Daniela Rosell/Ricas y famosas
La fotografía mexicana se ha acercado a menudo a la vida colectiva de la nación por medio de una peculiar mezcla de objetividad etnográfica y una fascinación embelasada por aspectos de la realidad que lindan con lo barroco e incluso con lo surrealista; pienso, sobre todo en Manuel Álvarez Bravo. Pero, como señaló el crítico Rubén Gallo, los resultados en manos de los numerosos sucesores del maestro, han degenerado en ocasiones en una "idealización exagerada, artificial y a veces condescendiente". En su serie Ricas y famosas, Daniela Rosell derriba esta tradición al tiempo que permanece fiel a su esencia volviéndola del revés. Contra su mirada etnográfica no en las vidas cotidianas de los humildes y en sus tradiciones y costumbres inmemoriales, sino en su propia clase social: los oligarcas cuyo poder económico y político mantiene a los humildes en su sitio. O no precisamente en los oligarcas en persona, sino en aquellos que viven a su cargo, sus esposas y sus hijas. A pesar de eso, Rosell sigue a Álvarez Bravo en su percepción de una realidad hechizada, fantasmagórica, en la que "los personajes habitan en un claroscuro donde se desvanecen y se convierten en fantasmas".

Rosell es una descriptora detallista y exigente, lo que equivale a decir que, por una aparente paradoja, sus imágenes minuciosamente estudiadas parecen enteramente imaginadas, incluso de un modo delirante. Los personajes de Rosell se revelan como lo que son o como lo que les gustaría que se pensara que son, y es quizá el deseo de estas personas de suprimir la distinción, lo que otorga a las fotografías su aire de locura apenas contenida. Del mismo modo que su riqueza les permite consentirse físicamente, tener una vida de consumo manifiesto y de manifiesta sexualidad, también los defiende de tener que hacer frente a cualquier visión hostil del mundo. Las idealizadas campesinas de Zúñiga que se ven en una fotografía, son perfectamente adecuadas para desterrar cualquier pensamiento sobre los campesinos rebeldes de Chiapas. En otra imagen, una vampiresa rubia vestida de tenista, con una coqueta timidez , posa triunfalmente con su zapatilla de deporte sobre un león disecado, observada por empalagosos retratos al pastel de mujeres que, confusamente, se le parecen y no se le parecen: idealizados retratos de familia. Estos interiores cuasibarrocos ubican a sus habitantes en un mundo de espejos enfrentados e imágenes engañosas: un mundo en el que se ha rechazado deliberadamente cualquier sensación de una áspera realidad.

Rosell parece haber encontrado mucho que aprender de estas mujeres a las que otros probablemente dedeñarían como a parásitos sociales ¿No es su existencia literalmente fantástica la prueba de una expresión personal recargada que hace que el resto de nosotros parezcamos lastimosamente reprimidos, deprimentemente privados de idiosincrasia? Cada una de estas criaturas es más o menos lo que Jack Smith vio en cierta ocasión en la Dietrich de Von Stenberg: "un brillante travesti en un mundo de delirantes aventuras irreales". En su empleo de los ángulos de cámara oblicuos, los engañosos reflejos especulares y los colores chillones, Rosell muestra que no sólo ha observado la estética personal de sus retratados, sino que también la ha adoptado como propia . Y, a pesar de todo, el efecto de estas imágenes deslumbrantes es insistentemente crítico. Las imágenes de Daniela Rosell no son precisamente del estilo de las que sus personajes cuelgan en sus guaridas. Encuadrar fotográficamente estos hábitats es, aparentemenete, lo mismo que apartarse de la posibilidad de vivir en ellos - despertarse a sí mismo de la seducción-.

Barry Schwabsky