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Sucedió en Nueva Orleans, en el
inquieto espacio de tiempo en que las
nubes del jazz se desplazan empujadas
por el viento de la algarabía:
Muchachas oficialmente desaparecidas
y dadas por muertas en todos los informativos
de los canales por cable; hombres maduros
con la cara marcada por las cicatrices
del alcohol; despistados soñadores
en busca del paraíso perdido al
final del camino de los adoquines dorados;
presos fugados de sus propias miserias
y de sus pesadillas; serpientes, vudús,
prostitutas celosas
y una sax machine averiada y protegida
por los fornidos brazos negros de un hombre
dormido; la estatua de Louis Amstromg
escoltada en el parque por decenas de
parejas de amantes cuyos gemidos forman
un caos de circulación en Canal
Street; muertos de hambre, opulentos y
enfermizos bebedores de absenta; congresistas
del partido republicano en misión
oficial; congresistas del partido demócrata
en viaje de negocios; echadoras de cartas,
traficantes, estafadores profesionales;
exhibicionistas, bailarines callejeros
de claqué que apenas han cumplido
los nueve años, y dos viajeros
que buscaban, como tantos, el Preservation
Hall y sólo encontraron la silenciosa
niebla del Mississippi.
Uno de ellos apareció flotando
al amanecer: el estómago hinchado,
la boca
llena de algas y una máscara de
carnaval colgándole obscena del
cuello...
El Mardi Grass no se suspendió.
¿A quién le importaba mi
hermano?.
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