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La bruja del Andén (y III)
Por Elisa García Díez

Dos meses después ya me conocía Roma como la palma de mi mano y sabía hablar italiano a la perfección. También conocí a Billi, un amigo y representante. Un día desayunando en el bar del hostal, Billi cogió un periódico. Yo miré aquel periódico. Me quedé seco, sin aliento, boquiabierto. “El austriaco Poe viene a Roma con su espectáculo”. De pronto, al leer eso, empecé a recordar todo lo ocurrido. Subí corriendo a mi habitación y empecé a hacer la maleta, con idea de salir esa misma tarde. No aguantaría volver a ver a Poe. Pero al cabo de unos minutos dejé de meter la ropa en la maleta y empecé a urdir mi venganza. Necesitaba una venganza. Después de varias horas pensando, se me ocurrió una venganza espléndida. Intenté por todos los medios posibles que Poe se enterara del truco de hacer desaparecer a las personas. Hice todo cuanto estaba en mi mano y lo conseguí. Poe se enteró. Él actuaba en el teatro Heredia a las ocho. Eran las siete y media. Me arreglé y me fui, no quería perderme aquello.

Manadas de hombres con sus parejas entraban en aquel viejo teatro. Yo me situé al fondo. Poe salió a escena. Yo le veía a él pero él no me veía a mí. Todo salió como yo esperaba. Dijo cuatro palabras y aquel hombre despeinado, de ojos negros como la oscuridad y de mediana estatura, desapareció. --Maravilloso truco pero qué maleducado por no volver a aparecer- decía la gente al ver que diez minutos después Poe no volvía a hacerse visible.

Yo miraba las reacciones de la gente con una sonrisa en la cara. Un cuarto de hora después, la gente se empezó a marchar. Yo me fui al hostal y recogí mis cosas. Tenía muy claro que, ahora que Poe no estaba, podía regresar a Viena. Pero antes quería buscar a aquella mujer. Fui a su casa y pregunté a todos sus vecinos y me dijeron que allí no vivía ninguna anciana con aquellas características. No sabía su nombre así que opté por describirla. La busqué por toda Roma y no la encontré. Fue como si aquella mujer nunca hubiera pasado por Roma, como si hubiese sido un bruja desgraciada y cansada de llevar un secreto tan pesado y con ganas de encontrar a algún mago o algún brujo en el que poder depositar el secreto y poder volver al mundo de las brujas, ese mundo al que los niños chicos tienen miedo, ese mundo al que te vas cuando te sumerges en tu imaginación.

Volví a Roma y empecé un espectáculo nuevo. Hacía desaparecer los objetos, nunca a las personas y menos a mí mismo, ya que si me hacía desaparecer a mí, aparecería en el otro plano astral donde estuviera Poe.


 

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