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| Isabel
Allende nos regala "El sexo y yo",
un texto en exclusiva para CLUBCULTURA.com |
En
este texto que se publicó por primera
vez hace más de diez años y que
Isabel Allende ha revisado y actualizado para
su publicación en su página oficial,
la autora hace una exhaustiva cronología
de sus relaciones con el sexo, desde una confesión
precoz a los cinco años, hasta su actual
condición de abuela, pasando por el boom
del informe Kinsey y la revolución sexual
de los setenta.
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Mi vida sexual comenzó temprano, más
o menos a los cinco años, en el kindergarten
de las monjas ursulinas, en Santiago de Chile. Supongo
que hasta entonces había permanecido en el
limbo de la inocencia, pero no tengo recuerdos de
aquella prístina edad anterior al sexo. Mi
primera experiencia consistió en tragarme
casualmente una pequeña muñeca de
plástico.
-Te crecerá adentro, te pondrás redonda
y después te nacerá un bebé
-me explicó mi mejor amiga, que acababa
de tener un hermanito. ¡Un hijo! Era lo último
que deseaba. Siguieron días terribles, me
dio fiebre, perdí el apetito, vomitaba. Mi
amiga confirmó que los síntomas, eran
iguales a los de su mamá. Por fin una monja
me obligó a confesar la verdad.
-Estoy embarazada -admití hipando.
Me vi cogida de un brazo y llevada por el aire
hasta la oficina de la Madre Superiora. Así
comenzó mi horror por las muñecas
Y mi curiosidad por ese asunto misterioso cuyo solo
nombre era impronunciable: sexo. Las niñas
de mi generación carecíamos de instinto
sexual, eso lo inventaron Master y Johnson mucho
después. Sólo los varones padecían
de ese mal que podía conducirlos al infierno
y que hacía de ellos unos faunos en potencia
durante todas sus vidas. Cuando una hacía
alguna pregunta escabrosa, había dos tipos
de respuesta, según la madre que nos tocara
en suerte. La explicación tradicional era
la cigüeña que venía de París
y la moderna era sobre flores y abejas. Mi madre
era moderna, pero la relación entre el polen
y la muñeca en mi barriga me resultaba poco
clara.
A los siete años me prepararon para la Primera
Comunión. Antes de recibir la hostia había
que confesarse. Me llevaron a la iglesia, me arrodillé
detrás de una cortina de felpa negra y traté
de recordar mi lista de pecados, pero se me olvidaron
todos. En medio de la oscuridad y el olor a incienso
escuché una voz con acento de Galicia.
-¿Te has tocado el cuerpo con las manos?
-Sí, padre.
¿A menudo, hija?
-Todos los días...
-¡Todos los días! ¡Esa es una
ofensa gravísima a los ojos de Dios, la pureza
es la mayor virtud de una niña, debes prometer
que no lo harás más!
Prometí, claro, aunque no imaginaba cómo
podría lavarme la cara o cepillarme los dientes
sin tocarme el cuerpo con las manos. (Este traumático
episodio me sirvió para "Eva Luna",
treinta y tantos años más tarde. Una
nunca sabe para qué se está entrenando).
Nací al sur del mundo, durante la Segunda
Guerra Mundial en el seno de una familia emancipada
e intelectual en algunos aspectos y casi paleolítica
en otros. Me crié en el hogar de mis abuelos,
una casa estrafalaria donde deambulaban los fantasmas
invocados por mi abuela con su mesa de tres patas.
Vivían allí dos tíos solteros,
un poco excéntricos, como casi todos los
miembros de mi familia. Uno de ellos había
viajado a la India y le quedó el gusto por
los asuntos de los fakires, andaba apenas cubierto
por un taparrabos recitando los 999 nombres de Dios
en sánscrito. El otro era un personaje adorable,
peinado como Carlos Gardel y amante apasionado de
la lectura. (Ambos sirvieron de modelos -algo exagerados,
lo admito- para Jaime y Nicolás en "La
casa de los espíritus"). La casa estaba
llena de libros, se amontonaban por todas partes,
crecían como una flora indomable, se reproducían
ante nuestros ojos. Nadie censuraba o guiaba mis
lecturas y así leí al Marqués
de Sade, pero creo que era un texto muy avanzado
para mi edad, el autor daba por sabidas cosas que
yo ignoraba por completo, me faltaban referencias
elementales. El único hombre que había
visto desnudo era mi tío, el fakir, sentado
en el patio contemplando la luna y me sentí
algo defraudada por ese pequeño apéndice
que cabía holgadamente en mi estuche de lápices
de colores. ¿Tanto alboroto por eso?

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