Entrevista (I)
Su arte no tiene límites en cuanto a formato y su trazo, ningún prejuicio por el cambio.
Decano en la más reciente trayectoria de nuestra historieta –ya colaboraba en El Víbora a finales de los setenta- y sobresaliente ilustrador –tanto de libros infantiles como del New Yorker-, Max, nacido Francesc Capdevila (Barcelona. 1956), cuenta con unos de los currículos más extensos del panorama nacional, uno de los universos estéticos más atractivos y un incansable entusiasmo por renovarse en cada trabajo.
Empecemos hablando de su reciente publicación, Bardín el Superrealista. ¿Por qué decidió recuperar las historias, filias, pensamientos… de este personaje en un solo volumen?
Mucha gente pensaba que Bardín era un comodín de corto recorrido, una manera de solventar trabajos intrascendentes de una o dos páginas. Pero yo sabía que estaba creando pequeñas piezas que encajaban en un mosaico mayor que estaba en mi cabeza. Creo que el libro vino a hacerlo patente. Y el mosaico, por cierto, aún no ha concluido.
¿Qué le inspiró para crear al protagonista de esta obra?
Salió sin más, un tipo cabezón y anodino, en la estela de los personajes del Pulgarcito o el Tíovivo. Buscaba un personaje sin personalidad –si eso era posible-, apto para toda clase de historias, de cualquier género o en cualquier tono, y vi que algo tan simple como un tipo de cabeza redonda y traje me serviría.
Con este libro Bardín cumple diez años… ¿Cómo se lleva esa relación? En la historia titulada “La compleja y atormentada conciencia de Bardín” da algunas pistas con cierta ironía…
No, no, en esa historia sale Bardín, pero quien debería salir es Peter Pank, o Gustavo. De hecho, concebí a Bardín exactamente para que ese tipo de situación de amor/odio (interdependencia insufrible autor/personaje) no se volviera a dar. En la realidad Bardín lleva su vida y yo la mía y procuramos no interferir.
Ahora que los nombra, ¿de cuál de todos sus personajes ha estado más próximo?
En cada momento, de todos ellos. De otro modo no hubieran salido bien. Pero con los años he ido aprendiendo las virtudes del desapego. Fundirse con el personaje no deja de ser sinónimo de confundirse.
¿Cuánto hay de un alter ego suyo en Bardín? ¿En cuántas de sus ideas coincide?
Las historias de Bardín tratan de problemas que me interesan a mí, eso está claro. Pero la manera en que él los afronta no es la mía. Yo planteo la cuestión, luego le pongo a él en situación para desarrollarla. Y la conclusión no suele venir dada de antemano, sino que obedece a la lógica –o al delirio- del desarrollo de la historia. Hay alguna excepción en el libro (“Acto de amor”, por ejemplo, donde sí suelto mi tesis directamente por su boca), pero en general ése es mi método. Sí comparto con Bardín una actitud permanente de asombro, desconcierto y cabreo, por este orden, pero él es mucho más salvaje y puñetero que yo, pese a su aspecto anodino.
¿Por qué está ambientado en Madrid?
Hum... De hecho no lo está. En una historieta va al Prado, en otra camina por la calle del Pez, sí, y en otra se habla del 11-M, pero simplemente podría ser un visitante ocasional. Nunca lo he querido situar en una ciudad concreta. Para lo que hay que decir, todas las ciudades valen lo mismo. Estoy trabajando en su próxima historia, que sucede en un extrarradio urbano. Todos son iguales más o menos.
¿De dónde viene su atracción por la obra de Luis Buñuel (aquí encontramos el storyboard para el proyecto Microfilms)?
Sus películas, su mirada sobre las cosas, no dejan de asombrarme. La primera vez que vi Un perro andaluz, en mi adolescencia, me quedé traspuesto durante días. Hasta la más anodina de las películas que hizo por encargo tiene algo estremecedor dentro.
Antes de cambiar de rumbo, dénos un consejo para los que empiezan. Algo de eso hay lo que dice Bardín en “Un acto de amor”.
Ahí está la actitud básica ante el oficio. Después de eso, sobre todo buscar un hueco propio sin que ello signifique encasillarse. Y darse tiempo, todo el que haga falta: no se construye una voz propia en dos días.
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