El
24 de abril de 1999, sábado, el doctor Olmedo entró
de guardia en el servicio de Traumatología de la clínica
Puerta de Hierro de Madrid a las ocho de la tarde. Todavía
no eran las nueve cuando ingresó la primera víctima
de un accidente de tráfico, un chaval de diecinueve años
que había decidido saltarse un semáforo en rojo para
cruzar la plaza de España mientras un todoterreno bajaba por
la Gran Vía a unos 80 kilómetros por hora. El choque
había sido lateral, pero bastó para que el motorista
se rompiera un brazo, dos costillas y la clavícula. El de las
once y media, en cambio, no llevaba casco y nadie pudo hacer nada
por él, pero Juan Olmedo ni siquiera lo vio, porque estaba
ocupándose de una anciana recién operada de la cadera
que se había caído en el cuarto de baño de su
casa. A las dos de la mañana, un turismo se salió de
la carretera en una de las cuestas de la Dehesa de la Villa y acabó
empotrándose contra un árbol. El conductor, que estaba
borracho, se había hecho un lío con los pies y había
pisado el acelerador en vez del freno. Tanto él como su novia
llegaron a Urgencias como si se hubieran bañado en su propia
sangre, pero ninguno de los dos tenía lesiones mortales. Al
doctor Olmedo le tocó ocuparse de ella. A las cuatro y media
de la mañana, cuando un camillero se la llevó a su habitación,
preguntó si había alguien más esperando, se sentó
en la sala y se fumó un cigarrillo, mirando con desconfianza
la cama que tenía preparada. Odiaba tanto las guardias de los
fines de semana que a veces pensaba hasta en cambiar de especialidad,
abandonar aquella desoladora disciplina de cuerpos destrozados para
instalarse en terrenos más gratificantes, pero llevaba demasiados
años trabajando en un hospital como para fiarse de la apacible
apariencia del trabajo de los otros. Además, no solía
tener mucho tiempo libre para pensar en las guardias de los sábados,
y aquella noche no fue una excepción. A las cinco menos veinte,
le avisaron de que acababa de llegar una chica joven que había
sido atropellada por un coche en la puerta de una discoteca. Aquello
sonaba fatal, pero las heridas resultaron muy superficiales. A las
seis, sin pensárselo más, se tumbó en la cama
y se quedó dormido en el mismo instante en que apoyó
la cabeza en la almohada. Quince minutos más tarde le despertó
una enfermera.
-¿Sí? -preguntó, tan perfectamente despierto
como si no se hubiera acostado-. ¿Qué hay ahora?
-No, no es eso
Es que acaba de llegar su hermano, preguntando
por usted. Por lo visto, algún familiar suyo ha tenido un accidente,
no me ha querido decir más. Está muy alterado. He venido
corriendo a buscarle.
-Muchas gracias -Juan se levantó de un salto-. ¿Dónde
está?
-Delante del control.
Bajo las luces atenuadas de una pálida madrugada de hospital,
Damián caminaba en círculo alrededor del punto en el
que le había dejado la enfermera, completamente solo en un
desangelado pasillo de paredes verdosas, decoradas a trechos regulares
con listas de recomendaciones sobre cómo actuar en caso de
accidente, y gráficos de músculos y huesos reproducidos
a todo color que a Juan siempre le habían parecido más
siniestros pintados así que al natural. Tal vez por eso, al
distinguir la figura de su hermano, que se movía sin cesar
para no ir a ninguna parte, atrapado en aquel lugar tristísimo,
se dio cuenta de que aún era capaz de sentir compasión
por él, como cuando eran niños. El impacto que le produjo
la inesperada recuperación de aquel sentimiento le impulsó
a besarle en la mejilla en lugar de saludarle con una simple palmada
en la espalda, y fue consciente de que no besaba a Damián desde
el día del entierro de su madre, cinco años antes.
-¿Qué ha pasado? -preguntó luego-. ¿Alfonso?
Estaba seguro de que el protagonista de aquella emergencia era Alfonso.
