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La bruja del Andén (I)
Por Elisa García Díez

Esta es la historia de cómo me deshice de mi peor enemigo, murió aunque la única palabra que puedo decir es: desapareció... Era el salón de fiestas del Hotel Bristol de Viena, una sala enorme, con las paredes pintadas de color crema y plantas por todas las esquinas. Varios corrillos formados por mujeres y hombres curiosos que comentaban las votaciones de aquel grandioso festival de cine y que todavía se preguntaban cómo yo, el mago Eiffel y mi mejor amigo Poe, habíamos hecho aquellos trucos de magia tan espléndidos. Mientras yo miraba asombrado la capacidad de relación que tenía Poe, cómo podía relacionarse con la gente y encima caerles bien tan rápidamente; yo necesitaba un tiempo estimado de una hora para poder relacionarme como lo hacía él. Estábamos en la fiesta que daban los encargados del Festival de Cine de Viena después de la gala. Yo estaba solo, deseando que todo eso acabara para poder irme a mi casa. Por fin a las dos y media de la madrugada decidieron irse todos a sus casas o habitaciones. Poe me esperaba en la puerta. Conocía a Poe desde los doce años, tenía los ojos negros y el pelo siempre muy alborotado. Hablaba mucho, demasiado, a veces te abrumaba con tantas palabras.

Cuando llegué a mi casa, no tenía sueño. Estuve pensando toda la noche en un truco que me había llevado meses y que todavía no había acabado. Al día siguiente me desperté con la cabeza entre mil papeles. Había acabado el truco en una noche. La alegría me inundaba por momentos. Me iba a convertir en el mago más famoso de Austria. A media mañana me cité con Poe en el café París. Cuando llegué, él ya estaba esperando.

Al principio él no se lo creía pero luego me invitó a un bar de copas. Poe era muy listo y demasiado malo. Hizo todo lo posible para que yo me emborrachara y, bajo los efectos del alcohol y de la emoción, cometí el peor error de toda mi vida, le conté el truco. Después, lo único que recuerdo es que me levanté en mi sofá, con un dolor de cabeza horrible y sin acordarme de nada de lo que había pasado. Miré mi reloj y vi que eran las cinco y media de la tarde, me di cuenta de que Poe actuaba a las ocho y cuarto en el teatro Ronacher. Me arreglé, comí algo y me fui. El teatro estaba lleno de elegantes niños y mujeres con sus parejas. Me senté en la esquina derecha de la quinta fila. A mi lado había un niño de, aproximadamente, seis o siete años. Era demasiado bajito y su madre le puso en sus rodillas, en su mirada se reflejaba toda su ilusión, el ansia de ver al mago y de asombrarse con su truco. Poe salió a escena. Yo le miré. En realidad yo no tenía ni idea de qué truco iba a hacer esa noche. La gente miraba impaciente. De pronto, vi que estaba haciendo todos mis trucos. Me puse blanco como la nieve, me dieron ganas de matarlo. En cuanto me quise dar cuenta, estaba haciendo el truco que me había llevado meses. En ese momento me sentí fracasado, hundido, traicionado por mi mejor amigo, mi amigo de la infancia. La reacción del público, al ver el que fue mi truco por unos meses, fue espléndida. Todos aplaudían como locos, otros hasta lloraban de la emoción. Cuando terminó el espectáculo me fui a casa. Me sentía destrozado, infeliz, no me creía aún lo que acababa de pasar. Al día siguiente los titulares eran: “El fabuloso truco del mago Poe, triunfa en el Ronacher”; “El mago Poe, la estrella del momento con su grandioso truco”. Aquel día tomé la decisión que cambió por completo mi vida. Decidí dejar aquella fría y seca ciudad e irme a un sitio donde no me conocieran, un sitio donde pudiera pensar, donde no estuviera Poe. No sé por qué, en ese momento, me vino a la cabeza Roma, nunca había estado allí, pero decían que era una ciudad preciosa, llena de grandes fuentes y grandes plazas. Recordé un viaje que había hecho de niño a Venecia y pensé que podía ser otra posibilidad, pero había demasiados turistas inquietos que lo único que hacían eran crearte unos dolores de cabeza horribles, así que se me fue rápido de la mente. Enseguida me di cuenta que mi sitio estaba en Roma. Pensé en vender la casa, pero luego decidí que, a lo mejor, en un futuro, quizá lejano, pudiera volver. Esa misma tarde fui a la estación de trenes para sacar un billete solamente de ida para Roma.


 

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