda acera. O vereda. De cierto modo metafísicamente callejero, pasamos así al catártico capítulo 36. Mi padre Francisco Monrós murió, como otros varios privilegiados por el destino aunque no sean entomólogos como él, a sus treinta y seis años, tres días antes de mi noveno cumpleaños. Tres y seis: nueve.

«En lo alto está el Cielo, abajo está la Tierra, es muy difícil llegar con la piedrita al Cielo, casi siempre se calcula mal y la piedra sale del dibujo.» Sin embargo, como ingredientes para ese juego a vida o muerte que nos acompaña durante toda nuestra caminata hasta que al haberlo aprendido ya no tengamos más ganas de jugar o saltar o querer, basta con disponer de la ya citada acera, una piedra, y la punta de un zapato. «Poco a poco, sin embargo, se va adquiriendo la habilidad necesaria para salvar las diferentes casillas (rayuela caracol, rayuela rectangular, rayuela de fantasía, poco usada) y un día se aprende a salir de la Tierra… lo malo es que justamente a esa altura, cuando casi nadie ha aprendido a remontar la piedrita hasta el Cielo, se acaba de golpe la infancia.»

Y sin embargo, el Cielo está aquí y ahora, en cualquier acera, en cualquier etapa de nuestros viajes personales. Está en cualquier acera, por más pisoteada que sea; está en cualquier etapa, por más pisoteados que estemos todos nosotros, cada uno a su manera, ya empezando por los años, las experiencias, las bombas u otros juegos que de tanto tomárnoslos en serio nos impiden sencillamente seguir jugando. Acaso jamás supimos hacerlo de esa manera de la que habla Cortázar para la cual ni siquiera una tiza de color es necesaria si se está dispuesto a seguir saltando de alegría o a amar y jugar después de todas y tantas experiencias individuales y universales.

Mi primer encuentro con Cortázar como autor de unos relatos igualmente inquietantes tuvo lugar cuando en mi viaje de bodas a la Argentina con mi marido local y perenne y futuro padre de nuestros helados de vainilla y chocolate, la esposa del único hermano de mi difunto padre me encomendó un libro de tapas blancas para mi madre. Ese libro de tapas blancas estaba precisamente compuesto por los relatos de ese escritor del que hasta entonces no sabía nada. En plena luna de miel a mis veintiún años tampoco sabía demasiado acerca de Borges. Sabía, de todas maneras, que precisamente por ello, ya estando en la Argentina, debía buscar algún Aleph.

Mi tía Lidi me trajo entonces desde Córdoba la Nueva un libro para mi mamá, afincada desde hace rato en Belgrado o, para ser más precisos, en Nuevo Belgrado, junto al Danubio. Mi mamá ahora no sólo está afincada en ese barrio sino que está postrada en la cama. Sea como fuere, nunca le entregué el libro que su cuñada le enviaba a través mío: me puse a leerlo hasta dejarlo impresentable destrozando sus páginas. Leí, así, «Las armas secretas», donde cada letra me parecía un misterio al deslizarse así nomás por la escalera, como si la a de las armas no fuera una letra gorda, redonda y amistosa. Igualmente leí «Cartas de mamá», «Una flor amarilla», «Axolotl» y «Carta a una señorita en París». Mi primerísima traducción de él tuvo lugar de inmediato, incluso más allá de Cortázar: «La salud de los enfermos».

Desde entonces, pienso más que nunca que toda elección, aparentemente voluntaria, invariablemente conduce al desenlace propio, o a esas cartas que hacen de tiza al ser. Ser o no ser: una amiga mía tenía un perro que se llamaba To Be or Not To Be, alias Tobby. Esa amiga, nacida en Barcelona lo mismo que toda mi familia por ambas partes, llegó a Buenos Aires como catalana insurrecta representando a España en la Embajada del Reino. Después también vino a parar a Belgrado como miembro del cuerpo diplomático, para luego instalarse definitivamente en Badalona: BBB.

Pienso que, realmente, no hay casualidades. Estuve al tanto de la salud de Carol y Julio cuando a modo de desafío, mucho después de «La autopista del sur» –que también traduje al serbio– ambos me escribían sobre lo excitados que estaban extrayéndole al camino de la velocidad su solemne lentitud.

Y así, sin ninguna prisa, por fin di con un cronopio irremediable. Di con él gracias a otra amiga, que en su hora fuera alumna mía: Nevena Janic ´ ijevic´ , que yendo a ver hace poco, desde Belgrado a Barcelona, la versión teatral de «El perseguidor», entre el público se enteró de que por ahí andaba un tal Lucas. Para no decir Carles Álvarez. Carles es el verdadero perseguidor. El perseguidor de cualquier carta, todas las cartas. Con tal de que tengan que ver con J.C: Johnny Carter; Julio Cortázar. Charlie Parker y Nevena son otra cosa, muy diferente entre sí.

Parece que, tal y como veníamos diciendo desde un principio esencial, «Todos los cielos una carta». Todas las cartas, un libro. Todo libro un ritmo de amistad. Un cronopio para siempre: total, lo único que me importa al llegar a esta casilla final de todas mis islas es llegar al primer número impar de estas páginas, por eso de los números. Por eso de las Coincidencias sin Juegos: por eso de los Juegos que Coinciden. Y por J.C.

Estas cartas, que para mí siguen siendo el cronopio que todos fuimos, quisimos ser o seguimos siendo, Julio.

Silvia Monrós-Stojakovic