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¿Tenía usted mucho contacto con Salvador
Allende? |
| Tuve
más cuando fue elegido presidente, porque mi padrastro
fue nombrado embajador en Argentina y cada dos meses
iba a Santiago para charlar con él. En aquellas ocasiones
había una reunión familiar, generalmente en casa de
Allende en Santiago o en su casa de campo. |
¿El hecho de ser pariente de Allende
le ayudó o le perjudicó?
Hubo
un momento en el que me ocasionó problemas, después
del golpe militar, cuando toda la familia Allende dejó
Chile y yo me quedé. En aquella época mi nombre era
muy llamativo. Fuera de Chile me di cuenta de que llamarse
Allende era como tener un título de nobleza, era más
o menos como llamarse Kennedy. |
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¿Cuáles son sus recuerdos más intensos
de Allende? |
| Le
recuerdo como un hombre extraordinariamente carismático, con
una habilidad enorme para ganarse a las personas. En el plano
personal, era capaz de seducir a su peor enemigo. Tenía un gran
sentido del humor. Y una manera de comportarse un tanto arrogante.
Sobre todo después de haberse convertido en presidente. Era
como si se hubiera investido de la importancia del cargo. |
¿Cómo fue su último encuentro con él?
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| Hubo
un almuerzo en casa de Allende, nueve días antes del golpe militar.
Fidel Castro le había enviado sorbete de coco, acostumbraba
a enviarle sorbetes. A Allende le encantaban y no los compartía
con nadie, se los comía él solito. Ese día estábamos bromeando,
riendo porque él se comía su coco y todo el mundo quería cogerle
una cucharadita del sorbete. De repente, la conversación derivó
hacia la campaña que "El Mercurio" estaba haciendo para que
Allende renunciase a la Presidencia. Allí, en un tono muy solemne,
dijo: "No saldré de La Moneda sino es muerto o cuando terminé
mi mandato. No voy a traicionar al pueblo". Se hizo un silencio
incómodo. Como si esa declaración, tan solemne como para estar
escrita en mármol, no fuese apropiada para una reunión familiar.
Creo que Allende era el único de entre los presentes consciente
de lo que podía suceder. |
¿Qué recuerdos tiene del día del golpe?
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| Aquel
día salí muy pronto para el trabajo. Noté que las calles estaban
vacías, sólo había camiones militares. No tenía radio en el
coche. "Debe ser un golpe militar", pensé, aunque no sabía realmente
lo que era un golpe militar. La redacción de la revista estaba
cerrada con candado. Fui a ver a un amigo, don Osvaldo Arenas,
profesor en el Instituto Nacional, un colegio que estaba a pocas
manzanas del Palacio de la Moneda. Allí estaba él, completamente
solo, con una radio portátil. Lloraba: "¡Van a bombardear La
Moneda, van a matar al presidente!". Yo le dije: "No, don Osvaldo,
¿cómo puede pensar que vayan a bombardear La Moneda?". ¡Para
un chileno era un hipótesis impensable! Sin embargo, en ese
mismo momento, comenzaron a pasar los aviones por encima. Subimos
a la terraza y en la radio oímos la voz del presidente, despidiéndose
del país con su famoso discurso: "Algún día volverán a abrirse
las grandes alamedas por las que paseará el hombre libre". Vimos
las bombas caer sobre La Moneda, el estruendo, la humareda.
Ahí comenzó el toque de queda… 48 horas sin poder salir a la
calle. Nunca imaginé que algo así pudiera pasar en Chile, un
país con una democracia sólida y establecida desde hacía 160
años, conocido como "la Inglaterra de Latinoamérica". El que
hubiera campos de concentración y centros de tortura por todo
el país fue una revelación. La brutalidad y la violencia ya
habían estado ahí, ocultas entre las sombras, pero para mí fue
como despertar a una pesadilla. Mi marido, que trabajaba en
el ramo de la construcción, tuvo que llevarles comida a los
trabajadores aislados por el toque de queda. Íbamos lentamente
en el coche, con una bandera blanca, y nos obligaron a detenernos
unas 10 o 20 veces. Mientras recorríamos las calles, pude ver
cadáveres, quemas de libros y a gente cubierta de sangre siendo
arrastrada hasta el interior de unos camiones. |
Usted participó en la ayuda a los perseguidos
por el golpe. |
| Muchas
veces me llegaba gente para esconder o para acoger en la embajada.
Y yo trataba de juntar información, entrevistar a las personas
que habían sido torturadas, conseguir los nombres de los presos
y de los torturadores. Toda esa información salía para Alemania.
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¿Se imagina cómo habría sido su vida sin
el golpe? |
| Pienso
que seguiría viviendo en Chile y que sería periodista. Creo
que no sería escritora. Es difícil dejar el periodismo. No tenía
la ambición de ser escritora. Quería ser una buena periodista.
Ser conocida por el feminismo y por el humor. |
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