| En una pintura, lo primero que hay que decidir es su
tamaño, el tamaño del cuadro, que surge
en principio por el propio tema. A partir de ahí
siempre empiezo a pintar directamente, de modo que el
cuadro, en su primer momento, es su propio boceto. Nunca
he hecho bocetos, ni siquiera cuando no he tenido claro
lo que quería pintar. En el cincuenta y uno empecé
pintando una mujer cogiendo el tranvía y, en sucesivas
transformaciones, acabó siendo dos mujeres sentadas
en una habitación. Ahora eso no puede ocurrir porque
parto de un motivo preciso. Aun así, surgen cambios
en la elección de la luz, en la escala de los tamaños,
de los elementos que componen la escena, que puedo desplazar
hacia arriba o hacia abajo, a izquierda o derecha. Con
frecuencia tengo que alargar por algún lado el
lienzo o la tabla. Todo eso lo voy viendo al ir pintando,
poniendo la materia, las formas expresadas por el dibujo,
la luz y el color, todo a la vez, de manera general y
simple al comienzo, e incorporando elementos según
la pintura avanza y lo permite.
Voy muy rápido al plantear el cuadro, al hacer
una aproximación a aquello que tengo delante.
A partir de ahí ya no se sabe, la labor de convertir
aquello en una pintura es interminable, eso no sabes
cuándo va a ocurrir. Vas sumando trabajo y hay
un momento en que en algún punto del cuadro empieza
a ocurrir algo. Ese núcleo pictórico vivo
va creciendo, sigues trabajando hasta que toda la superficie
tiene una intensidad expresiva que equivale a lo que
tienes delante, pero convertido en un hecho pictórico.
El límite de este proceso no es definido ni claro,
es una interpretación muy abierta, es una confrontación
con la realidad, como un espejo, donde no existen límites
ni final fuera de tu capacidad de esfuerzo y de tu propia
limitación. Hace tiempo que no me planteo eso
que se llama acabar un cuadro.
El cuadro nunca se termina. Siempre queda abierto.
Si ya has metido en él lo suficiente, no todo,
pero lo suficiente, aún se podría seguir,
pero surgen dificultades, cansancios, compromisos que
cumplir, deseos de empezar nuevas obras, y el cuadro
queda detenido en ese momento, pero nunca
terminado.
El hecho de coger y dejar el trabajo es inevitable
en la pintura del natural, donde sólo puedes
pintar unas horas cada día, unas semanas al año,
porque la luz cambia y cambia el carácter del
paisaje y en el límite de ese cambio tienes que
detenerte, esté como esté la pintura.
Sólo podrás reanudarla unos meses después,
cuando todo vuelva a coincidir. Y otra vez lo mismo,
trabajas una temporada y vuelves a detenerte y así
año tras año hasta que la das por buena.
Este proceso tiene dos riesgos: que cambie el tema o
que cambies tú en relación con él.
Si esos cambios no te impiden seguir, los vas introduciendo
en el cuadro, que puede quedar enterrado bajo la nueva
pintura. En los temas en que tienes un control sobre
la luz, en que tienes la posibilidad de detenerla, esas
habitaciones, esos objetos inanimados de un interior,
el proceso puede ser distinto. Si no te fatigas, puedes
trabajar en esos temas sin interrupción o reanudarlos
en el momento que deseas sin la dependencia de los motivos
al aire libre. En mi caso, el hecho de dejar y coger
la labor, es una gimnasia de años muy unida al
carácter de mi pintura. Aunque hayan pasado meses
desde la última sesión, puedo reanudar
el trabajo sin ninguna dificultad.
Desde que recuerdo, desde que empecé a pintar,
los que parecía que sabían más
hablaban del realismo con cierto desdén. Para
eso estaba la fotografía, ya que la realidad
debía ser transformada por el artista, etc. Después
las cosas han seguido aproximadamente así, con
unos razonamientos más o menos tópicos
o inteligentes. Siempre he leído y oído
los mismos argumentos. Al final, conceden que unos pocos
artistas realistas, sí, pero el realismo, no,
lo cual es una tontería porque eso no es posible.
Yo he trabajado en esas condiciones desde que empecé
y siempre he encontrado gente que me ha apoyado, que
ha creído en lo que yo hacía y en lo que
hacían otros artistas: gentes muy diversas, muchas
de ellas interesadas por lo mío en la misma medida
en que les interesaban otros artistas figurativos.
Últimamente, parece que hay como una necesidad
en muchas personas de ponerse al día, una mala
conciencia de muchos años por no haber comprendido
y apoyado el arte moderno, y eso ha enconado las cosas.
A mí tampoco me gusta la mayoría de la
figuración que se hace, pero tampoco me gusta
la mayoría de lo que se hace fuera de la figuración.
Lo peor es el propio temor a estar metido en una aventura
absurda y sin sentido, pero ya se verá.
Desde hace mucho tiempo me siento un poco a contrapelo
de lo que ocurre a mi alrededor. Eso es bonito, está
muy bien, pero es fatigoso. A mí nadie me ha
obligado a meterme donde estoy; además, también
dudo de la obra de los demás en el mismo sentido
en que puedo dudar de la mía.
Yo tengo pocas convicciones absolutas. Hay que aprender
a vivir y trabajar con las dudas que cada uno tiene.
Además, hay un elemento estabilizador, compensador:
lo interesante que es para mí la aventura de
la pintura frente a la realidad. Yo puedo dudar de mí,
pero no de esa aventura.
Antonio López,
Fragmentos de una entrevista de Michael Brenson,
crítico de arte del New York Times,
en 'Antonio López García', Lerner y Lerner,
Madrid, 1989. |