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| Isabel
Allende nos regala "El sexo y yo",
un texto en exclusiva para CLUBCULTURA.com |
YEran tiempos de desconcierto y confusión para
las mujeres de mi edad. Leíamos el Informe Kinsey,
el Kamasutra y los libros de las feministas norteamericanas,
pero no lográbamos sacudirnos la moralina en que
nos habían criado. Los hombres todavía exigían lo
que no estaba dispuestos a ofrecer, es decir, que
sus novias fueran vírgenes y sus esposas castas.
Las parejas entraron en crisis, casi todas mis amistades
se separaron. En Chile no hay divorcio, lo cual
facilita las cosas, porque la gente se separa y
se junta sin trámites burocráticos. Yo tenía un
buen matrimonio y drenaba la mayor parte de mis
inquietudes en mi trabajo. Mientras en la casa actuaba
como madre y esposa abnegada, en la revista y en
mi programa de televisión aprovechaba cualquier
excusa para hacer en público lo que no me atrevía
a hacer en privado, por ejemplo, disfrazarme de
corista, con plumas de avestruz en el trasero y
una esmeralda de vidrio pegada en el ombligo.
En 1975 mi familia y yo abandonamos Chile, porque
no podíamos seguir viviendo bajo la dictadura del
General Pinochet. El apogeo de la liberación sexual
nos sorprendió en Venezuela, un país cálido, donde
la sensualidad se expresa sin subterfugios. En las
playas se ven machos bigotudos con unos bikinis
diseñados para resaltar lo que contienen. Las mujeres
más hermosas del mundo (ganan todos los concursos
de belleza), caminan por la calle buscando guerra,
al son de una música secreta que llevan en las caderas.
En la primera mitad de los 80 no se podía ver ninguna
película, excepto las de Walt Disney, sin que aparecieran
por lo menos dos criaturas copulando. Hasta en los
documentales científicos había amebas o pingüinos
que lo hacían. Fui con mi madre a ver "El Imperio
de los Sentidos" y no se inmutó. Mi padrastro les
prestaba sus famosos libros eróticos a los nietos,
porque resultaban de una ingenuidad conmovedora
comparados con cualquier revista que podían comprar
en los kioskos. Había que estudiar mucho para salir
airosa de las preguntas de los hijos (mamá ¿qué
es pedofilia?) y fingir naturalidad cuando las criaturas
inflaban condones y los colgaban como globos en
las fiestas de cumpleaños. Ordenando el closet de
mi hijo adolescente encontré un libro forrado en
papel marrón y con mi larga experiencia adiviné
el contenido antes de abrirlo. No me equivoqué,
era uno de esos modernos manuales que se cambian
en el colegio por estampas de futbolistas. Al ver
a dos amantes frotándose con mousse de salmón me
di cuenta de todo lo que me había perdido en la
vida. ¡Tantos años cocinando y desconocía los múltiples
usos del salmón! ¿En que habíamos estado mi marido
y yo durante todo ese tiempo? Ni siquiera teníamos
un espejo en el techo del dormitorio. Decidimos
ponernos al día, pero después de algunas contorsiones
muy peligrosas -como comprobamos más tarde en las
radiografías de columna- amanecimos echándonos linimento
en las articulaciones, en vez de mousse en el punto
G.
Cuando mi hija Paula terminó el colegio entró a
estudiar Psicología con especialización en sexualidad
humana. Le advertí que era una imprudencia, que
su vocación no sería bien comprendida, no estábamos
en Suecia. Pero ella insistió. Paula tenia un novio
siciliano cuyos planes eran casarse por la iglesia
y engendrar muchos hijos, una vez que ella aprendiera
a cocinar pasta. Físicamente mi hija engañaba a
cualquiera, parecía una virgen de Murillo, grácil,
dulce, de pelo largo y ojos lánguidos, nadie imaginaría
que era experta en esas cosas. En medio del Seminario
de Sexualidad yo hice un viaje a Holanda y ella
me llamó por teléfono para pedirme que le trajera
cierto material de estudio. Tuve que ir con una
lista en la mano a una tienda en Amsterdam y comprar
unos artefactos de goma rosada en forma de plátanos.
Eso no fue lo más bochornoso. Lo peor fue cuando
en la aduana de Caracas me abrieron la maleta y
tuve que explicar que no eran para mí, sino para
mi hija… Paula empezó a circular por todas partes
con una maleta de juguetes pornográficos y el siciliano
perdió la paciencia. Su argumento me pareció razonable:
no estaba dispuesto a soportar que su novia anduviera
midiéndole los orgasmos a otras personas. Mientras
duraron los cursos, en casa vimos videos con todas
las combinaciones posibles: mujeres con burros,
parapléjicos con sordomudas, tres chinas y un anciano,
etc. Venían a tomar el té transexuales, lesbianas,
necrofílicos, onanistas, y mientras la virgen de
Murillo ofrecía pastelitos, yo aprendía cómo los
cirujanos convierten a un hombre en mujer mediante
un trozo de tripa.
La verdad es que pasé años preparándome para cuando
nacieran mis nietos. Compré botas con tacones de
estilete, látigos de siete puntas, muñecas infladas
con orificios practicables y bálsamos afrodisiacos,
aprendí de memoria las posiciones sagradas del erotismo
hindú y cuando empezaba a entrenar al perro para
fotos artísticas, apareció el Sida y la liberación
sexual se fue al diablo. En menos de un año todo
cambio. Mi hijo Nicolás se cortó los mechones verdes
que coronaban su cabeza, se quitó sus catorce alfileres
de las orejas y decidió que era más sano vivir en
pareja monógama. Paula abandonó la sexología, porque
parece que ya no era rentable, y en cambio se propuso
hacer una maestría en educación cognoscitiva y aprender
a cocinar pasta con la esperanza de encontrar otro
novio. Lo encontró, se casaron y luego vino la muerte
y se la llevó, pero esa es otra historia. Yo compré
ositos de peluche para los futuros nietos, me comí
la mousse de salmón y ahora cuido mis flores y mis
abejas.
Isabel Allende

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