| La idea que sustenta este proyecto cinematográfico
es muy sencilla. Consiste, sobre todo, en la captación
de un acontecimiento real: la pintura y el dibujo de un
árbol.
A propósito de este hecho, algunas de las cuestiones
más elementales que, de manera inmediata, se
pueden plantear son las siguientes: quién es
el artista, qué es lo que pinta, y cómo
lo hace.
La película ofrece pronta respuesta a estas
demandas: el artista se llama Antonio López,
y pinta con un estilo que, basado en la exactitud, puede
denominarse realista un membrillero que ha plantado
en su jardín.
Pero lo hace, y éste es un detalle fundamental,
ante un equipo de cine, provisto de una cámara
y un magnetófono, que trata de recoger las imágenes
y los sonidos de este suceso.
Es así como, en este caso, la pintura y el cine
entran en relación.
Una relación que aquí supone la renuncia
explícita a cualquier forma previa de fabulación
y dramaturgia, incluso a la que podría elaborarse
a partir de los datos más significativos de una
biografía. Pero que, además, igualmente
prescinde del ejemplo, ya tradicional, que constituyen
los denominados documentales de Arte; es decir, aquellas
películas que utilizan la obra pictórica
para los fines de una síntesis cinematográfica.
Especie de diario elaborado a partir de la captación
directa de los hechos (todas las personas que aparecen
en las imágenes se representan a sí mismas,
y lo que dicen les pertenece), El sol del membrillo
trata, más bien, de buscar una relación
menos evidente entre la pintura y el cine, observados
ambos en lo que tienen de instrumento de captura de
lo real; es decir, como formas distintas de llegar al
conocimiento de una posible verdad.
A lo largo de este siglo, los pintores y los cineastas
no han dejado de observarse, quizás porque han
tenido, y siguen teniendo, más de un sueño
en común -entre otros, capturar la luz-, pero,
sobre todo, porque su trabajo obedece, como señaló
André Bazin, a un mismo impulso mítico:
la necesidad original de superar el tiempo mediante
la perennidad de la forma; el deseo, totalmente psicológico,
de reemplazar el mundo exterior por su doble.
La fotografía primero, y el cine después,
explican en cierto modo algunos de los aspectos más
sustantivos de la evolución de la pintura moderna.
Con su aparición, estas dos invenciones provocaron
una mutación profunda del estatuto de la imagen,
de su producción y consumo, que se ha extendido
hasta nuestros días.
Ampliando extraordinariamente el horizonte de esa mutación,
la televisión y el vídeo han tomado el
relevo precipitando la crisis del cine, su conciencia
de la propia caducidad. Acaso por todo esto, la pintura
y el cine contemporáneos transitan por más
de un territorio común, compartiendo incluso
parecidas frustraciones y esperanzas.
Porque en un momento como el presente, en el que la
inflación audiovisual ha llegado a extremos inimaginables,
la cuestión que se impone, más que nunca,
es la siguiente: cómo hacer visible pintar, filmar
una imagen.
Víctor Erice |