PRIMERA PARTE · CASTOR Y PÓLUX (I)
Permítanme presentarme. O más bien dicho: presentar mi cuerpo, violentamente separado (esto ya lo saben) de mi cabeza. Hablo de mi cuerpo porque lo he perdido y no tendré otra oportunidad de presentárselo a sus mercedes, o a mí mismo. Indico así, de una santa vez, que la narración que sigue la dicta mi cabeza y sólo mi cabeza, toda vez que mi cuerpo, separado de ella, ya no es más que un recuerdo: el que aquí sea capaz de consignar y dejar en manos del advertido lector.
Bien advertido: el cuerpo es por lo menos la mitad de lo que somos. Sin embargo, lo dejamos escondido en un closet verbal. Por pudor, no nos referimos a sus inapreciables e indispensables funciones. Dispénsenme ustedes: hablaré con todo detalle de mi cuerpo. Porque si no lo hago, muy pronto mi cuerpo no será sino cadáver insepulto, ave de carnicería, anónimo lomo. Y si no quieren saber de mis intimidades corporales, sáltense este capítulo e inicien la lectura, muy formales, en el siguiente.
Soy un hombre de veintinueve años de edad y un metro setenta y ocho de estatura. Cada mañana, me miro desnudo en el espejo de mi cuarto de baño y me acaricio las mejillas anticipando la cotidiana ceremonia: afeitarme la barba y el labio superior, provocar una reacción fuerte con el agua de Colonia Jean Marie Farina en la cara, resignarme a peinar una cabellera negra, espesa y alborotada. Cerrar los ojos. Negarle a la cara y a la cabeza el protagonismo que mi muerte se encargará de darles. Concentrarme, en vez, en mi cuerpo. El tronco que va a separarse de la cabeza. El cuerpo que me ocupa del cuello a las extremidades, revestido de una piel de color canela pálido y externado en uñas que siguen creciendo horas y días después de la muerte, como si quisieran arañar las tapas del féretro y gritar aquí estoy, sigo vivo, se han equivocado al enterrarme.
Esta es una consideración puramente metafísica, como lo es el terror en sus modalidades pasajeras y permanentes. Debo concentrarme en mi piel aquí y ahora: debo rescatar mi físico, en toda su integridad, antes de que sea demasiado tarde. Este es el órgano del tacto que cubre todo mi cuerpo y se prolonga dentro de él con travesuras anales módicas y permisibles si las compraro con las bromas mayores del género femenino, con su incesante entrar y salir de cuerpos ajenos (la verga del macho notoriamente y el cuerpo del niño sagradamente, en tanto que de mi envoltura masculina sólo salen el semen y la orina por delante y por detrás, igual que chez la femme, la mierda y en casos de estreñimiento, la hostia profunda del supositorio. Canturreo ahora: "Caga el buey, caga la vaca y hasta la niña más guapa, echa su bola de caca." Amplias, generosas entradas y salidas de la mujer. Estrechas, avaras las del hombre: la uretra, el ano, la orina, la mierda. Claros y brutales los nombres. Oscuros y risibles los apodos: tubos de Bellini, asa de Henle, cápsula de Bowmann, glomérulo de Malpigio. Peligros: anuria y uremia. Sin orina. Orina en la sangre. Los evité. Todo es al cabo evitable en la vida, salvo la muerte.
Sudé. En vida sudó todo mi cuerpo, con excepción de los párpados y el borde de los labios. Sudé limpio, salado, sin mal olor, aunque sudar y orinar fueron productos humanos pero distinguibles por la calidad distinta del olor. Nunca necesité de desodorantes. Tuve nobles y limpias axilas. Mi orina sí olió mal, a tugurio olvidado y a cueva sin luz. Mi caca varió con las circunstancias, sobre todo dependiendo de la dieta. La comida mexicana nos aproxima peligrosamente a la diarrea, la norteamericana al retortijón, la británica al estreñimiento. Sólo la cocina mediterránea asegura un equilibrio sano entre lo que entra por la boca y sale por el culo, como si el aceite de oliva y el vinagre de Módena, el producto de las huertas del Mediodía, los duraznos y los higos, los melones y los pimientos, supieran por adelantado que el gusto de comer debe compensarse con el gusto de cagar, muy de acuerdo con las prosas de Quevedo:
"Más qué quiero que una buena gana de cagar"
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