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  / PAULA: EL DUELO //
¿Cómo le cambió la vida la muerte de Paula?
Muchas cosas. Sólo voy a decirle una. El proceso del largo año de agonía de Paula fue como un viaje en el que vas metida en un bote en aguas turbulentas y te ves obligada a ir echando al mar todo el sobrepeso. Comienzas a desprenderte de todo menos de lo esencial. Y al final del año, cuando Paula murió, yo ya me había desprendido, lentamente, de todo. Ya había dicho adiós a la inteligencia de Paula, a su gracia, a su humor, a su compañía, a su voz. Después tuve que despedirme de su espíritu. Y, por último, a lo que quedaba de su cuerpo. Y cuando ella murió, tuve la sensación de que había lanzado todo por la borda del bote, que no quedaba nada. El marido de Paula estaba en China y no consiguió llegar a tiempo de verla morir, sino 30 horas más tarde. Guardamos el cuerpo de Paula aquí, en el cuarto de abajo hasta que Ernesto llegase, porque yo quería que ella estuviese en nuestra casa, y no en una funeraria. Abrí las ventanas, era invierno, para que el cuarto se mantuviese frío.
Me envolví en una chaqueta y me senté a su lado. Esas treinta y tantas horas al lado del cuerpo de mi hija fueron como descender a la muerte y volver a salir, y creo que algo se produjo en esas treinta y tantas horas que me cambió fundamentalmente, me hizo otra persona. Diría que es una experiencia purificadora, que te limpia; el dolor limpia de todo lo que es superfluo y va dejando lo esencial. Y lo que queda es el amor que das. La única manera de salir del dolor es atravesar el dolor. Es como un túnel, lo has de atravesar hasta el final, y nadie te puede ayudar. Escribir me permitía poner un orden, artificial pero orden, en el caos que reinaba entonces en mi mundo profesional y personal. Por eso estoy contenta de poder escribir. Los que podemos expresarnos a través de cualquier forma de arte somos unos privilegiados. Tenemos una herramienta extraordinaria para explorar todas las partes oscuras de la psique. Otros han de pagarse una terapia.
 
¿Se siente otra persona?
Sí. Me siento una mujer nueva. La juventud quedó atrás el día que Paula cayó en coma. Ya no soy joven ni lo volveré a ser más, lo cual tampoco echo de menos para nada. La familiaridad con el dolor ajeno y con el propio me hizo comprender la importancia del mismo en la vida como elemento de transformación y conocimiento. A través del sufrimiento crecemos, nos nacen fuerzas de dentro que no sabíamos que teníamos, se desarrollan capacidades desconocidas. Yo le he perdido el miedo a muchas cosas. Siempre había dicho que lo peor para mí era que le pasara algo a un hijo, que si algo le ocurría a un hijo mío no podría resistirlo y acabaría matándome. He sido tan madre que pensaba que cualquier cosa que pudiera pasarle a un hijo era mucho peor que una catástrofe que afectara a la humanidad completa. Y pasó lo peor que podía pasar y aprendí muchas cosas. Aprendí a desprenderme, a defender que todo en la vida es transitorio y temporal, incluso el amor, incluso los hijos. Hay una especie de intemporalidad del espíritu que permanece, eso es lo único. Y mi hija me lo enseñó en ese año en el que permaneció en coma. Si Paula hubiera muerto antes, evitándonos un sufrimiento tan largo, quizás no hubiera llegado a la trascendencia de la vida espiritual. Y eso que yo no soy una persona religiosa.
¿Cómo es esa relación espiritual que tiene con Paula?
Tiene que ver con la memoria. Cuando era muy niña perdí a mi abuela, y no sé si me la he inventado o si su espíritu permanece en mí, pero cuando tengo necesidad de espiritualidad recurro a ella. No es que se me aparezca su fantasma pero presiento qué es lo que tengo que hacer. Cuando necesito recurrir a la fortaleza y a la disciplina, aparece mi abuelo, que era un vasco bruto y fantástico, y cuando necesito una solución pienso en Paula. No les pido que me solucionen los problemas cotidianos, sino que hago un ejercicio poético, de memoria. Cuando los espíritus aparecen en mis libros, es un juego de metáforas.

   
© Isabel Allende 2001