Luis Cardoza y Aragón
Manuel Álvarez Bravo

Sensibilidad y enorme poder expresivo se concretan en sus obras. Justo, como todo prodigio, es que la fotografía- pasión de exactitud- adquiera el temperamento de las manos que la poseen, del ojo que le sirve de lazarillo. Máquina de fineza que mide el pulso de la luz hasta devenir órgano de su dueño. Y diálogos se entablan entre la luz y la sangre. Y este perfeccionamiento la eleva, en su docilidad de acero, a una soltura de pluma. En las fotografías de Álvarez Bravo- de las más bellas que conozco-, el testimonio irrefutable de la máquina exalta con su verdad un mundo que fue pueril hasta el instante anterior a su aribo. Lo mecánico se ennoblece con agilidad inesperada y el recuerdo mismo de su rigidez contribuye a formar su riqueza. Me seducen sobretodo aquellas en que no hay arreglo, sino que divagando dentro de sí mismo las ha encontrado, de pronto, en la calle, en cualquier parte, y no como ilustración de su monólogo, sino como un poema que su monólogo no lograba alcanzar: ya solo, las ha liberado dentro de jaulas de luz. Su encanto reside en esas asociaciones inauditas, en esas relaciones establecidas entre los objetos y seres más distantes, más imposibles el uno al otro y que ya juntos constituyen constelaciones: ave y pez reunidos de improviso en la tromba. En Álvarez Bravo estos poemas tienen la soltura y la naturalidad de una aparición. Su absoluto carácter gratuito mantiene en nosotros su perpetuo asombro. ¡ Hasta lo que no estaba, lo que no era, se encuentra en ellos! La identificación súbita de su precisión enriquece su misterio diáfano. La fotografía sonríe sin timidez a la propia pintura: sus limitaciones mecánicas integran su realidad, caudal inmenso de posibilidades. En las fotografías de Manuel Álvarez Bravo encontramos, sobre todo, lo que no estaba: lo que no era: lo puesto por él mismo, su evidente personalidad..