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BARCELONA: 'For
Ever Lives Afrika'
Fnac L´illa, del 25 de noviembre al 7 de enero
Fotografías de Abbas/Magnum,
Bruno Barbey/Magnum, Philippe Bordas, Thomas Dorn,
Bernard Matussière, Michel Maiofiss, Jean-Jacques
Mandel, Peter Marlow/Magnum, Thierry Secrétan,
Chris Steele, Perkins/Magnum
Para quien no haya conocido a Fela, el Black President
de Lagos, el Robin de los Bosques de un gheto compuesto
por cien millones de almas; para quien nunca se haya
visto inmerso en el smog herbáceo del Afrika
Shrine, la mítica discoteca donde el Maestro,
ebrio de cerveza, lanzaba sus dardos de Afrobeat;
para quien nunca haya visto a Fela y a sus Reinas
en acción, semidesnudos y con sus cuerpos tatuados
en caolín con los colores de la guerra, la
música africana no es más que una simple
realidad discográfica.
Había que ir más allá y escuchar
algo más que viejos vinilos. Había que
conectar de nuevo con las imágenes, con la
película de la ceremonia. Así nació
esta exposición. Supervivientes de las ardientes
noches del Shrine, he aquí los retratos - a
la luz fantasmagórica de los tubos de neón
- del primer héroe de los bajos fondos de Africa.
Fela llevando en solitario las riendas de la ciudad
fantasma. Fela engalanado, micrófono en mano,
paseando entre las jaulas de sus chicas gogó.
Fela recluido en su búnker. Fela con el torso
desnudo erigiéndose en tótem del afrocalipsis.
El icono Fela, síntesis de Miles Davis y del
Ché, de Bob Marley y de Mohammed Ali, vástago
tribal del primer James Brown. Músico y político.
Desgarro y liberación. Sexo y militancia. El
manifiesto rotundo - ataque frontal - de los Olvidados
del Mundo.
Fela no fue sino la respuesta física al colonialismo,
un gancho directo al mentón de los corruptos
que se aliaban en Nigeria. Neo-colonialismo a la africana,
ultraviolencia del ejército que detentaba el
poder, ultraviolencia del pueblo en las calles, multinacionales
ahítas, Mercedes, móviles de oro macizo
y ríos de petróleo. Así es Lagos,
la megalópolis del miedo. Antiguo Reino de
Benin, levantada sobre el bronce y el marfil, Nigeria
es el país más rico y el más
poblado de todo Africa. Lo único que hace el
Espartaco de los bidonvilles es inventar la música
de los miserables, de aquéllos que se niegan
a morir sin hacer ruido. El inglés, el yoruba
y el pidgin, todos revueltos, forman el alfabeto de
una reivindicación fuera de lo común.
Fela ofrece a los desheredados un Reino de Utopía
del tamaño de una barriada: la República
de Kalakuta, bastión libertario autoproclamado
independiente.
Fela, solo, armado con un saxofón, vestido
únicamente con un slip y parapetado en el falansterio
de Kalakuta, desafía a las autoridades.
El mismo número de veladas en concierto que
de noches en prisión. Decenas de arrestos.
Desde 1970 hasta su muerte en el verano de 1997, el
Black President de los ghetos embarrados - donde los
ladrones se consumen entre neumáticos -no dejó
de proferir insultos contra los militares.
Estamos a comienzos del año 1977. Fela ha
adquirido talla mundial. Los generales deciden que
eso debe terminar.
Fela presiente el asalto. Ha levantado un muro de
alambrada de cuatro metros de alto alrededor de su
casa. Sus fieles seguidores y sus veintisiete esposas
bailarinas cierran filas en torno a él. El
Boss ha conectado un generador de 65 kilovatios a
la valla. Es como una tostadora gigante preparada
a modo de emboscada para los mil soldados que llegan.
Fela se asoma al balcón. Su música ruge
a través de los altavoces, se escucha sobre
todo el famoso título "Zombies",
verdadera carga de bayoneta contra el ejército
y las clases dirigentes corruptas. La réplica
no se hace esperar. El ataque resulta de una violencia
extrema. Fela conecta la electricidad a las alambradas
y fulmina a los primeros soldados que entran en acción.
Pero otros militares cortan rápidamente la
corriente. Comienza el asalto de la casa. Practican
el pillaje, incendian, golpean y desnudan a las Reinas.
Las violan. A la madre de Fela, antigua activista
política, de 77 años, le muelen a palos
y acto seguido la arrojan por la ventana. Morirá
a consecuencia de ello un año más tarde.
La República de Kalakuta, situada en el nº
14 de Agege Motor Road, Surulere, arde en llamas.
Las fotografías tomadas por Jean-Jacques Mandel
la víspera de la carnicería constituyen
el memorial de una verdadera vela de armas. Roto,
derrotado, Fela pasa un mes en prisión. El
General Obasanjo cree haber acabado con él.
Nada más ser liberado, Fela reclama - a modo
de provocación - doscientos millones de francos
en concepto de daños y perjuicios. En recuerdo
de aquella carnicería inunda al poco tiempo
Lagos con la música de dos álbumes dedicados
a las víctimas: "Sorrow, Tears and Blood"
y "Unknown Soldier". Fela se convierte en
un héroe. La calle está con él.
El rebelde salido de los bajos fondos proletarios,
el líder oculto de los bad boys, de los criados
y pinches de cocina que cobran 15 dólares al
mes, está libre, es rico, no ha sido castigado
y vuelve a verse rodeado de las más bellas
mujeres.
Fela retoma el camino del Shrine, esta vez con hombres
armados y con músicos. Fela se reencuentra
con su ejército de desarrapados, el saxofón
en su mano derecha y una antigualla de revólver
en la izquierda. La C.I.A. alerta de nuevo a la Junta
militar enviándole idénticos informes:
Fela = grave riesgo de desestabilización.
Consumido por el sida, Fela se mantiene en escena
hasta el fin, siempre de pie sobre las chapas quemadas
del Shrine. Algunas Reinas, extenuadas por continuas
giras y por una vida al filo de la navaja, ya han
abandonado Kalakuta. Pero Fela ha resistido. Sus antiguos
guardaespaldas y los niños de la calle mantienen
vivas las llamas del Afrika Shrine en lo que constituye
una última comunión de dos fuegos en
favor de los Olvidados del Mundo.
Philippe Bordas
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