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Entrevista (I)
Sus mujeres sonríen con toda la cara. Esa vibrante e íntima emoción, unida a los planos cortos y los encuadres, sientan al lector de la autobiográfica Píldoras azules en una butaca privilegiada que Frederik Peeters (Ginebra, 1974) aprovecha –con buenas dosis de comedia- para convertirle desde las primeras páginas en parte de la historia (de superación y amor) y del escenario (del sida y su convivencia). En Lupus son otros la historia y el escenario, otros los fantasmas que esconden sus protagonistas pero el resultado y el éxito superan a su predecesor y confirman las notables dotes de su autor. El dominio del tempo y su maduro estilo narrativo añaden a su esclarecedor dibujo –siempre en blanco y negro- una mayor fuerza expresiva al conjunto de los cuatro volúmenes que componen este intenso y conmovedor road-cómic espacial, que ha recibido continuas nominaciones en el prestigioso certamen de Angoulême.
Después de publicar el maravilloso Píldoras azules, toda una descarga emocional y autobiográfica, ¿escribir Lupus –aunque trate temas similares- se convirtió en algo necesario? Me lancé a hacer Lupus por múltiples razones. La principal fue que, después de Píldoras Azules, todo el mundo me decía que tenía una visión formidablemente positiva de la vida, blablabla.... e, incluso aunque haya un poco de verdad en esto, en cualquier caso en lo que respecta a Píldoras azules, no me reconocía dentro de esta imagen. Decidí entonces explorar otras sensaciones, crear personajes solitarios y perdidos, y hacerles vivir situaciones tanto confusas como anodinas, y sumergirlos dentro de sentimientos muy cotidianos, pero para los cuales no están preparados.
¿Cuál fue el germen de Lupus? ¿Cómo nació esta historia? Todo comenzó en un café con mis amigos de Atrabile (su editorial francesa). Bromeando lancé la idea de que nosotros, como un pequeño sello alternativo, íbamos a crear nuestra serie de ciencia ficción, como los grandes editores comerciales. Se rieron con ironía y entusiasmo, y me quedé con la idea ahí. Tenía una vaga dirección, y decidí rápidamente que me divertiría desviando todos los clichés de género, la glorificación de un espíritu viril y guerrero, el misticismo de cocina y el exceso de efectos técnicos y visuales. Decidí no hacer ninguna búsqueda. De esta manera, cada vez que necesitaba una nave o un decorado, me basaba en lo que tenía en mi taller: lámparas, ceniceros, postales de brasil… Qué sé yo.
¿Por qué escogió enmarcar esta nueva narración en el espacio, en un tiempo futuro? Era muy importante. Para resumir… Primero, quería hablar del paso a la edad adulta, y después, de los sentimientos de vagabundeo, de huida, de soledad, sobre la dificultad de comunicarse. El espacio intersideral es el mejor entorno para perder personajes. Es negro e inmenso como una pesadilla y, sobre todo, eso permite suprimir todas las referencias y centrarse en los personajes. Soy yo quien controla los decorados en los cuales evolucionan los personajes y puedo modelarlos sin obligación de crear ecos a sus propios mundos interiores. Por otra parte, la ciencia ficción me permitía reencontrar visiones y ambientes exóticos e inquietantes, en los cuales me zambullía de niño, cuando iba al Museo de Historia Natural de Ginebra, que es maravillosamente oscuro y polvoriento, algo fuera del mundo y del tiempo, especialmente en la planta de prehistoria. Estos recuerdos tan fuertes me han acompañado a lo largo del relato y quería hacérselos llegar al lector.
En algunos pasajes, me recordaba al genial Stanislaw Lem… ¿leyó autores de ciencia ficción que le sirvieran de inspiración o le gusta este género literario? No verdaderamente. Generalmente la literatura de ciencia ficción me aburre. Mi cultura en la materia se limita al cine. Me he remontado a mis recuerdos de adolescencia, los de Star Wars, 2001, Blade Runner, etc...Y estaba también la fantástica Métal Hurlant (publicación gala sobre ciencia ficción), Moebius, Corben, Bilal. Para mí todas estas referencias están ligadas a la adolescencia, y encontraba coherente servirme de ellas aquí para desembarazarme de ellas, como el protagonista, Lupus, acaba por desembarazarse de los oropeles de su adolescencia, aunque el fin sugiera que las cosas no son tan simples. Las influencias reales vienen de películas rusas que he descubierto tardíamente, como las películas de Tarkovski (Solaris, Stalker, o incluso El espejo), y una película maravillosa de Pavel Klushantsev, Planeta Bur, de cuyas imágenes me he servido a lo largo de los cuatro álbumes.
Además de su preocupación por las relaciones humanas, ¿qué otros nexos atan de alguna manera estas dos obras, Píldoras azules y Lupus? Se trata de dos libros improvisados, sin escenario. Para Píldoras azules, tenía una base, mi vida, dentro de la cual he hecho elecciones selectivas. En Lupus, no tenía ninguna base, pero sabía que al construir un relato más largo, que se extendiera entre tres o cuatro años, tendría el tiempo suficiente para que entrasen en sus páginas elementos de mi vida personal que me sirvieran para la dramaturgia. Así, la llegada del embarazo de Sanaa no llegó sino porque mi compañera se quedó embarazada en esa época. No es una autobiografía, es otra forma de experiencia, mucho más arriesgada y contenida a la vez, porque sé que puedo retomar mi libertad en cualquier instante.
En Píldoras Azules supongo que sería difícil escribir sobre algunas cosas pero, a la vez, era necesario ser totalmente veraz, honesto, ser usted… No fue duro. Lo hice en tres meses. Como un vómito mental. No tengo nada controlado, fue intenso, rápido y naïf. Cuando lo vuelvo a pensar hoy, de hecho tengo el sentimiento de una gran despreocupación..
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