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La voluntad y la fortuna (2008)

España: Alfaguara


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PRIMERA PARTE · CASTOR Y PÓLUX (II)

En todo caso -en mi caso- la mierda es casi siempre dura y marrónea, a veces enroscada con estética como las de barro que venden en los mercados, a veces diluida y atormentada por los picantes nacionales: mierda mía. Y rara vez, (sobre todo al viajar) reticente y mal encarada.

Se que con estas diversiones, mis queridos sobrevivientes, estoy aplazando lo más importante. Llegar a mi cabeza. Contarles como era mi cara tras de dar a entender que las nalgas son, como es bien sabido, la segunda cara del hombre ¿O será la primera? Ya indiqué, al peinarme, que tengo una buena mata india de pelo oscuro y más enraizado que un maguey. Me falta indicar que mis ojos oscuros se hunden en las cuencas de un esqueleto facial casi transparente si no fuese por el disfraz moreno de la piel. (La piel morena esconde mejor los sentimientos que la piel blanca. Por eso cuando se manifiesta es más brutal aunque menos hipócrita). Resumo: tengo cejas invisibles, boca amable, delgada, casi siempre y sin razón alguna salvo la de la cortesía, sonriente. Orejas ni grandes ni chicas, apenas adecuadas a mi rostro en extremo flaco, la piel pegada al hueso, las raíces de la cabellera brotando como matorrales nocturnos que crecen sin luz.

Y tengo nariz. No una nariz cualquiera, sino una probóscide grande, por fortuna delgada, pero larga y fina, como un periscopio del alma que se adelanta a la vista para explorar el paisaje y saber si vale la pena desembarcar o permanecer retraído, debajo del mar de la existencia.

El gran sargazo de la muerte anticipada.

El mar que asciende en breves oleadas, obligándome a tragarlo antes de que llegue hasta los orificios de mi gran nariz, sobresaliente entre la playa y la marea del amanecer

Soy cuerpo. Seré alma.

Narizón. Nariguetas. Narigudo. Narizado. Pinocho. Tapir. Dumbo (a pesar de orejas normales). El alboroto del patio de la escuela no le daba preferencia a los epítetos que me arrojaba la turba de mocosos idénticos en sus uniformes de camisa blanca y corbata azul siempre mal anudada, como si no usar el último botón del cuello fuera el signo universal de una rebeldía dominada al cabo por la doble disciplina del maestro y la religión. Suéter azul, pantalón gris. Sólo en las extremidades lucía esta pandilla escolar su desidia y su brutalidad. Los zapatos de cuero rasgado por el hábito de patear, patear pelotas en el patio, patear pupitres en la clase, patear árboles en la calle, usar las patas para demostrar que aunque fuera sin palabras, ellos protestaban, nacían para protestar, estaban inconformes. ¿Debí agradecer que a mi sólo me agredían con palabras, no con golpes?

No lo sé. Era tal la ferocidad burlona de sus rostros que a pesar de mi intención estética de distinguir entre los más feos a los más bellos -no los había—sino a los menos "feroces", cuando me agredían yo miraba una sola bestia con una sola cara de dientes pelones y ojos con párpados metálicos, como si protegiesen una caja fuerte de sentimientos inconfesables detrás de una reja penitenciaria, pues yo nunca perdí de vista que estos mismos cabrones que me agredían a propósito de mi gran nariz más tarde rezarían con cabezas inclinadas y cantarían el himno nacional con barbillas temblando de orgullo.

En la escuela "Jalisco" así llamada desde que el liberalismo revolucionario prohibió la enseñanza religiosa y el conservadurismo revolucionario se hizo de la vista gorda y la permitió, pero sólo si las escuelas no proclamaban la fe sino el patriotismo histórico o geográfico: Colón, Bolívar, Patria, México. se convertían en seudónimo de escuelas jesuitas, maristas, lasallistas, y, en el caso del instituto al que me enviaron, de los Presbíteros Católicos y por eso, entre nosotros, conocida, la escuela, como El Presbiterio y no como Jalisco. Era una manera de burlar la hipocresía compartida del gobierno y del clero. "Jalisco" por fuera. "Presbiterio" por dentro.

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