Tiene que haber sido Alfonso, se dijo ya en el instante en el que
la enfermera le anunció que tenía visita, y se lo repitió,
sin margen de duda, mientras sus pies salvaban cada una de las baldosas
que conducían hasta aquel pasillo. Alfonso era capaz de cualquier
barbaridad. Podía haberse quemado, podía haberse hecho
daño al saltar desde un mueble, podía haberse caído
o hasta haberse escapado de casa, cualquier cosa, esa certeza le tranquilizaba
y le angustiaba al mismo tiempo, tiene que haber sido Alfonso, se
repitió por última vez mientras esperaba la confirmación
de Damián, pero antes de que su hermano llegara a pronunciar
una sola palabra, sus ojos le anunciaron ya que estaba equivocado.
-No -aquella mirada desconfiada y furiosa no era la de un hombre simplemente
alarmado-. Charo.
-¿Charo? -Juan se clavó al mismo tiempo ocho uñas
en las palmas de sus manos, cuatro en la izquierda, cuatro en la derecha,
pero no pudo controlar la respiración, y se escuchó
jadear mientras un repentino acceso de sudor rebajaba aparatosamente
la temperatura de su cuerpo-. Pero
¿cómo?
-¡Eso me gustaría saber a mí, cómo! -la
enfermera que había ido en busca de Juan y ahora recuperaba
su puesto tras el mostrador, chistó con el dedo índice
encima de los labios para reclamar silencio.
-No chilles, Damián -apostilló Juan, y sintió
una feroz oleada de rencor hacia su hermano-. Estamos en un hospital.
-Lo siento -miró en dirección a la enfermera y continuó
en un murmullo, apretando las palabras entre los dientes para consolarse
de no poder gritarlas-. La Guardia Civil me ha llamado hace un rato
para preguntarme si María Rosario Fernández era familiar
mía. Han confirmado el domicilio y todo eso, y luego me han
dicho que acababa de tener un accidente de tráfico en el kilómetro
11 de la antigua carretera de Galapagar. Les he dicho que era imposible,
que mi mujer se había ido ayer por la tarde a Navalmoral de
la Mata, a ver a su madre
El guardia me ha dicho que de momento
no podía decirme nada más. He llamado a Nicanor para
que vaya para allá, a hablar con ellos. Me ha dicho que podía
pasar antes a recogerme, pero yo prefiero ir contigo, por si es ella
de verdad, para cuando la lleven al hospital, enterarme bien de qué
tiene, y todo eso
No sé, estoy muy nervioso. No sé
qué pensar, ni qué hacer, ni
¡Joder!
Juan relajó la presión de las uñas y se miró
un momento las palmas de las manos, surcadas por ocho muescas blanquecinas,
mientras echaba de menos otras uñas más largas que clavarse
en el cerebro. Luego sacudió la cabeza y se obligó a
pensar, invocando mecánicamente la disciplina que había
acumulado en muchos años de urgencias.
-¿Cómo está esto, Pilar?
-Tranquilo -la enfermera, que había escuchado en silencio el
monólogo de Damián, miró el reloj-. Yo creo que
ya habrá pasado lo peor, son casi las seis y media
Si
quiere, puedo hablar con el doctor Villamil.
-No, gracias. Ya voy yo -entonces sujetó los brazos de su hermano
con las dos manos y le habló despacio, para estar seguro de
que entendía todas sus instrucciones-. ¿Has traído
el coche?
-No.
-Mejor. Iremos en el mío, yo conduciré. Baja a la cafetería,
pide dos cafés solos dobles, tómate uno y espérame.
Si crees que te va a sentar bien, pide también una copa y bébetela,
pero deprisa. Me queda una hora y media de guardia. Tengo que avisar
de que me voy, vestirme y tomarme un café, porque no he dormido
nada. En menos de cinco minutos estoy abajo. Lo mejor es que lleguemos
allí cuanto antes, porque en los accidentes suele haber mucha
confusión, y si ha estado implicado más de un coche,
al final pueden hacerse un lío con las ambulancias, o no acordarse
de a qué hospital han llevado a cada herido. ¿Has comprendido?
-Sí -Damián, que parecía más asustado
ahora que antes de hablar con él, asintió con una mansedumbre
insólita desde la época en la que los dos iban juntos
al colegio, pero Juan necesitaba ya toda su capacidad de compasión
para sí mismo.
