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| Isabel
Allende nos regala "Del Oficio de la Escritura",
un texto en exclusiva para CLUBCULTURA.com |
En 1991, justamente cuando presentaba "El plan
infinito" en Madrid, mi hija Paula tuvo un ataque
de porfiria y cayó en coma. La porfiria es una rara
condición que hoy en día no tiene por qué ser mortal,
pero Paula tuvo mala suerte. Por descuido médico
en la Unidad de Cuidados Intensivos, mi hija sufrió
daño cerebral severo. En el hospital se demoraron
cinco meses en admitir lo que había sucedido. Finalmente
me entregaron a Paula en estado vegetativo. La traje
a nuestra casa en California, donde mi familia y
yo nos turnamos para cuidarla.
Paula murió en mis brazos en la madrugada del 6
de diciembre de 1992. Ese es el golpe más brutal
de mi existencia. Después de su partida un tremendo
vacío ocupó la casa y mi vida; no podía entender
por qué no morí con ella. Entonces llegó mi madre
con la idea salvadora de que no hay que desear la
muerte, porque ésta llega de todas maneras, el desafío
es la vida… Colocó sobre mi mesa, junto a mis cuadernos
amarillos, ciento noventa cartas que yo le había
escrito durante ese año, contándole paso a paso
la devastadora enfermedad de mi hija, y me dijo:
toma, Isabel, lee y ordena todo esto, para que comprendas
que la muerte es la única liberación posible para
Paula. Hice lo que ella me pedía y poco a poco,
frase a frase, lágrima a lágrima, nació otro libro,
que titulé "Paula". No es una novela, sino una descarnada
memoria, escrita para mi hija, como un exorcismo
para vencer a la muerte. Curiosamente, no es un
libro triste, es una celebración de la vida y del
aventurero destino de nuestra familia. Mi abuela
decía que la muerte no existe, que sólo morimos
cuando nos olvidan. Mientras yo viva, Paula vivirá
conmigo. ¿No es ése finalmente el propósito de la
escritura? Vencer al olvido.

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