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  / EXILIOS //
Fue en el exilio, a partir de 1975, que las cosas empezaron a cambiar. ¿Cómo recuerda aquellos trece años vividos en Venezuela?
Estoy muy agradecida a la experiencia del exilio. Me hizo mucho más humana y compasiva. Me dio una conciencia política y social clara. Fueron tiempos difíciles, tan difíciles que de dentro de mí misma salieron fuerzas que nunca hasta entonces había necesitado. Desarrollé una especie de musculatura frente a la vida. Hoy pienso que hay muy pocas cosas que puedan acabar conmigo, que me rompan por completo. Veo hacia fuera, también, un poder creativo, una necesidad de explorarme a mí misma, y de eso derivó la literatura. De la confusión, de la pérdida, del dolor, de la soledad salieron los libros. El primero, "La Casa de los Espíritus", me salvó la vida, me hizo persona. Hasta entonces era una eterna adolescente que pasaba como una veleta por encima de las cosas.

¿Qué cosas echa de menos de Chile?
La lengua. Hablar mi español, con ese sentido del humor que tenemos en Chile. Me hace falta estar rodeada de las personas, sentir que conozco las reglas del juego, los códigos. Después de 25 años, regresé a Chile y sabía exactamente cómo pensaban las personas. En el resto del mundo, soy extranjera. En Estados Unidos, que es un país que me encanta, siempre voy a ser extranjera. Un latinoamericano en Estados Unidos es lo más bajo de lo más bajo. Y estoy perdiendo mucho español. Cada vez que voy a España, necesito un día para recuperar la lengua, para soltarme. En Chile también. Con mi marido hablo a medias en español -él se crió en el barrio latino de Los Ángeles-, y a medias en inglés.

¿Es difícil integrarse en la sociedad americana?
A un nivel profundo, no es fácil. La sociedad americana es muy cómoda. Echas una carta al correo y llega al día siguiente. Abres el grifo y sale agua caliente [risas]. Las cosas funcionan y una se acostumbra. Te acostumbras a la cortesía. Las personas dicen "thank you", piden las cosas por favor; si te tocan, dicen: "excuse me". Sin embargo en la intimidad es difícil. Para nosotros, los latinos, si una persona es amiga, nuestra casa está abierta a cualquier hora. Aquí, si voy a casa de mi propio hijo, tengo que telefonear antes para avisar, porque está casado con una americana.

¿Usted fue antiamericana, como tantos jóvenes latinoamericanos de su generación?
¡Mucho! Mire lo que la garra siniestra de los Estados Unidos hizo en Chile

Y ahora vive aquí…
…y sigo denunciando esa garra siniestra, porque continúa existiendo. Soy muy crítica con la política externa, la política interna y muchas cosas que ocurren aquí. El clima de violencia, de vulgaridad… Es un país de grandes vulgaridades. Ser llamado intelectual o liberal es un insulto. Hay una especie de desprecio por la inteligencia. Si eres un alumno ejemplar en el colegio, te ves marginado: ser inteligente no es de machos, no es viril. Leer libros no es viril. Por otra parte, es un país donde todo puede ocurrir, un país joven donde todo se mueve con gran rapidez y donde hay toda la información que uno quiere y una gran diversidad donde escoger. Mientras Chile es provinciano, homogéneo y aislado, California, que es donde yo vivo, es donde todo pasa, todo ocurre, todo llega. Uno camina por las calles de San Francisco y huele comida de todo el mundo, oye música de todas partes, ve cómo se practican todas las religiones, se hablan todas las lenguas. Desde mi punto de vista, es maravilloso. Es un país fascinante, no se le puede juzgar como nación por su política exterior, que es siempre conservadora y siempre equivocada. No han entendido nunca cómo funciona el mundo, ni tienen la menor idea de lo que pasa en Latinoamérica, ni cuál es la mentalidad ni la historia de mi país. Ni siquiera conocen la geografía. Si tú le preguntas a Kissinger mañana donde queda Chile no sería capaz de encontrarlo en el mapa, porque para él no existe esa parte del mundo. Cuando yo vine aquí por primera vez traía esa rabia como chilena por lo que había pasado. Pero es una rabia relativa, porque yo no puedo culpar a EE.UU. por lo que pasó en Chile. Ellos hicieron un complot contra el gobierno de mi tío, la CIA ayudó a los militares y al gobierno de Pinochet, pero el golpe militar no se habría podido producir en Chile, y mucho menos en la forma en que se produjo, si no hubiera sido porque los chilenos lo quisieron. La mitad de la población de Chile estaba detrás del golpe militar. Se sentían felices de haber terminado con el gobierno de Allende. Estoy convencida de que la CIA no hubiera podido hacer nada en Chile sin ese apoyo interno. No se puede culpar a Estados Unidos como país, se puede culpar a la CIA en cuanto a su intervención, pero lo que pasó en Chile fue culpa de los chilenos. Un grupo de chilenos asesinó, torturó y reprimió a otro grupo durante 17 años.

¿No cree que en EE.UU. se está produciendo una colonización a la inversa, que la cultura hispana cada vez gana más terreno?
Yo creo que por primera vez hay una penetración cultural que viene del sur hacia el norte, en la música, la comida, el color, la lengua, las artes… Pero no hay una colonización porque seguimos siendo los más pobres y los más olvidados, y en este sentido no hay vuelta de hoja, porque va a seguir siendo así durante varias generaciones. Los hispanos en EE.UU. no tienen ningún poder político. La mitad son ilegales, por lo que no existen en las estadísticas, no cuentan. Los hispanos en EE.UU. son explotados a un nivel de esclavitud muchas veces, y en el estado de California, con la proposición 187, se ha privado a sus niños de salud y educación. Una cosa espantosa. Yo conozco a latinos ilegales que no pueden llevar a sus hijos a vacunarse, y esto es una locura, porque sin la existencia de un control y una prevención de las enfermedades, lo que se conseguirá es que éstas se extiendan. No entiendo cómo la clase media blanca puede pensar que de este modo está protegiendo su pequeño feudo, cuando lo que hace es crear un sistema de violencia social tan grande que cualquier día les cae encima.

   
© Isabel Allende 2001