Mientras informaba a sus compañeros de lo que había
ocurrido, mientras se vestía tan rápido como podía,
mientras se bebía un café que todavía estaba
hirviendo sin haber revuelto bien el azúcar depositado en el
fondo de la taza, mientras pisaba el acelerador de su coche para remontar
la rampa del aparcamiento subterráneo del hospital, Juan Olmedo
trataba de desplazar todos los cadáveres que poblaban su memoria
con el recuerdo de todos los accidentados que habían logrado
sobrevivir ante sus ojos. Se aferraba a cada cama de hospital, a cada
ejercicio de recuperación, a cada lágrima furtiva, a
cada sonrisa consciente, a cada jarrón con flores, como a la
única palanca capaz de hacer saltar por los aires otras tantas
imágenes de cuerpos sin piernas, sin brazos, sin ojos, sin
cabeza, sin verdadero cuerpo, todos los despojos privados de vida
cuya muerte había visto certificar o había tenido que
certificar él mismo. Nunca había estado sometido a una
presión semejante, nunca se había sentido tan fuera
de sí, nunca recordaba haber tenido tanto miedo como entonces.
Necesitaba gritar, maldecir al cielo, machacarse los nudillos contra
el salpicadero, arañarse la cara, pero se estaba quieto, y
conducía con toda la prudencia que era capaz de simultanear
con la máxima velocidad que desarrollaba el motor del coche,
y con toda la fe que podía improvisar.
-No estará muerta, ¿verdad? -le preguntó Damián,
como si pudiera leerle el pensamiento, mientras desembocaban en la
carretera de La Coruña-. Si se hubiera matado, me lo habrían
dicho, ¿no?
Juan le contestó sin volverse a mirarle.
-No lo sé.
Y sin embargo lo sabía. Sabía de sobra cuál era
la mecánica que activaba cada accidente de tráfico,
llevaba quince años formando parte de esa misma mecánica.
Sabía que hasta que un médico de los equipos de asistencia
en carretera no certifica la muerte de un accidentado, no se llama
al juzgado, y que hasta que un juez de guardia no se presenta para
autorizar el levantamiento de los cadáveres, no se puede notificar
la muerte a los parientes de las víctimas. Sabía que
nadie se despide oficialmente de la vida hasta que varios desconocidos
consienten en que se haya muerto del todo, y que el primer tramo de
la carretera de Galapagar depende de los juzgados de plaza de Castilla.
Sabía que en el término municipal de Madrid las noches
de los viernes y de los sábados son fatales, y que durante
los fines de semana los juzgados están tan sobrecargados de
trabajo como los servicios de traumatología. Sabía que
el juez suele llegar tarde, y que los familiares casi siempre llegan
antes que él. Sabía todo eso, pero no dijo nada porque
se acordó a tiempo de cuántas veces él mismo
había deseado que Charo muriera, que desapareciera, que se
desvaneciera en el aire, que se mudara a la otra punta del universo.
Recordó a tiempo todas las noches que había pasado en
vela invocando su muerte, todas las copas que había alzado
en el aire para brindar en su entierro, todos los timbres de teléfono
que le habían torturado durante años enteros, todas
las mesas de restaurante con dos cubiertos en las que había
acabado cenando solo, todas las vidas a las que había renunciado,
todas las novias a las que había dejado, todas las oportunidades
que había rechazado para poder seguir gozando del glorioso
martirio de los timbrazos equivocados, de las mesas solitarias, de
las copas envenenadas, de las noches en blanco y del cuerpo moreno
del amor de su vida. No se puede dimitir del infierno, se dijo Juan
Olmedo cuando todavía estaba a tiempo, porque el infierno nunca
se para, el infierno tiene piernas, dos largas piernas que imprimen
para siempre su huella tensa, articulada y lujosa, en las retinas
de los condenados, y siempre corren más que el más veloz
de los incautos a los que han atrapado alguna vez, no se puede escapar
del infierno, dejarlo atrás, confundirlo, negarse a él,
negarlo, negarse a uno mismo. No se puede decir que no, porque el
infierno no tiene oídos para escuchar esa palabra, y él
lo sabía mejor que nadie porque llevaba media vida pronunciándola
en vano. No me voy a librar de ti tan fácilmente, se dijo Juan
Olmedo, sería demasiado sencillo, demasiado casual, demasiado
atroz, es imposible, imposible, repitió, mientras aún
