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La Navas del
Marqués
Cuando un verano de 1918 un grupo de amigos, de 18 a 20 años
coincide en un pueblo enclavado en las estribaciones de la
Serranía de Ávila, están lejos de imaginar
que aquel encuentro es el preludio de uno de los grupos literarios
más importantes de la historia literaria española:
la llamada «Generación del 27». Varios
críticos coinciden hoy en ver aquellos encuentro de
Las Navas del Marqués como la fase inicial de un grupo
de preferencias e inquietudes que llegarían a volverse
comunes años después. La generación del
27 pasa por ser la mejor y mayor conjunción de poetas
que han dado las letras iberoamericanas. Sus integrantes fueron:
Rafael Alberti, Luis Cernuda, Jorge Guillén, Pedro
Salinas, Federico García Lorca, Dámaso Alonso,
Vicente Aleixandre, y Gerardo Diego. Algunos críticos
y estudiosos también incluyen a Manuel Altolaguirre
y Emilio Prados.
La Generación
del 27
El acontecimiento generacional que les une (aunque muchos
ya estaban unidos) fue la celebración del tricentenario
de la muerte de Góngora, en 1920. Con ese motivo, celebraron
un homenaje en el Ateneo sevillano, invitados por Ignacio
Sánchez Mejías. Ese fue el comienzo de una relación
que se prolongaría hasta el comienzo de la Guerra Civil
Española, en 1936.
Los miembros de la generación del 27 comparten varios
rasgos comunes: todos nacen en un periodo menor a 15 años,
casi todos pasaron por la Residencia de Estudiantes, cuentan
con una formación intelectual semejante y colaboran
en las mismas revistas (“Carmen”, “Verso
y prosa” y “Litoral”). Además, en
su escritura no hay un estilo común; todos ellos cuentan
con una personalidad diferenciada. Y una mismo afán:
renovar el lenguaje poético. La generación se
dispersa con el comienzo de la guerra. Varios de sus miembros
acabaron en el exilio y uno de ellos —García
Lorca— murió durante la contienda.
Apuntes para
una autobiografía
Varios aspectos relacionados con su vida son tratados por
Aleixandre en el texto conocido como “Apuntes para una
autobiografía”, notas que el autor publicó
en el diario “Ya”, de Madrid, el 4 de diciembre
de 1977.
Sevilla:
Nací en Sevilla y, como digo siempre, me crié
en Málaga. De modo que de Sevilla sólo sé
que nací allí, pero no tengo memoria de infancia.
Todos mis recuerdos primeros de la vida son malagueños.
Nací a la luz, e incluso a los libros, en Málaga
–otro modo de nacer–, porque allí aprendí
a leer, que es el segundo nacimiento. Mis abuelos vivían
en la Alameda malagueña. Mis padres, cerca, en lo que
hoy es calle de Córdoba, número 6, que entonces
se llamaba Alameda de Carlos Haes. [...]
En Málaga, hasta 1909
En Málaga viví casi desde que nací. Mi
padre era ingeniero de ferrocarriles, y yo nací en
Sevilla porque mi padre tenía allí su trabajo.
Luego pasó destinado a Málaga, donde estaba
la central. Tenía un bonito nombre: Compañía
de los Ferrocarriles Andaluces. Por cierto que era un edificio
muy grande y algo destartalado, y los malagueños, con
esa cosa que tienen gráfica para nombrar y bautizar,
a ese caserón enorme de las oficinas le llamaban El
Palacio de la Tinta.
Mis padres, mi hermana y yo vivimos en Málaga hasta
1909. Me dio tiempo a despertar a la vida, a aprender a leer,
a empezar a ir a la escuela, luego a un colegio... Me acuerdo
muy bien del nombre del director del colegio: don Buenaventura
Barranco Bosch. Fieros bigotes a lo káiser. Pero encima
brillaban unos ojos bondadosos. Parece que mi destino de poeta
de una determinada generación, que se distinguiría
por la amistad entre sus miembros, quería ya anunciarse.
