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LECCIONES DE FEMINISMO
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| En
la redacción era feminista. ¿Y en casa? |
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Era una geisha [risas]. Servía a mi marido prácticamente de
rodillas. Todas las noches escogía la ropa que él iba a ponerse
al día siguiente. Le compraba los zapatos, y si no le iban bien
volvía a la tienda y se los cambiaba. Para los niños, hacía
la ropa. No sé de dónde sacaba tanta energía. Tenía tres empleos
y en casa servía a mi familia como una esclava, a la antigua.
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¿Cómo entiende el feminismo? |
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Para mí, nunca fue una guerra contra los hombres, sino una lucha
permanente y eterna por los mismos derechos que tienen ellos.
Me crié en una sociedad patriarcal y lucho porque sea justa.
Las mujeres siguen siendo mutiladas, vendidas y golpeadas, se
les niegan todos los derechos y en muchos casos sólo les queda
la prostitución. Pero hay muchachas jóvenes, modernas y educadas
que apoyan los principios del feminismo, que no se atreven a
decir que son feministas. Yo tengo el honor de decir que soy
feminista desde los cinco años. |
Dijo usted en una ocasión que hasta los
40 años deseó ser hombre. ¿Se le ha pasado ya? |
| Sí,
se me ha pasado porque he logrado hacer todas las cosas que
pueden hacer los hombres y algunas, como tener hijos, que sólo
pueden hacer las mujeres. Ya no me cambiaría por un hombre.
Pero sigo pensando que la vida de un hombre es mucho más fácil
que la de una mujer. En todas las partes del mundo. |
¿Cómo fue su último encuentro con él?
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| Hubo
un almuerzo en casa de Allende, nueve días antes del golpe militar.
Fidel Castro le había enviado sorbete de coco, acostumbraba
a enviarle sorbetes. A Allende le encantaban y no los compartía
con nadie, se los comía él solito. Ese día estábamos bromeando,
riendo porque él se comía su coco y todo el mundo quería cogerle
una cucharadita del sorbete. De repente, la conversación derivó
hacia la campaña que "El Mercurio" estaba haciendo para que
Allende renunciase a la Presidencia. Allí, en un tono muy solemne,
dijo: "No saldré de La Moneda sino es muerto o cuando terminé
mi mandato. No voy a traicionar al pueblo". Se hizo un silencio
incómodo. Como si esa declaración, tan solemne como para estar
escrita en mármol, no fuese apropiada para una reunión familiar.
Creo que Allende era el único de entre los presentes consciente
de lo que podía suceder. |
¿Qué recuerdos tiene del día del golpe?
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| Aquel
día salí muy pronto para el trabajo. Noté que las calles estaban
vacías, sólo había camiones militares. No tenía radio en el
coche. "Debe ser un golpe militar", pensé, aunque no sabía realmente
lo que era un golpe militar. La redacción de la revista estaba
cerrada con candado. Fui a ver a un amigo, don Osvaldo Arenas,
profesor en el Instituto Nacional, un colegio que estaba a pocas
manzanas del Palacio de la Moneda. Allí estaba él, completamente
solo, con una radio portátil. Lloraba: "¡Van a bombardear La
Moneda, van a matar al presidente!". Yo le dije: "No, don Osvaldo,
¿cómo puede pensar que vayan a bombardear La Moneda?". ¡Para
un chileno era un hipótesis impensable! Sin embargo, en ese
mismo momento, comenzaron a pasar los aviones por encima. Subimos
a la terraza y en la radio oímos la voz del presidente, despidiéndose
del país con su famoso discurso: "Algún día volverán a abrirse
las grandes alamedas por las que paseará el hombre libre". Vimos
las bombas caer sobre La Moneda, el estruendo, la humareda.
Ahí comenzó el toque de queda… 48 horas sin poder salir a la
calle. Nunca imaginé que algo así pudiera pasar en Chile, un
país con una democracia sólida y establecida desde hacía 160
años, conocido como "la Inglaterra de Latinoamérica". El que
hubiera campos de concentración y centros de tortura por todo
el país fue una revelación. La brutalidad y la violencia ya
habían estado ahí, ocultas entre las sombras, pero para mí fue
como despertar a una pesadilla. Mi marido, que trabajaba en
el ramo de la construcción, tuvo que llevarles comida a los
trabajadores aislados por el toque de queda. Íbamos lentamente
en el coche, con una bandera blanca, y nos obligaron a detenernos
unas 10 o 20 veces. Mientras recorríamos las calles, pude ver
cadáveres, quemas de libros y a gente cubierta de sangre siendo
arrastrada hasta el interior de unos camiones. |
¿Qué debe hacer un hombre para agradar
a una mujer? |
| Una
cosa que toda mujer celebra y aprecia es la palabra. Que le
digan al oído palabras de amor. No hay un estimulante sexual
ni romántico más fuerte. El punto G está en el oído, buscarlo
en cualquier otro lugar es una pérdida de tiempo. Los hombres
tienden a no decir las cosas, a creer que no es necesario porque
se sobrentiende. Si yo pregunto: "Willie, ¿estás a gusto conmigo?",
él responde: "¡Claro, de lo contrario no estaría aquí!". Para
él es lógico, sin embargo yo necesito que me lo diga. Que me
diga que este vestido me queda bien. Que la comida estaba buena.
Vivimos en una cultura en la que los hombres aprenden a expresarse
muy poco. Todo lo que sea emocional está un poco bloqueado.
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