estaba a tiempo, y algo, alguien, una mano que no reconoció,
quizás su propia conciencia, compasiva, deslizó una
imagen fija en el fondo de sus ojos, como una diapositiva, una foto
transparente de un cuarto de hospital, de su propio hospital, con
una sola cama junto a la ventana y un sol cegador resplandeciendo
en las sábanas blancas y en los ojos de una Charo más
delgada, muy cansada, despeinada y pálida, que ladeaba suavemente
la cabeza para apoyar la cara en la mano de un hombre vestido de verde
que estaba de pie, a su lado, y era él mismo, el doctor Olmedo,
que había dispuesto el traslado de su cuñada a su propia
planta para supervisar personalmente su recuperación, y al
fin había logrado tenerla en una cama, quieta, para él
solo, desde que le llevaba el desayuno por la mañana hasta
que se despedía de ella cada noche. Yo te curaré, se
dijo, yo te cuidaré, yo me ocuparé de ti, y paladeó
cada una de las sílabas de aquellas tres frases porque todavía
estaba a tiempo, yo reconstruiré cada hueso de tu cuerpo, yo
me aseguraré de que duermas cada noche, yo te evitaré
hasta el más lejano presentimiento del dolor, y hablaremos,
añadió para sí mismo, cada vez más eufórico,
seguiremos hablando de lo de siempre, pero tú ya habrás
visto la muerte de cerca y la vida te importará más
que antes, seguro que sí, eso pasa siempre, y yo me encargaré
de Damián, yo se lo explicaré todo, nos iremos juntos,
nos iremos lejos
Llegó a ensimismarse tan abrupta, tan
súbita, tan desesperadamente en aquella fantasía caliente
y luminosa, que estuvo a punto de salirse de la carretera en el kilómetro
9,800 de la antigua carretera de Galapagar. Al doblar la siguiente
curva, distinguió ya al fondo las luces de la ambulancia del
Samur, estacionada en medio de la calzada. Antes de salir del coche,
buscó a Charo con la mirada pero no la encontró.
-¡Damián! ¡Damián!
Juan Olmedo escuchó dos veces el nombre de su hermano envuelto
en un grito, y reconoció la voz de Nicanor Martos, inspector
de la Policía Nacional y el mejor amigo de su hermano Damián.
Intentó calcular de dónde venía, pero no logró
localizarlo entre la docena larga de hombres y mujeres, algunos uniformados,
otros de paisano, que formaban pequeños grupos alrededor de
la ambulancia, de la grúa, del furgón de atestados.
Dos coches del 091 con las alarmas encendidas y varios turismos más
sin identificar, amontonados, más que aparcados, sobre la carretera
en todas las direcciones posibles, completaban una imagen estática
de la confusión. Mientras los sorteaba, avanzando hacia delante
sin saber muy bien adónde iba, Juan vio un zapato de hombre
tirado en el suelo, volcado sobre un lado, un zapato muy limpio y
casi nuevo, la suela de cuero apenas arañada, un zapato como
un destello, como un signo, como una palabra. En ese instante, supo
que Charo había muerto, y se sintió sumergido de repente
en una torrencial marea interior, porque todo el líquido que
contenía su cuerpo vivo, sano, remontó sin esfuerzo
el obstáculo vertical de su estatura para agolparse en los
huecos de su cráneo y presionar en oleadas sucesivas, cada
vez más violentas, más bruscas, más dolorosas,
los debilitados diques de las cuencas de sus ojos, de sus oídos,
de sus sienes, de su nariz. Sentía las piernas secas, descarnadas,
y los brazos ausentes, el pecho perforado y vacío mientras
su cabeza crecía y se deformaba como una esponja ahíta,
incapaz, deshecha en agua, y todas las imágenes llegaban a
sus ojos detrás de un velo turbio, acuático, y todos
los sonidos temblaban un instante antes de que sus oídos pudieran
procesarlos, y un gigantesco océano se dividía en dos
mitades y se reunía de nuevo sin pausa y sin propósito
en el centro de su frente, dos olas monstruosas chocando entre sí
para deshacerse y alzarse otra vez durante una eternidad que no duró
más que unos segundos. Con esos ojos líquidos, casi
incapaces, vio por fin a Nicanor, que avanzaba en su dirección
con el brazo derecho levantado en una congelada señal de alarma
y, al girar la cabeza a la derecha por una pura intuición sin
forma, descubrió por fin dos bultos cubiertos con varias mantas
gruesas, pardas, que reposaban junto a la línea blanca que
separaba la carretera del arcén.
-¡Damián!
