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  / UNA PERIODISTA POCO OBJETIVA //

¿Qué significó para usted el periodismo?
Durante el largo tiempo que lo ejercí -desde los 17 hasta los 33 años- su práctica me dio la sensación de que yo era parte de un colectivo, de que mi casa era mi país, de que todo lo que ocurría en la calle se relacionaba conmigo, de que cuanto les sucedía a los demás era mi cuento; de que yo tenía derecho a tocar el timbre de una casa, meterme dentro y hacer preguntas, de que estaba autorizada para detener a un desconocido a media calle e interrogarlo acerca de cosas personales; de que no existían fronteras entre los demás y yo. Esto hacía que me sintiera envuelta, protegida por el más primitivo concepto de la comunidad. Después de que abandoné mi trabajo periodístico y de que salí de Chile, nunca más he vuelto a tener esa sensación. Ya no me siento parte de mi comunidad.

Usted ha explicado que no le costó saltar del periodismo a la literatura porque era una reportera fantasiosa y hasta mentirosa.
 
Era una periodista muy poco objetiva. Tengo opiniones fuertes y me resulta muy difícil disimularlas. Cuando entrevistaba a alguien, ponía en su boca las cosas que me interesaba que dijera. Cuando no tenía una noticia importante, o cuando el entrevistado era poco hablador, le echaba imaginación. Siempre usaba el humor como instrumento periodístico, y cuando hay humor hay más flexibilidad, las personas son más tolerantes. Iba a las entrevistas con una idea concreta sobre lo que quería que me dijera el personaje. El periodismo objetivo es la mentira más grande. El primer condicionamiento es el medio donde trabajas. Por otra parte, tú también tienes ideas que, muchas veces, son puros prejuicios. Yo he escogido a determinados entrevistados porque sabía que, si les formulaba tal o cual pregunta, dirían lo que yo quería. Eso no es objetividad, es manipular la realidad. Nunca pude hacer periodismo objetivo, y eso me costó el puesto cuando llegaron la dictadura de Pinochet y la censura.

¿Aprendió alguna cosa que le haya sido útil como escritora?
Muchas. Primero, el uso adecuado del lenguaje. Como periodista, tienes poco tiempo y poco espacio. Cuando el periódico o la revista publica tu artículo, el lector tiene otros veinte para escoger. ¿Por qué va a ser el tuyo? Porque le agarras con la primera frase, o con el titular, o con la entradilla… lo agarras por el cuello y ya no le vuelves a soltar. ¿Cómo se consigue eso? Con la noticia que tienes, naturalmente, pero también con el modo en el que cuentas esa noticia. El primer párrafo tiene que ser como una luz de neón, y el último, un final tan concluyente y tan brutal que la persona quiera leer todo lo que le ha precedido. Otra cosa que aprendí fue a hacer una entrevista. Muchos de mis personajes surgen de la vida real. Hay escritores que prescinden de esta parte fundamental de su trabajo: para escribir sobre una cosa has de conocerla bien. Además de investigar el tema, tienes que encontrar gente que haya vivido la experiencia. Una vez Neruda me dijo: "Jamás dejaría que usted me entrevistara. Es usted la peor periodista de este país. Miente todo el tiempo y es incapaz de ser objetiva. Se pone en el centro de todas sus historias. Y además estoy seguro de que si no tiene una historia, se la inventa… ¿Por qué no se dedica a la literatura, donde todos esos defectos son virtudes?". No me tomé en serio la sugerencia, pasaron muchos años antes de que me convirtiera en escritora.

   
© Isabel Allende 2001