| Retrato.
Maitena Burundarena cumplió un viejo
sueño: tiene una vida con vista al mar y disfruta
del tiempo que compró con el éxito de
sus dibujos. Tan ácida como siempre, repasa su
obra y jura que hoy está en paz consigo misma.
El
mar sorprende detrás del cerco de madera, la
contraseña para ubicar la casa en ese pueblito
mínimo de la costa uruguaya. Las olas lucen apenas
amenazantes hoy que el día se descubrió
nublado y frío. Las piedras y la bruma, la playa
desierta de septiembre se parecen a las de Cuentos de
Almejas, la historieta de Intervalo sobre una ficticia
población marina.
Caminó bien temprano los 10 kilómetros
diarios hacia el sur, donde la costa se abre como una
línea sin interrupciones y desaparece en el horizonte
virgen. Desde la casa, escondida entre las cortaderas
y las dunas, enormes ventanales dominan el paisaje que
ayer había dado función de ballenas, hoy
el de un lobito solitario jugando entre las olas y algunas
noches, el espectáculo atemorizante de la tormenta
y el viento.
Ella hace lo que siempre hace y nunca se cansa de hacer:
enciende el fuego, pone música, agarra algún
libro y disfruta de esa pantalla fenomenal, ese mirador
de doble vidrio hacia el tramo feliz que le está
tocando vivir a la mitad de los cuarenta. Y si protege
el nombre del lugar como si fuera la identidad de un
testigo en peligro es porque a sus pocos vecinos los
apesadumbra la creciente invasión forastera que
llega hasta las calles de tierra preguntando por la
ciudadana ilustre.
Maitena Burundarena se ha retirado a vivir aquí.
Largó todo en el momento de mayor fama y prestigio:
traducida, publicada en revistas y diarios de treinta
países, sus libros editados como best seller,
está chocha con esta vida de retiro que hace
ahora. Negra remera con inscripción, pantalón
cargo negro y negras las zapatillas, luce delgadísima.
Perdió unos kilos en el trance de evitar el alcohol.
El pelo más corto, tan desordenado y platinado
como desde que la conocemos. “Siempre tuve un
look muchachito que ahora estoy forzando hasta sus límites:
me visto como un chico gay de 22 años. Me compro
ropa en las casa para ellos que ¡además
son baratas! ¿Qué voy a ir a gastar en
Prada? ¡Te arrancan la cabeza y parezco de 70
años!”
Comparte
el refugio con Daniel Kon, su marido y manager, y Antonia,
la hija de ambos, que acaba de salir para la escuela
con dos colitas, un guardapolvo blanco y la moña
azul al cuello. Maitena, que como desconfía de
La Escuela, antes de quedar embarazada comprometió
a su marido a ir a las reuniones de padres (“El
otro día me quejé porque me llevó
a un acto y él me contestó: ‘¡¡Pero
te hice ir porque festejaban el Día de la Madre!!?),
adora esa moña litúrgica. Detalle anticuado
que hace angelical a su hija e irremediablemente ridículos
a los que están por egresar. Ella, que está
terminando los trámites de residencia, agradece
al Uruguay la posibilidad de mandar a la nena a una
escuela pública. Le gusta que Antonia viva la
pluralidad de historias. Tiene algún amiguito
rico, como ella, y se queda a dormir en la casa de nenas
que no tienen siquiera cuarto. Por eso, la suya se ha
convertido en el cuartel general para los chicos del
barrio que okupan su habitación llena de juegos
y dvds o la casita de muñecas del jardín,
ubicada a metros de la huerta de hierbas aromáticas,
que la madre cuida como a otra hija y alimenta su fama
de cocinera.
Sigue.
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Por
Ana Laura Pérez
Revista Viva. La revista de Clarín, Buenos Aires,
24/09/06
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