Cuando Juan creía que el recién llegado se dirigía
a él, Nicanor repitió aquel grito por última
vez y entonces se dio cuenta al mismo tiempo de que su hermano seguía
estando a su lado y de que sus propias piernas temblaban como si estuvieran
sometidas a un esfuerzo que no eran capaces de soportar.
-No te acerques, Damián. Está muerta.
El policía, tan habituado como cualquier médico a dar
malas noticias, era un animal de sangre fría. Juan lo sabía,
lo conocía muy bien. Nicanor Martos, que había escogido
la profesión de su padre, que antes había sido la de
su abuelo, no tenía buena fama en Estrecho cuando los Olmedo
se fueron a vivir allí, a mediados de los setenta. Durante
los primeros días, mientras paseaba sin más propósito
que el de intentar orientarse en su nuevo barrio, Juan lo vio alguna
vez, siempre solo, recorriendo las calles muy despacio con un abrigo
loden verde y unos zapatos de pijo que no acababan de encajar del
todo con su cara de piel grasienta, martirizada por el acné.
En aquella época ya era más alto que bajo, más
gordo que delgado, y llevaba una insignia de la Falange en la solapa.
Miraba a la gente como si quisiera dejar claro que la estaba vigilando,
hasta que se encontró con Damián y perdió interés
por el resto del mundo. Dispuesto a ser en todo una segunda sombra
del Olmedo pequeño, se dejó crecer el pelo, se calzó
unas botas negras de tacón, y se compró una chaquetilla
vaquera a juego con los pantalones, a la última moda de Villaverde.
Desde entonces no se habían separado. Damián era el
único amigo que Nicanor había tenido en su vida, y seguía
siendo la única persona que le importaba de verdad. Tal vez
por eso, porque más de veinte años no habían
bastado para que la intimidad lograra colmar del todo la inmensa deuda
de gratitud y admiración que sentía por él, le
abrazó muy fuerte antes de seguir hablando y, cuando se separaron,
sus ojos, que habían contemplado los cadáveres de las
víctimas sin alterarse, estaban turbios.
-Es ella y está muerta -repitió, para asegurarse de
que Damián le entendía-. No hay nada que hacer.
Juan cerró los ojos y los abrió de nuevo al sentir un
golpe en el costado izquierdo. Su hermano se tambaleaba, oscilando
entre él y el vacío, cuando Nicanor lo cogió
como si fuera un fardo, y lo obligó a andar, sujeto entre sus
brazos, hasta dejarlo apoyado en uno de los coches de la Policía.
Juan, que se había acostumbrado a sujetarse a sí mismo
en cada músculo, en cada sílaba, en cada silencio, durante
una década de amor furtivo, se quedó quieto una vez
más. Cerró los ojos y volvió a abrirlos un instante
después, cuando se dio cuenta de que se estaba mareando. Tenía
la boca seca, la garganta súbitamente sensible, y su saliva,
que se había vuelto ácida, le irritaba las encías.
Aún no sentía ninguna otra cosa cuando fue tras ellos.
-¿Cómo ha sido?
Damián arrastraba las sílabas como si estuviera borracho,
aunque su cara parecía congelada, sus ojos perdidos hasta que
se volcaron en los del policía, que no encontraba la manera
de empezar a contestarle.
-Cuéntame cómo ha sido -insistió-. Quiero saberlo.
-Ha debido de ocurrir sobre las cinco y media, más o menos...
-Nicanor consultaba una agenda en la que había ido anotando
una sucesión de datos fríos, despiadados, exactos-.
Parece que el conductor, como mínimo, iba borracho perdido.
El médico del Samur que lo ha reconocido le ha dicho a la Guardia
Civil que seguramente se había metido algo más, coca,
o éxtasis, supongo, vete a saber... Venía de Madrid,
a más de ciento ochenta. Se ha salido de la carretera, se ha
comido el quitamiedos y ha empotrado el Audi contra una roca de granito.
