|
CUANDO FUI
CENICIENTA
Verónica Watt
|
Se trataba de un regalo: "mira-
me dijo mi mamá - ¿que te
parece que en vez de los típicos
regalos para los 18 años, recibas,
en un año mas, un viaje ?"
Ah???? Casi muero. Literalmente , porque
el corazón me latió más
rápido que de costumbre, sentí
un mareo intenso y creo que conocí
demasiado de cerca eso que se llama felicidad.
Esperé. Y esperé. Y esperé
un poco más. Pasó un año,
era Enero, en Chile estábamos en
verano. Partí. Sola. Feliz, completamente
feliz.
¿Destino?: Italia. El sueño
de toda una vida. Allá vamos. Siempre
he pensado que las cosas pasan siempre
y cuando uno les de una ayudadita: ya
en el avión le dije a un tipo bastante
atractivo (en comparación al resto
de la ganadería que encuentras
en un avión turista) que me entretuviera.
12 horas hasta España con el tipo
haciéndome cariño en el
brazo. Esto se viene bueno, me dije.
Llegué a Italia, mejor dicho a
Roma. De -3 a 0 grados promedio. Me moría,
me congelaba... y además me fui
a vivir por un mes a la casa de una señora
de unos 60 años que apenas me vio
llegar apagó la calefacción
(incluyendo el factor de que el agua caliente
se cortaba misteriosamente todas las mañanas...).
Pero era Roma: esa Roma con la que había
soñado siempre. Todas las mañanas
salía a la scuola . Los atrasos
llegaron a ser hasta de un hora. De algo
sirvió, porque ahora puedo leer
en italiano. Pero pasó una cosa
curiosa , extrañísimas que
determinó y terminó en los
últimos 6 meses.
Conocí en una fiesta a un galés.
Hablamos de todo lo que puede ser interesante
y mas aun si tienes unas copas de mas
(aunque parece que yo tenía como
media botella más..) : filosofía,
literatura, música, arte... perfecto.
Vivimos esa noche entre Miller, Nietzche,
Dostoievsky, Pablo Azócar, mi profesor
de filosofía (del que aun no me
recupero con entereza) , unas alabanzas
mías desesperadas a Sartre, él
jugueteando con el aro que ya me había
roto la oreja y un montón de humo
de cigarro en los ojos. Se me hizo tarde
para irme. Hacía frío y
esa era la casa de mi amiga... cuento
corto: nos quedamos durmiendo cuatro sobre
una cama demasiado estrecha (incluyendo
a una psicótica que pegaba patadas
a karatekas imaginarios). De que dormimos,
eso no lo puedo jurar. Podría decir
en cambio que esa noche me sentí
segura, que el tipo que recién
había conocido me abrazó
como nadie en mi vida lo había
hecho, y que respirar su olor entre sueños
fue lo más sensual que me ha pasado.
No hubo necesidad de besos ni nada grotesco:
el cuento de hadas era mágico y
veía desde ya comenzar una historia.
.....Pero los cuentos de hadas acaban-
a veces demasiado pronto- y despertamos/desperté
sintiéndome extraña. Ya
habían pasado las doce hace
rato.
|