Cartas de Julio CortÁzar a Silvia MonrÓs
29-XI-82
Silvia, recibo hoy tu postal de Túnez. Lo que tengo
que decirte es horrible: Carol murió el 2 de este mes,
después de dos meses en el hospital donde nada pudieron
hacer para salvarla. No puedo agregar nada,
salvo que ella te quería mucho y se alegraba con cada
una de tus cartas. Estoy en un pozo negro y sin fondo.
Pero no pienses en mí, piensa en ella, luminosa y tan
querida, y guárdala en tu corazón.
Te abraza
Julio
13-XII-82
Silvia, vendrá el día en que pueda escribirte o verte
–que sería lo mejor. Ahora no puedo, vivo en otro
plano que el de las palabras, y si tu carta me trae tanto
cariño por Carol y por mí, no alcanzo a responderla,
creo que comprenderás y que vendrá un día en que
por fin hablaremos. Tal vez en el 83 me venga a verlos
y a conocer tu país. No tengo planes y sólo pienso
en terminar el libro que hicimos juntos Carol y yo
y que tengo que completar yo solo ahora. Se lo debo,
quiero que salga, en este momento es mi única manera
de seguir junto a ella, hablándole y escuchándola.
Te quiere
Julio
París, 13-III-83
Mi querida Silvia:
A toda mi pena y mi vacío se agrega hoy otra tristeza.
El año pasado, cuando Carol y yo estábamos en
Nicaragua, un amigo se encargó de reexpedirnos el correo
urgente que iba llegando a París. El último envío
no nos llegó nunca; volvimos a París por la enfermedad
de Carol, y ya sabés el resto. Ahora, en febrero, me
fui de nuevo a Nicaragua, de donde acabo de volver.
Entre la montaña de paquetes y cartas había el último
sobre de reexpedición enviado a Managua y que por
razones inexplicables no fue entregado. Muchos meses
después, como ves, el correo lo devuelve a mi casa. Lo
abrí esta mañana y entre las muchas cartas encontré un
gran sobre con tu letra. Lo abrí (estaba dirigido a Carol)
y encontré una muy larga carta que le escribiste
con fecha 27 de julio de 1982. A esa carta agregabas
la copia de otra carta tuya dirigida a una amiga.
Como ves, Carolita no recibió nunca tu mensaje, y
mi tristeza viene del hecho de pensar que muchas veces
te habrás preguntado cómo era posible que ella
no te contestara una carta tan larga. Ahora sabés por
qué, y sé que lo lamentarás conmigo. Todo eso viene
del absurdo de los largos viajes en que uno pierde
contacto con el correo, y aunque pretende recibirlo
en la forma en que te explico más arriba, los azares
postales juegan juegos tan siniestros como éste.
Quiero que lo sepas, porque para Carol tus cartas
fueron siempre una alegría, un deseo de contestarte
en seguida, una amistad que ella hubiera querido
prolongar y enriquecer. Me sublevo ante la idea de
que no pudo leer esa larga carta tuya, y que más de una
vez debió preguntarse por tu silencio (aunque en el
fondo no es así, ahora que lo pienso, pues estoy casi
seguro de que mandaste postales y breves mensajes
con posterioridad al mes de julio; pero ni siquiera eso
me consuela ahora que tengo tu carta en las manos y
no puedo llevársela con la alegría que siempre le entregaba
su correo).
Silvia, no te escribiré más por hoy, me cuesta hacerlo,
estoy tan solo y tan deshabitado. Este departamento
es sólo un lugar de trabajo, donde me concentro
en la terminación del libro que Carol y yo hicimos
juntos y que reseña ese viaje de París a Marsella que
duró más de un mes y que nos trajo tanta felicidad.
Cuando lo termine en mayo (falta montarlo, incluir
las fotos, vigilar la traducción al francés, etc.) me pondré
a traducir los relatos de Carol al español, pues
quiero que alguien los publique; son hermosos.
Dame noticias tuyas cuando quieras. Nunca he
sido un buen corresponsal con vos, pero sé que comprendiste
y que ahora comprenderás todavía más. Te
mando un beso y todo mi afecto,
Julio
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