PRÓLOGO · TODAS LAS CARTAS, OTRO CRONOPIO
Todos los que queremos tanto a Julio, sabemos
que Cortázar nació un 26 de agosto. Lo mismo que
mi madre, nacida en Barcelona. Una flamante paloma
mensajera, más que esa pobre cigüeña al borde de un
ataque de nervios de tanto cansancio acumulado por
todo el planeta, a mí me dejó en Buenos Aires. Desde
hace muchísimos años vivo en Belgrado. Barcelona,
Buenos Aires, Belgrado: una misma letra al comienzo
del nombre de cada ciudad de mi vida.
Un 26 de agosto firmé en Belgrado el contrato
para traducir al serbio la Rayuela de Cortázar. El día
en que la editorial belgradense me comunicó que había
aceptado mi propuesta de que se publicara la traducción
de ese libro que abría y sigue abriendo el
verdadero mundo de cada uno de nosotros, y por
el que al parecer cuando apareció por primerísima vez
en su original castellano ya tantos muchachos empezaron
a escuchar a Bill Evans aunque en el fondo provenían
del tango o de Mozart, en tanto que las chicas
dejaron de apretar el tubo de pasta dentífrica desde
abajo en su afán de parecerse por lo menos en algo a
la Maga; y que me comunicaron que además conta-
ban conmigo como filóloga, traductora literaria y
amante de la bicicleta y otros animales, incluso domésticos,
para que hiciera dicha traducción, recuerdo
que me puse a dar pequeños pero incontenibles saltos
de alegría por la alfombra de mi living, aunque,
en sí, acaso esa alfombra no tuviera mucho que ver
con aquella a partir de cuyo diseño Gregorovius o algún
otro personaje de ese Liber Fulguralis creía estar
entrando en un irreversible mandala existencial.
Semanas más tarde me llamaron de la editorial
para firmar el correspondiente contrato; tan sólo al
haberlo firmado el día en que me llamaron para eso,
me di cuenta de que ese día era, en definitiva, otro 26
de agosto.
Entonces opiné, muy profesionalmente, que debía
entrar en contacto con el autor a fin de hacerle todas
las consultas necesarias. En realidad, deseé viajar a
París y conocerlo en vivo y en directo, si bien hay
quienes opinan que es mejor no conocer al autor en
caso de que todavía no haya pasado a la inmortalidad.
Personalmente prefiero pasar por «El otro cielo»; por
esos cielos que a veces incluso desembocan en la parisina
Rue Martel, casi al 348 europeo, segundo o tercer
piso, con o sin ascensor.
Ahí llegué, a ese domicilio habitado entonces por
una gata llamada Flanelle, una esposa bostoniana y
escritora denominada «Osita», y un escritor conocido
desde antes como el «Gran Cronopio» entre amigos, y
posteriormente como «El Lobo» entre los lectores de
Los autonautas de la cosmopista. Antes de llegar ahí, haciendo
o no haciendo dedo a diversos aviones que en
esa época de la antigua Yugoslavia volaban regularmente
a la Ciudad de las Luces, por supuesto que primero
le escribí una carta a Julio, para concertar el
encuentro.
A Julio ya le había escrito antes para transmitirle
una invitación que se le había hecho desde el Centro
Cultural Estudiantil de Belgrado para venir acá y hablar
de todo lo que quisiera, desde literatura hasta
múltiples realidades, ida y vuelta, pasando por el endémico
jazz de ese Centro alternativo, así como por
los pintores ingenuos que en la llanura de Vojvodina,
no lejos de la ciudad, como campesinos creadores
también eran apoyados por el sistema de entonces;
pero Julio nunca contestó a esa primera carta mía. A
pesar de que en esa primera carta le transmitía la invitación
para venir aunque sólo fuera para permanecer
callado –lo que ahora se diría Personal Appearance–
nunca me contestó. Supuse después que eso tenía que
deberse al hecho de que era ésa una carta oficial, enviada
en nombre de otros; de una institución, por más
avanzada que fuera. Supuse que no me contestaba
porque en esa carta yo me dirigía a Cortázar diciéndole
Estimado Señor. En efecto, tan sólo después de
haberla enviado leí ese «Grave Problema Argentino»
del que precisamente habla en otro de sus libros: Estimado
señor, querido amigo, morite che. Entonces,
cuando tras haber firmado el contrato yo ya no tenía
nada que perder, en mi próxima carta pegué un salto
tipo casilla número nueve, puesto que el Cielo ya estaba
dentro de mí: entonces le escribí una carta en la
rigí a él tutéandolo y diciéndole eso, «Julísimo Julio»,
y entonces, sí. Contestome entonces, «Silvísima Silvia
».
Desde entonces empezamos a compartir cartas,
proyectos y otros muchos juegos, como si por fin todos
juntos nos encontráramos en ese puente innecesario
del capítulo 41 por el que de hecho empezó esa
rayuela dibujada en cualquier calle, desde la que
siempre se puede llegar a una casualidad privilegiada.
Si es que las casualidades existen. En todo caso, desde
entonces Carol Dunlop, Julio Cortázar y yo empezamos
a enviarnos cartas cual piedritas del ser al ser
sobre una profunda acera. O vereda. De cierto modo
metafísicamente callejero, pasamos así al catártico capítulo
36. Mi padre Francisco Monrós murió, como
otros varios privilegiados por el destino aunque no
sean entomólogos como él, a sus treinta y seis años,
tres días antes de mi noveno cumpleaños. Tres y seis:
nueve.