Ninguno de los dos llevaba abrochado el cinturón. La Guardia
Civil ha tenido que pedir una grúa especial para desincrustar
el coche, porque se había encajado en una grieta y no había
manera de sacarlo con los garfios normales. Parece que han muerto
en el acto. El airbag de Charo ha saltado, pero alguna pieza de la
carrocería, o el mismo quitamiedos, que está hecho una
masa con el resto de la chatarra, le ha rajado la femoral. El airbag
de él ni siquiera ha llegado a saltar, el choque ha debido
de ser demasiado violento. Ha costado mucho trabajo sacarlos y los
cadáveres están muy mal. Yo creo que es mejor que no
la veas... -en ese punto, Nicanor hizo una pausa, encendió
un cigarrillo, y posó la mano izquierda en el cuello de su
amigo, como el máximo esbozo de ternura que podía consentirse
a sí mismo, antes de terminar su discurso en un susurro-. Lo
siento mucho, Damián, y lo siento todo, que Charo esté
muerta, que se haya matado así...
-¿Quién era él?
-Eso da igual, Damián, no pienses ahora en eso.
-No, no da igual -y miró a su amigo como si no pudiera creer
que se hubiera atrevido a sostener lo contrario-. A mí no me
da igual. ¿Quién era?
Mientras hojeaba de nuevo su agenda, Nicanor apretó las mandíbulas
en una mueca que expresaba un dolor casi físico, como si ninguna
de las noticias que le había dado a su amigo hasta entonces
le doliera tanto como aquella.
-José Ignacio Ruiz Perelló -dijo por fin, después
de carraspear un par de veces-, cuarenta y un años, valenciano
de nacimiento, vecino de Madrid, del Parque del Conde de Orgaz. Estaba
casado con una tía de muy buena familia, con mucha pasta, y
era ingeniero de caminos, un alto cargo del MOPU. Los de ese bar de
ahí lo conocían. Su mujer tiene un chalet de la hostia
un par de kilómetros más allá, una de esas casas
de veraneo antiguas, con un jardín muy grande, prácticamente
una finca. Debían de ir allí, cuando se mataron. Ella
no tenía ni idea, claro, se ha quedado de plástico.
El tal Perelló le había dicho que se iba a Lisboa porque
tenía que estar presente en la inauguración de una presa
conjunta hispano-portuguesa en el río Tajo, o algo por el estilo
Ha llegado antes que vosotros, es esa rubia teñida que está
ahí, la del visón.
Entonces se hizo un silencio largo y hondo, espeso, cargado de recuerdos
amargos y de presagios peores, otra breve cadena de segundos eternos
que Damián rompió sin palabras, descargando el puño
cerrado contra el techo del coche.
-¡Puta! -murmuró luego, manteniendo el brazo levantado
en el aire-. ¡Puta, puta! -repitió, estrellando el puño
una y otra vez y elevando el volumen de su voz en cada golpe, mientras
se echaba por fin a llorar-. ¡Puta, puta, puta!
Juan encogía los hombros en cada chillido. Los gritos de su
hermano, como otras tantas agujas largas y afiladas, encontraron el
mejor camino para perforarle el cerebro limpiamente, abriendo un orificio
en línea recta que amenazaba ya con comunicar para siempre
sus oídos cuando decidió que no podía aguantar
ni un segundo más.
-Voy a verla -le dijo en un susurro a Nicanor, que fumaba en silencio
y le respondió con un movimiento de la cabeza, sin apartar
los ojos de la furia de Damián, preparado para recogerle cuando
se viniera abajo.
Juan se alejó de aquella voz tan deprisa como pudo. Un guardia
civil de tráfico le salió al paso cuando llegó
a la altura de los cadáveres.
-¿Qué desea? -dentro del uniforme había un chico
muy joven, de unos veintitrés años, veinticuatro como
máximo, con aire de cadete recién licenciado y todavía
escrupulosamente adicto a todos los reglamentos, pero sin mucha experiencia
en la misión de imponérselos a los demás.
-Quiero ver a la mujer.
-¿Es usted familiar?
-Sí, soy su cuñado. Mi hermano no puede verla. Está
completamente deshecho. Es ése de ahí, el que aporrea
el coche
-el guardia levantó las cejas y frunció
los labios en una mueca de asombro casi cómica-. Ya sé
que la han identificado, pero me gustaría verla de todas formas.
-Ya
Pues le advierto que está muy malamente
-Me lo imagino.
-Sí, pero la verdad es que no hemos conseguido sacarla con
piernas
-Eso me da igual. Soy médico, trabajo en un hospital. Le aseguro
que he visto cosas peores.
-Si usted lo dice
-el guardia, que parecía más
asustado que él, se inclinó sobre el cadáver
de Charo y lo destapó con la cabeza vuelta hacia fuera, mirando
hacia otro lado.
