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| Isabel
Allende nos regala "El sexo y yo",
un texto en exclusiva para CLUBCULTURA.com |
Yo era plana. Ahora no tiene importancia, pero
en los cincuenta eso era una tragedia, los senos
eran considerados la esencia de la feminidad. La
moda se encargaba de resaltarlos: sweater ceñido,
cinturón ancho de elástico, faldas infladas con
vuelos almidonados. Una mujer pechugona tenía el
futuro asegurado. Los modelos eran Jane Mansfield,
Gina Lollobrigida, Sofia Loren. ¿Qué podía hacer
una chica sin pechos? Ponerse rellenos. Eran dos
medias esferas de goma que a la menor presión se
hundían sin que una lo percibiera. Se volvían súbitamente
cóncavos, hasta que de pronto se escuchaba un terrible
plop-plop y las gomas volvían a su posición original,
paralizando al pretendiente que estuviera cerca
y sumiendo a la usuaria en atroz humillación. También
se desplazaban y podía quedar una sobre el esternón
y la otra bajo el brazo, o ambas flotando en la
alberca detrás de la nadadora. En 1958 el Líbano
estaba amenazado por la guerra civil. Después de
la crisis del Canal de Suez se agudizaron las rivalidades
entre los sectores musulmanes, inspirados en la
política panarábiga de Gamal Abder Nasser, y el
gobierno cristiano. El Presidente Camile Chamoun
pidió ayuda a Eisenhower y en julio desembarcó la
VI Flota norteamericana. De los portaaviones desembarcaron
cientos de marines bien nutridos y ávidos de sexo.
Los padres redoblaron la vigilancia de sus hijas,
pero era imposible evitar que los jóvenes se encontraran.
Me escapé del colegio para ir a bailar con los yanquis.
Experimenté la borrachera del pecado y del rock
n'roll. Por primera vez mi escaso tamaño resultaba
ventajoso, porque con una sola mano los fornidos
marines podían lanzarme por el aire, darme dos vueltas
sobre sus cabezas rapadas y arrastrarme por el suelo
al ritmo de la guitarra frenética de Elvis Presley.
Entre dos volteretas recibí el primer beso de mi
carrera y su sabor a cerveza y a Ketchup me duró
dos años. Los disturbios en el Líbano obligaron
a mi padrastro a enviar a los niños de regreso a
Chile. Otra vez viví en la casa de mi abuelo. A
los quince años, cuando planeaba meterme a monja
para disimular que me quedaría solterona, un joven
me distinguió por allí abajo, sobre el dibujo de
la alfombra, y me sonrió. Creo que le divertía mi
aspecto. Me colgué de su cintura y no lo solté hasta
cinco años después, cuando por fin aceptó casarse
conmigo.
La píldora anticonceptiva ya se había inventado,
pero en Chile todavía se hablaba de ella en susurros.
Se suponía que el sexo era para los hombres y el
romance para las mujeres, ellos debían seducirnos
para que les diéramos "la prueba de amor" y nosotras
debíamos resistir para llegar "puras" al matrimonio,
aunque dudo que muchas lo lograran. No sé exactamente
cómo tuve dos hijos.
Y entonces sucedió lo que todos esperábamos desde
hacía varios años. La ola de liberación de los sesenta
recorrió América del Sur y llegó hasta ese rincón
al final del continente donde yo vivía. Arte pop,
mini-falda, droga, sexo, bikini y los Beattles.
Todas imitábamos a Brigitte Bardot, despeinada,
con los labios hinchados y una blusita miserable
a punto de reventar bajo la presión de su feminidad.
De pronto un revés inesperado: se acabaron las exuberantes
divas francesas o italianas, la moda impuso a la
modelo inglesa Twiggy, una especie de hermafrodita
famélico. Para entonces a mí me habían salido pechugas,
así es que de nuevo me encontré al lado opuesto
del estereotipo. Se hablaba de orgías, intercambio
de parejas, pornografía. Sólo se hablaba, yo nunca
las vi. Los homosexuales salieron de la oscuridad,
sin embargo yo cumplí 28 anos sin imaginar cómo
lo hacen. Surgieron los movimientos feministas y
tres o cuatro mujeres nos sacamos el sostén, lo
ensartamos en un palo de escoba y salimos a desfilar,
pero como nadie nos siguió, regresamos abochornadas
a nuestras casas. Florecieron los hippies y durante
varios años anduve vestida con harapos y abalorios
de la India. Intenté fumar mariguana pero después
de aspirar seis cigarros sin volar ni un poco, comprendí
que era un esfuerzo inútil. Paz y amor. Sobre todo
amor libre, aunque para mí llegaba tarde, porque
estaba irremisiblemente casada.
Mi primer reportaje en la revista donde trabajaba
fue un escándalo. Durante una cena en casa de un
renombrado político, alguien me felicitó por un
artículo de humor que había publicado y preguntó
si no pensaba escribir algo en serio. Respondí lo
primero que me vino a la mente: sí, me gustaría
entrevistar a una mujer infiel. Hubo un silencio
gélido en la mesa y luego la conversación derivó
hacia la comida. Pero a la hora del café la dueña
de casa -treinta y ocho años, delgada, ejecutiva
en una oficina gubernamental, traje Chanel- me llevó
aparte y me dijo que sí le juraba guardar el secreto
de su identidad, ella aceptaba ser entrevistada.
Al día siguiente me presenté en su oficina con una
grabadora. Me contó que era infiel porque disponía
de tiempo libre después de almuerzo, porque el sexo
era bueno para el ánimo, la salud y la propia estima
y porque los hombres no estaban tan mal, después
de todo. Es decir, por las mismas razones de tantos
maridos infieles, posiblemente el suyo entre ellos.
No estaba enamorada, no sufría ninguna culpa, mantenía
una discreta garçonière que compartía con dos amigas
tan liberadas cómo ella. Mi conclusión, después
de un simple cálculo matemático, fue que las mujeres
son tan infieles como los hombres, porque si no
¿con quién lo hacen ellos? No puede ser solo entre
ellos o todos siempre con el mismo puñado de voluntarias.
Nadie perdonó el reportaje, como tal vez lo hubieran
hecho si la entrevistada tuviera un marido en silla
de ruedas y un amante desesperado. El placer sin
culpa ni excusas resultaba inaceptable en una mujer.
A la revista llegaron cientos de cartas insultándonos.
Aterrada, la directora me ordenó escribir un artículo
sobre "la mujer fiel". Todavía estoy buscando una
que los sea por buenas razones.

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