«En lo alto está el Cielo, abajo está la Tierra, es
muy difícil llegar con la piedrita al Cielo, casi siempre
se calcula mal y la piedra sale del dibujo.» Sin embargo,
como ingredientes para ese juego a vida o muerte
que nos acompaña durante toda nuestra caminata
hasta que al haberlo aprendido ya no tengamos más
ganas de jugar o saltar o querer, basta con disponer
de la ya citada acera, una piedra, y la punta de un zapato.
«Poco a poco, sin embargo, se va adquiriendo la
habilidad necesaria para salvar las diferentes casillas
(rayuela caracol, rayuela rectangular, rayuela de fantasía,
poco usada) y un día se aprende a salir de la
Tierra… lo malo es que justamente a esa altura, cuando
casi nadie ha aprendido a remontar la piedrita hasta
el Cielo, se acaba de golpe la infancia.»
Y sin embargo, el Cielo está aquí y ahora, en cualquier
acera, en cualquier etapa de nuestros viajes personales.
Está en cualquier acera, por más pisoteada
que sea; está en cualquier etapa, por más pisoteados
que estemos todos nosotros, cada uno a su manera,
ya empezando por los años, las experiencias, las
bombas u otros juegos que de tanto tomárnoslos en
serio nos impiden sencillamente seguir jugando. Acaso
jamás supimos hacerlo de esa manera de la que
habla Cortázar para la cual ni siquiera una tiza de color
es necesaria si se está dispuesto a seguir saltando
de alegría o a amar y jugar después de todas y tantas
experiencias individuales y universales.
Mi primer encuentro con Cortázar como autor de
unos relatos igualmente inquietantes tuvo lugar cuando
en mi viaje de bodas a la Argentina con mi marido
local y perenne y futuro padre de nuestros helados de
vainilla y chocolate, la esposa del único hermano
de mi difunto padre me encomendó un libro de tapas
blancas para mi madre. Ese libro de tapas blancas estaba
precisamente compuesto por los relatos de ese
escritor del que hasta entonces no sabía nada. En plena
luna de miel a mis veintiún años tampoco sabía
demasiado acerca de Borges. Sabía, de todas maneras,
que precisamente por ello, ya estando en la Argentina,
debía buscar algún Aleph.
Mi tía Lidi me trajo entonces desde Córdoba la
Nueva un libro para mi mamá, afincada desde hace
rato en Belgrado o, para ser más precisos, en Nuevo
Belgrado, junto al Danubio. Mi mamá ahora no sólo
está afincada en ese barrio sino que está postrada en la
cama. Sea como fuere, nunca le entregué el libro que
su cuñada le enviaba a través mío: me puse a leerlo
hasta dejarlo impresentable destrozando sus páginas.
Leí, así, «Las armas secretas», donde cada letra me
parecía un misterio al deslizarse así nomás por la escalera,
como si la a de las armas no fuera una letra
gorda, redonda y amistosa. Igualmente leí «Cartas de
mamá», «Una flor amarilla», «Axolotl» y «Carta a una
señorita en París». Mi primerísima traducción de él
tuvo lugar de inmediato, incluso más allá de Cortázar:
«La salud de los enfermos».
Desde entonces, pienso más que nunca que toda
elección, aparentemente voluntaria, invariablemente
conduce al desenlace propio, o a esas cartas que hacen
de tiza al ser. Ser o no ser: una amiga mía tenía un
perro que se llamaba To Be or Not To Be, alias Tobby.
Esa amiga, nacida en Barcelona lo mismo que toda mi
familia por ambas partes, llegó a Buenos Aires como
catalana insurrecta representando a España en la Embajada
del Reino. Después también vino a parar a Belgrado
como miembro del cuerpo diplomático, para
luego instalarse definitivamente en Badalona: BBB.
Pienso que, realmente, no hay casualidades. Estuve
al tanto de la salud de Carol y Julio cuando a modo
de desafío, mucho después de «La autopista del sur»
–que también traduje al serbio– ambos me escribían
sobre lo excitados que estaban extrayéndole al camino
de la velocidad su solemne lentitud.
Y así, sin ninguna prisa, por fin di con un cronopio
irremediable. Di con él gracias a otra amiga,
que en su hora fuera alumna mía: Nevena Janic
´ ijevic´ , que yendo a ver hace poco, desde Belgrado a
Barcelona, la versión teatral de «El perseguidor», entre
el público se enteró de que por ahí andaba un tal
Lucas. Para no decir Carles Álvarez. Carles es el verdadero
perseguidor. El perseguidor de cualquier carta,
todas las cartas. Con tal de que tengan que ver con
J.C: Johnny Carter; Julio Cortázar. Charlie Parker y
Nevena son otra cosa, muy diferente entre sí.
Parece que, tal y como veníamos diciendo desde
un principio esencial, «Todos los cielos una carta».
Todas las cartas, un libro. Todo libro un ritmo de
amistad. Un cronopio para siempre: total, lo único que
me importa al llegar a esta casilla final de todas mis
islas es llegar al primer número impar de estas páginas,
por eso de los números. Por eso de las Coincidencias
sin Juegos: por eso de los Juegos que Coinciden.
Y por J.C.
Estas cartas, que para mí siguen siendo el cronopio que todos fuimos, quisimos ser o seguimos siendo, Julio.
Silvia Monrós-Stojakovic |