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Domingo 6
Julio 2008

 
01/03/2006
No al miedo (por Pepo Pérez) I

Con una visión ácida y su trazo infantil el ilustrador barcelonés se ha convertido en todo un referente.

En uno de sus más bellos y desconocidos trabajos, el descatalogado librito Buenos tiempos para la muerte, publicado en el año 2000 por Editorial Morsa (¡reedición ya!), Juanjo Sáez recurría a una de sus habituales viñetas-página para evocar algo que vio una vez paseando por el barrio barcelonés del Raval. Yo iba con él, así que en cierto modo me siento un poco parte de aquello. En un balcón de un segundo piso, alguien había colgado algo que llamó nuestra atención, una sábana blanca en la que había escrito con grandes caracteres manuales una sola y sencilla leyenda: NO AL MIEDO.

Si uno miraba aquello de un modo descontextualizado, sin tener la menor idea de por qué alguien lo había colgado ahí, la modesta pancarta devenía en un verdadero manifiesto existencial cargado de sentidos. NO AL MIEDO. La frase, si uno se para a pensarlo, tiene su miga. Más tarde nos enteramos de que se trataba de una protesta vecinal por la violencia callejera que asolaba el barrio, debía de ser 1999. Sin embargo, en un primer momento, la misteriosa pancarta logró provocarnos a ambos, y seguro que a otros transeúntes, una sensación especial, un eco estético, que diríamos para ponernos pedantes y citar a Duchamp. Dicho más llanamente, nos conmovió, nos reveló algo y nos hizo pensar qué sentido tenía aquello respecto al mundo, respecto a su autor y respecto a nosotros mismos.

Un año más tarde, Juanjo Sáez convirtió ese hecho real en una narración, intentando transmitir al lector aquel momento de epifanía. Y es que, lo explica Juanjo en este nuevo libro que tienen ahora en sus manos, en el arte contemporáneo se acepta desde hace décadas que cualquiera puede ser artista, sólo basta con tener algo que expresar y la voluntad de hacerlo. También es posible que la mirada del espectador complete la obra, e incluso que le dé un valor y un significado artístico a algo que en realidad no lo tenía. Por parecidas razones, para ser artista hoy día no es imprescindible dominar las técnicas artísticas, ni tener estudios académicos, ni mucho menos ser un virtuoso.

Juanjo Sáez y su deliberada falta de virtuosismo es una prueba viviente de ello. Aunque completó estudios artísticos y sabe dibujar bastante mejor de lo que a veces se piensa -cuántas veces, ante un dibujo suyo, he oído pronunciar la frase del millón: «pero si mi sobrina de seis años dibuja mejor»–, Juanjo renunció hace mucho a hacer alardes de dibujante. Ya cuando estudiaba en la «Escuela para Jóvenes Talentos» Massana de Barcelona, en cuya «Sala de Peligro» se entrenó, optó por el camino inverso, el de deconstruir deliberadamente su dibujo y hacerlo mal adrede. Y esa elección personal, en su caso, ha demostrado con el tiempo ser acertada.

Porque, si uno se para a pensar de qué se ríe con un chiste de Juanjo, descubrirá que un porcentaje nada desdeñable de la gracia no reside en la idea o en el texto, que también, sino en el dibujo puro. Un dibujo que provoca la risa precisamente por lo loco que es, por lo mal hecho que está académicamente hablando. Su dibujo además puede conmover porque, gracias a la ausencia de detalles y rasgos anatómicos precisos, permite al lector completarlo con su mente y llenarlo de significados. Es un dibujo que busca expresar ideas puras, no imágenes descriptivas que representen la realidad. A todo eso hay que añadir el planteamiento, no casual sino deliberado, de no realizar nunca bocetos previos ni borrar, algo visible en esos tachones y faltas de ortografía tan características. Se trata, así lo veo yo, de intentar transmitir su pensamiento manual, de la mente al lápiz, del modo más puro posible, pero también de usar el error como elemento expresivo. El error como metáfora de la vida humana e ingrediente consustancial a la misma, porque es nuestra capacidad de elegir la que permite la posibilidad de que el error exista (los animales nunca se equivocan).

Pues bien, si un dibujo es capaz de conseguir todo eso, es un buen dibujo y no puede estar mal sino bien hecho. Punto. Y ese éxito expresivo es consecuencia de algo que resulta francamente difícil para muchos de nosotros: que Juanjo Sáez decidió no tener miedo a hacer las cosas a su manera.

Hay otro elemento en su obra que siempre me ha llamado muchísimo la atención. Dado como es Juanjo a contar su vida en sus viñetas e historietas –sí, porque lo que hace es básicamente cómic–, no tiene reparos para mostrarse en situaciones ridículas, o haciendo cosas que le pueden dejar mal frente al lector, algo que a la mayoría de nosotros nos aterra. De nuevo, no hay miedo a exponerse: no le importa ser imperfecto y, por tanto, humano. En este libro, sin ir más lejos, puede mostrarse a veces tierno y adorable, pero también sabiondo, arrogante e impaciente, incluso con su propia madre. Sin embargo, eso sucede porque Juanjo ha elegido mostrarse así. Forma parte de la continua provocación en la que quiso convertir toda su obra, dentro de una particular búsqueda de la verdad humana –dentro de la mentira que supone toda narración, claro–, en la que a menudo exagera o falsea sus acciones con tal de provocar la reacción del espectador, ya sea el rechazo, la identificación o la comprensión.

Ése es uno de los retos principales de su trabajo, el que le ha llevado a un continuo intento de superar el listón de la provocación en sus dibujos y viñetas. Primero para fanzines como Círculo Primigenio o Nada, y más tarde como para publicaciones como Rock De Lux –ahí empezó su carrera profesional–, El Periódico de Cataluña, .H, El Mundo y la revista Qué leer, o para numerosos trabajos publicitarios, consiguiendo en ocasiones (¡éxito total!) que algunos de ellos le fueran rechazados. Ahí, sin miedo. Y esto lo hace una persona de complexión menuda que sufría crisis asmáticas desde los tres años y que ahora, a los treinta y tres, pesa cincuenta kilos (vestido). Pero que consigue crecer cada día varios centímetros más de felicidad con la vida que ha elegido llevar. «La felicidad es la ausencia de miedo», decía el otro día en la tele el gran Eduard Punset. Ésta es la cosa.

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'El arte. Conversaciones imaginarias con mi madre'. Juanjo Sáez.
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