Juan se acuclilló en el suelo, y trató de estudiar su
cuerpo como lo habría hecho un forense, mientras comprobaba
con el rabillo del ojo que el guardia había decidido ahorrarse
una nueva sesión de aquel espectáculo. Aquella mujer,
unos treinta y cinco años, ciento setenta centímetros
de estatura, sesenta y cinco kilos de peso, cabello y ojos oscuros,
raza blanca mediterránea, había muerto efectivamente
por causa del desgarro de la arteria femoral. Su muslo derecho presentaba
un corte limpio. Y nada más. Su muslo izquierdo había
permanecido unido al resto del cuerpo hasta unos diez centímetros
por encima de la rodilla. Su muslo derecho. Su muslo izquierdo. Sus
piernas del color de las tartas de yema tostada. Astillas de hueso
triturado, pulpa de carne ensangrentada, tiras de piel arrancadas
de dos ligas de metal. Sus muslos. Sus rodillas ausentes. Sus rodillas.
Juan se llevó instintivamente dos dedos al cuello, pero no
encontró de dónde tirar. Llevaba abiertos los dos primeros
botones de la camisa, pero le faltaba el aire. El tronco y la cabeza
estaban en buenas condiciones. Sobre el rostro palidísimo y
reseco de la mujer desangrada, blanco levemente teñido de malva,
los labios pintados de un rojo muy oscuro, más que granate,
casi marrón, adquirían una relevancia obscena. Juan
Olmedo abrió su propia boca y empezó a tragar el aire
a bocanadas, mientras desviaba la mirada hacia los ojos de la mujer
muerta. La raya negra que no debería haber sobrepasado la línea
interior de cada ojo, se había corrido para sombrear dos ojeras
artificiales bajo los párpados inferiores. El rímel,
seco, se había desprendido ya del borde de las pestañas,
sembrando los pómulos de diminutas partículas negras.
Charo se había vuelto a pintar cuidadosamente los labios, desentendiéndose
del resto de su maquillaje, antes de salir de Madrid, como había
hecho siempre justo después de vestirse, cada vez que abandonaba
la casa de su cuñado para volver a la suya. Juan reconoció
el color, tan distinto de los rosas pálidos, fronterizos con
el beige, de sus labios de las comidas familiares, sucumbió
a su significado, y sintió por última vez las piernas
de Charo, esas piernas que ya no existían, alrededor de su
cuello. Entonces, sin mover los hombros ni adelantar su cuerpo hacia
el cadáver, para que nadie situado a su espalda pudiera advertir
lo que estaba haciendo, alargó los brazos y desabrochó
deprisa dos botones de la blusa color burdeos para descubrir el escote
de un sujetador de encaje del mismo tono, y no quiso verlo, porque
cerró los ojos, pero dejó caer su cabeza para apoyar
la frente durante un instante sobre aquel pecho inerte, la piel insoportablemente
fría.
-¡Eh, oiga! -un segundo después escuchó una voz
ronca, que no era la del joven guardia que le había dejado
antes a solas con ella, y el eco de unos pasos que se acercaban-.
¿Pero qué está haciendo? ¿Quién
es usted? No se pueden tocar los cadáveres. El juez no ha llegado
todavía
-Lo siento -dijo Juan en voz alta, abrochando a toda prisa los botones
que había desabrochado antes-. No lo sabía.
Se levantó enseguida y no se detuvo a apreciar la furiosa expresión
del guardia veterano, que le increpaba aún mientras volvía
a cubrir con mantas el cuerpo de Charo. Ya había decidido lo
que iba a hacer a continuación, y la proximidad de Nicanor,
que había abandonado momentáneamente a su amigo junto
al coche y caminaba como si pretendiera reunirse con él, quizás
porque lo había visto todo, quizás porque no había
visto nada y pretendía enterarse de lo que había ocurrido,
no le pareció un motivo suficiente para cambiar de planes.
Se dirigió directamente al equipo del Samur, habló con
un médico, se identificó, y le pidió algún
calmante para su hermano. Después regresó al coche.
Nicanor había vuelto al lado de Damián, que miraba al
vacío con los brazos flojos, caídos a los lados, y el
aspecto penoso, inservible, de un globo arrugado y sucio justo después
de desinflarse.
