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| Isabel
Allende nos regala "Del Oficio de la Escritura",
un texto en exclusiva para CLUBCULTURA.com |
Nací en una sociedad austera. Nuestros genes de
esforzados inmigrantes castellanos y vascos, nuestra
sombría sangre araucana, el rigor de las abruptas
cordilleras andinas y las tempestades del océano
Pacífico, nos dan a los chilenos un carácter circunspecto
y a veces severo. Nos tomamos muy en serio y nada
nos asusta más que la posibilidad de hacer el ridículo.
En Venezuela me desprendí de ese temor y de muchos
otros prejuicios, aprendí a cantar, a bailar y a
reírme de mí misma. El humor suele ser un arma poderosa.
Por eso en "Eva Luna" y en los "Cuentos de Eva Luna"
trato el feminismo con cierto desenfado, que molestó
a algunas feministas de la vieja guardia. Me acusaron
de traición.
El término feminista se ha desprestigiado en los
últimos tiempos -no es sexy- y veo que muchas mujeres
retroceden asustadas cuando lo oyen. ¡Por Dios,
no vayan a pensar que no les gustan los hombres
o que no se depilan las piernas! Yo anuncio con
orgullo que lo soy. Desde muy joven he tenido conciencia
de las diferencias y similitudes entre los sexos,
de la doble moral, que coloca a las mujeres en tremenda
desventaja, y del machismo imperante en nuestra
cultura. He cuestionado todo: tradición, mitos,
cultura, familia, leyes, religión, ciencia, en fin,
todo aquello que manipulan los hombres. Supongo
que la mayoría de las mujeres se siente cómoda en
su condición femenina. A mí me costó cuatro décadas
aceptarme, antes quería ser hombre. No era envidia
freudiana ¡por favor! ¿Quién puede envidiar ese
pequeño y caprichoso apéndice?
A los cuarenta y cinco años, recién divorciada
de un paciente marido, que me soportó estoicamente
por un cuarto de siglo, andaba yo de gira por California,
cuando tropecé con William Gordon, el último heterosexual
soltero de San Francisco. Ese hombre habría de darle
un vuelco a mi vida y servirme de inspiración para
mi quinto libro: "El plan infinito". La emoción
tras este libro me temo que no tiene nada de sublime
o heroico, fue pura lujuria. Cuando conocí a Willie
llevaba mucho tiempo durmiendo sola. Dos o tres
semanas, me parece. Le caí encima como un huracán
y antes que alcanzara a darse cuenta, estaba casado
y yo le estaba robando la historia de su vida para
escribir una novela sobre California.

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