Porque yo allí, desde la enseñanza primaria,
fui compañero y amigo del que luego iba a ser compañero
en la poesía: Emilio Prados. Creo que a esta se le
puede llamar, con justo título, la amistad más
antigua de la generación. Emilio vivía en la
conocida calle de Larios y yo iba solo –mi familia era
muy libre, muy confiada-, le daba una voz y continuábamos
hasta la calle de Granada, donde estaba el colegio. Era una
Málaga apacible, con un sabor que ahora ha consagrado
el pintor malagueño, primo de Picasso, Manolo Blasco,
que ha hecho toda su pintura ingenuista a base de los recuerdos
de principios de siglo –una pintura muy sugestiva-,
y es esa Málaga la que yo he vivido.
La
calle de Aleixandre
Durante algún tiempo, Aleixandre sostuvo una curiosa
polémica con las autoridades municipales a propósito
del nombre de su calle. Al poeta se debe que la anglófila
Wellingtonia, nombrada así por las abundantes secoyas
o meliosmas que antiguamente crecían en el lugar, apareciera
en el diccionario hispano como Velintonia, aunque el Ayuntamiento
se empeñara en ignorarlo. Hoy la calle se llama Vicente
Aleixandre, en honor del poeta que la bautizó dos veces.
En la televisión
En 1981, contra su costumbre Aleixandre consiente en aparecer
en un programa de televisión, donde se le pide su comentario
a un cuadro del Museo del Prado. El cuadro escogido será
“Niño de Vallecas” de Velázquez,
al cual ya en 1962 había dedicado un poema de “En
un vasto dominio”. «Helo aquí y casi mira.
Desde su estar inmóvil rompe el borde […] La
frente muerta dulcemente brilla, / casi riela en la penumbra,
y vive».
Una
mala salud de hierro
El propio poeta acostumbraba a ironizar sobre la enfermedad
que lo mantuvo convaleciente casi toda su vida, citando una
frase de Neruda: «Ahí está Aleixandre,
con su mala salud de hierro».
Encuentro
con el barbero
Cuenta Aleixandre (en su libro “Los encuentros”)
una anécdota protagonizada por el peluquero al que
acudía regularmente. El señor, de nombre Eduardo,
parecía tener cierto respeto por la literatura, y aunque
no era muy hablador a veces solía extenderse en consideraciones
sobre los clientes más antiguos del establecimiento.
Aquel día le tocó el turno a un señor
de cierta edad, del cual dio esmerados detalles relativos
al correspondiente corte de pelo y otros pormenores de arte
cosmética. Luego añadió, en un inciso:
—Por cierto, que escribe versos también.
—Ah, sí —respondió Aleixandre—,
¿y cómo se llama?
—No, no es conocido —aclaró el fígaro.
Y siguió prodigando detalles físicos, entreteniéndose
en retoques.
—Y dice usted que le gusta hacer versos —insistió
Aleixandre—. ¿Cómo se llama?
—No, no es conocido. Y si hace versos será de
afición, no es lo suyo. Al parecer, atiende otras obligaciones.
—Vaya, pero ¿cuál es su nombre? —insistió
Aleixandre.
Hubo una pausa. El barbero pareció encogerse todavía
de hombros, como si no valiera la pena. Por fin dijo:
—Don Antonio Machado.
La
casa donde durmió Franco
En la casa natal de Aleixandre se quedó Franco al inicio
de la guerra, cuando era ya propiedad de otra familia sevillana.
En los setenta, el Ayuntamiento decidió poner allí
una placa, que en vez de conmemorar el nacimiento del poeta
celebraba las breves estancias del general. «Algún
día desaparecerá esa lápida», le
decían en broma los amigos a Aleixandre, «y pondrán
una que te recuerde a ti». «No se vayan a pensar»,
respondía él, «que yo ando buscando lápidas
o monumentos, pero cuando paso por allí me fastidia.
¡Qué demonios!, parece que me han puesto la placa
del general y la guerra encima de la cabeza. Después
de todo, en esa casa nací yo».
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