
De niña era tan pequeña
que su madre, preocupada porque no creciera lo suficiente,
la llevó a un gimnasio en el que la ataban de las
manos y le estiraban de los pies para intentar alargar su
cuerpo.
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Clara, la esposa de Esteban Trueba en "La casa de los
espíritus", es, según confesión
de la propia Allende, un personaje inspirado en la abuela
de Allende, una discípula de Madame Blavatsky que
experimentaba con la telepatía porque no confiaba
en el correo.
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Cuando
tenía unos seis años fue expulsada de la escuela
de monjas alemanas en la que estudiaba debido a que había
promovido un concurso de calcetines, en el que, inevitablemente,
había que mostrar las piernas. "Esa fue la excusa
que usaron", dice, "pero en realidad fui expulsada
porque mi madre se había separado de mi padre y mantenía
una relación con el hombre que luego se convertiría
en mi padrastro. Las monjas no podían tener en la
escuela a la hija de aquella mujer que estaba causando un
escándalo".
Otra anécdota curiosa relacionada con las monjas,
se remonta al día de su primera comunión.
Acudía entonces a un colegio de monjas inglesas,
que le proporcionaron una lista de pecados para que la revisara
y se confesara de aquellos en los que había incurrido.
"Como no me acordaba de muchos de los míos,
tuve la idea de confesar los más graves de la lista:
si me perdonan los pecados mayores, ¿cómo
no me van a perdonar los menores?". Siguiendo este
razonamiento, confesó ser adúltera y otros
pecados por el estilo, pero en lugar de una absolución
lo que consiguió fue que una de las hermanas le lavara
la boca con jabón.
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En
1981 recibió la noticia de que su abuelo, al que
adoraba, estaba a punto de morir. Era el día 8 de
enero, y la carta que comenzó a escribirle resultó
ser el inicio de su primera novela, "La casa de los
espíritus". Desde entonces, cada 8 de enero
empieza una nueva novela. "Fue un libro muy afortunado,
de modo que consideré propicia aquella fecha. Es
una cuestión de superstición, pero principalmente
de disciplina. En este trabajo no tienes fecha de entrega
ni jefe. Tienes que imponerte la disciplina tú misma,
si no nadie lo hará".
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Se
casó en julio de 1988 con William Gordon, su segundo
marido, porque necesitaba el permiso de residencia en Estados
Unidos. El único otro modo de conseguirlo era trabajando.
Empezó a dar clases en una universidad de California,
pero a los tres meses se dio cuenta de que no había
escrito ni una línea. "Entonces lo puse entre
la espada y la pared por culpa de un chiste que hizo sobre
el matrimonio en una cena con otras personas delante. Dijo
que él no se volvería a casar si no le quedaba
otro remedio que hacerlo
Y yo allí mismo monté
en cólera macha. Le dijo que yo había hecho
un compromiso formal con él al renunciar a mi casa
en Venezuela, a mis hijos, a mis amigos, a todo, lo había
dejado todo al cabo de 13 años por venirme a vivir
con él. Le dije que si eso no era un compromiso completo,
¿qué era entonces? Y él no había
hecho nada semejante. Willie dijo: "Bueno, necesito
algo de tiempo para pensarlo". Y yo: "Muy bien,
tienes hasta mañana al mediodía" [risas].
Volvíamos de los Ángeles en coche. Estábamos
a la altura de San Luis Obispo y no volvimos a hablar hasta
llegar a San Francisco. Cuando llegamos, me dijo: "Vale,
me caso"".
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Actualmente escribe siempre en su estudio de Sausalito,
"una cochera que mi marido arregló, en silencio,
en soledad, con las velas prendidas, con mis libros, con
las fotografías de las personas que amo, pero eso
es el ideal, si uno tiene la necesidad de escribir
es como la necesidad de hacer el amor: lo haces detrás
de la puerta en cualquier parte". Efectivamente, sus
primeros libros nacieron en lugares de lo más diverso.
"La casa de los espíritus",
por ejemplo, fue escrita en la cocina de su casa, por las
noches, en una máquina portátil.
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En una ocasión tuvo un sueño erótico
sobre su buen amigo Antonio Banderas, en el que éste
aparecía desnudo y completamente cubierto de guacamole,
tumbado sobre una tortilla. Ese fue el comienzo de Afrodita".
Pero hubo otro sueño que la sacó de una especie
de parálisis que la autora sentía frente a
la ficción. "Un día soñé
que del corazón del continente sudamericano salían
cuatro indios llevando en una angarilla una caja grande
de regalo para el Conquistador.
El hombre esperaba impaciente. Su mano enguantada -que era
también la mano mía- escribía en letra
cursiva: si abres la caja serás herido por una herida
invisible por donde se te irá la vida en hilos de
palabras". La autora, por supuesto, decidió
ir a abrir la caja. Ese día encendió su computadora
y escribió la primera frase de una historia que nada
tiene que ver con indios o conquistadores.
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Mucha gente la confunde con la hija de Salvador Allende,
que también se llama Isabel. "En Chile todo
el mundo sabe quién es ella, y quién soy yo.
Pero en el exterior
El periódico "La Repubblica",
de Italia, publicó un artículo sobre una manifestación
comunista en la que había participado la otra Isabel,
pero la foto que sale es la mía. El FBI debe tener
un archivo así de grande sobre mí, con todo
lo que hace mi prima".