| A lo largo del verano de 1990, en Madrid, acompañé
a Antonio López en algunas de sus horas de trabajo
dedicadas a la pintura al óleo de tres paisajes
urbanos.
En determinado momento, con mi cámara de vídeo,
comencé a grabar imágenes y sonidos, especie
de notas sobre la labor del artista, que constituían
una referencia sobre la evolución de la luz y
el color en los distintos escenarios elegidos.
Poco a poco, fui ampliando el campo de mi experiencia.
Tomando como guía los motivos presentes en algunas
obras anteriores de Antonio, de muy parecidas características,
cuyo conjunto componía una especie de “suite”
urbana, acudí en solitario a los lugares de la
acción; es decir, me situé con la cámara
en el mismo punto y a la misma hora en que el pintor
lo había hecho con su caballete tiempo atrás.
De esta manera, en relación al tema, quise sentir
algo de lo que la otra persona pudo en su día
experimentar mientras trabajaba, empezando por lo más
inmediato: el calor, el ajetreo continuo de los transeúntes
a su alrededor, el tráfico intenso, etc…
Simultáneamente, sirviéndome de unas copias,
intenté ajustar todo lo posible mi visión
a la del pintor. En esta tentativa, el ojo de la cámara
impuso sus límites, evidenciando unas diferencias
(por ejemplo, en el formato del encuadre, la profundidad
de campo y el color) que revelaban, de una forma muy
sencilla, algunos de los rasgos generales, específicos,
de ambos medios de expresión.
Con respecto al paisaje tomado en su dimensión
real, el cine mostraba aquello que la pintura, por su
propia naturaleza, no podía capturar: el sonido
y el movimiento de personas y vehículos, su paso
fugitivo, captados en su transcurrir temporal. En la
grabación, la imagen de las cosas era también
la de su duración, permitía ver y oír
lo que el cuadro hacía desaparecer.
A tenor de esta circunstancia, la labor del artista
se presentaba como un trance donde los sentimientos
de ausencia y vacío constituían los elementos
claves de una representación. Observando el resultado,
era posible comprobar cómo la acción del
ojo y la mano del pintor había logrado trascender
los límites de esa representación para
mostrarnos finalmente no un testimonio directo de la
realidad, sino su pura revelación.
Al compás de estas pequeñas experiencias,
la oportunidad de hacer una película juntos nos
rondaba, pero las contadas ideas que, a este respecto,
ocasionalmente barajamos, no llegaron a adquirir la
fuerza suficiente como para definir un proyecto concreto.
Así fueron pasando los días.
El 24 de septiembre, Antonio López acudió
a trabajar, por última vez en la temporada, a
la terraza de una casa del barrio madrileño de
Argüelles. Al atardecer, concluida la sesión,
recogió todas sus cosas. Era el momento de guardar
el cuadro hasta el año siguiente: la luz del
verano se había ido.
Esa noche, Antonio y yo cenamos juntos. Había
entre los dos un cierto sentimiento de despedida. Cada
uno por su lado, pensábamos ya en nuestras próximas
ocupaciones. El plan de Antonio estaba muy claro: según
me contó, quería empezar de inmediato
a pintar o dibujar un membrillero que había plantado
en su jardín.
Fue así como, de pronto, el impulso necesario
para hacer una película surgió. Tanto
Antonio como yo comprendimos en seguida que no había
que tratar de buscar un argumento preciso ni de establecer
al menos en una primera instancia una ficción.
Se trataba, sobre todo, de partir de las cosas tal como
son y, provistos cada uno de nuestros útiles
de trabajo, acudir a una cita junto a un árbol.
Cinco días después, el sábado
29 de septiembre, empezábamos el rodaje de El
sol del membrillo.
Víctor Erice |