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| Isabel
Allende nos regala "El sexo y yo",
un texto en exclusiva para CLUBCULTURA.com |
A los once años yo vivía en Bolivia. Mi madre se
había casado con un diplomático, hombre de ideas
avanzadas, que me puso en un colegio mixto. Tardé
meses en acostumbrarme a convivir con varones, andaba
siempre con las orejas rojas y me enamoraba todos
los días de uno diferente. Los muchachos eran unos
salvajes cuyas actividades se limitaban al fútbol
y las peleas del recreo, pero mis compañeras estaban
en la edad de medirse el contorno del busto y anotar
en una libreta los besos que recibían. Había que
especificar detalles: quién, dónde, cómo. Había
algunas afortunadas que podían escribir: Felipe,
en el baño, con lengua. Yo fingía que esas cosas
no me interesaban, me vestía de hombre y me trepaba
a los árboles para disimular que era casi enana
y menos sexy que un pollo. En la clase de biología
nos enseñaban algo de anatomía y el proceso de fabricación
de los bebés, pero era muy difícil imaginarlo. Lo
más atrevido que llegamos a ver en una ilustración
fue una madre amamantando a un recién nacido. De
lo demás no sabíamos nada y nunca nos mencionaron
el placer, así es que el meollo del asunto se nos
escapaba ¿por qué los adultos hacían esa cochinada?
La erección era un secreto bien guardado por los
muchachos, tal como la menstruación lo era por las
niñas. La literatura me parecía evasiva y yo no
iba al cine, pero dudo que allí se pudiera ver algo
erótico en esa época. Las relaciones con los muchachos
consistían en empujones, manotazos y recados de
las amigas: dice el Keenan que quiere darte un beso,
dile que sí pero con los ojos cerrados, dice que
ahora ya no tiene ganas, dile que es un estúpido,
dice que más estúpida eres tú y así nos pasábamos
todo el año escolar. La máxima intimidad consistía
en masticar por turnos el mismo chicle. Una vez
pude luchar cuerpo a cuerpo con el famoso Keenan,
un pelirrojo a quien todas las niñas amábamos en
secreto. Me sacó sangre de narices, pero esa mole
pecosa y jadeante aplastándome contra las piedras
del patio, es uno de los recuerdos más excitantes
de mi vida. En otra ocasión me invitó a bailar en
una fiesta. A La Paz no había llegado el impacto
del rock que empezaba a sacudir al mundo, todavía
nos arrullaban Nat King Cole y Bing Crosby (¡Oh,
Dios! ¿Era eso la prehistoria?) Se bailaba abrazados,
a veces chic-to-chic, pero yo era tan diminuta que
mi mejilla apenas alcanzaba la hebilla del cinturón
de cualquier joven normal. Keenan me apretó un poco
y sentí algo duro a la altura del bolsillo de su
pantalón y de mis costillas. Le di unos qolpecitos
con las puntas de los dedos y le pedí que se quitara
las llaves, porque me hacían daño. Salió corriendo
y no regresó a la fiesta. Ahora, que conozco más
de la naturaleza humana, la única explicación que
se me ocurre para su comportamiento es que tal vez
no eran las llaves.
En 1956 mi familia se había trasladado al Líbano
y yo había vuelto a un colegio de señoritas, esta
vez a una escuela inglesa cuáquera, donde el sexo
simplemente no existía, había sido suprimido del
universo por la flema británica y el celo de los
predicadores. Beirut era la perla del Medio Oriente.
En esa ciudad se depositaban las fortunas de los
jeques, había sucursales de las tiendas de los más
famosos modistos y joyeros de Europa, los Cadillacs
con ribetes de oro puro circulaban en las calles
junto a camellos y mulas. Muchas mujeres ya no usaban
velo y algunas estudiantes se ponían pantalones,
pero todavía existía esa firme línea fronteriza
que durante milenios separó a los sexos. La sensualidad
impregnaba el aire, flotaba como el olor a manteca
de cordero, el calor del mediodía y el canto del
muecín convocando a la oración desde el alminar.
El deseo, la lujuria, lo prohibido... Las niñas
no salían solas y los niños también debían cuidarse.
Mi padrastro les entregó largos alfileres de sombrero
a mis hermanos, para que se defendieran de los pellizcos
en la calle. En el recreo del colegio pasaban de
mano en mano foto-novelas editadas en la India con
traducción al francés, una versión muy manoseada
de "El amante de Lady Chaterley" y pocket-books
sobre orgías de Calígula. Mi padrastro tenía "Las
Mil y Una Noches" bajo llave en su armario, pero
yo descubrí la manera de abrir el mueble y leer
a escondidas trozos de esos magníficos libros de
cuero rojo con letras de oro. Me zambullí en el
mundo sin retorno de la fantasía, guiada por huríes
de piel de leche, genios que habitaban en las botellas
y príncipes dotados de un inagotable entusiasmo
para hacer el amor. Todo lo que había a mi alrededor
invitaba a la sensualidad y mis hormonas estaban
a punto de explotar como granadas, pero en Beirut
vivía prácticamente encerrada. Las niñas decentes
no hablaban siquiera con muchachos, a pesar de lo
cual tuve un amigo, hijo de un mercader de alfombras,
que me visitaba para tomar Coca-Cola en la terraza.
Era tan rico, que tenía motoneta con chófer. Entre
la vigilancia de mi madre y la de su chófer, nunca
tuvimos ocasión de estar solos.

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