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Una
de ladrones de poca monta
Por
fin se estrena "Nueve reinas"
en España, después de aguantar pacientemente
en la sala de espera de la oferta y la demanda.
Cuenta la historia de un engaño, aparentemente
de poca monta, que deslumbra con un desenlace
'imprevisto' y crucial, digno de las mejores chisteras
cinematográficas (un perfecto encuentro
de Aristarain con Hitchcock).
Según
los críticos autóctonos ésta
es la mejor película argentina de la temporada
pasada (cuyo embrión se hizo cine sólo
gracias a su triunfo en un concurso de guiones
para nuevos talentos, lo que dice bastante del
presente económico de la industria argentina).
Y supone una gran bocanada de aire fresco en su,
actualmente poco alentador, nuevo panorama cinematográfico.
Esta
afirmación alude a varios aspectos: es
un filme de género (negro, en este caso.
Y dentro de éste de la familia de los estafadores,
por si ser de género no era bastante inédito).
Y, además, es una crítica social,
aunque soterrada en un laberíntico rompecabezas
que hace de primer plano. He aquí la diferencia
importante que tiene con respecto al cine de denuncia
explícito que, según la prensa especializada,
ha echado al público de las salas.
Ricardo
Darín y Gastón Pauls
comandan la nómina de actores de esta aventura,
un gran guiño de Bielinsky que comienza
con el encuentro fortuito de dos estafadores que,
a partir de entonces, deciden unir sus fuerzas
por un día, a ver qué pasa. Inesperadamente
incluso para las más soñadoras expectativas,
les surge un negocio urgente, inmediato e irrenunciable.
El
devenir del asunto nos enseña todas las
capas del hampa urbano, un club que convive con
sus víctimas sin que éstos sepan
de su presencia nada más que en ínfimas
proporciones, comparándolas con el avispero
real pero invisible que les acecha.
Como
si de una enorme muñeca matriushka se tratase,
las enseñanzas de "Marcos"
(Darín) a su joven e inexperto colega "Juan"
(Pauls), se asemejan según corren las horas
más y más a lo que es la realidad.
Y el punto de mira apunta cerca del entrecejo
del meollo.
El
espectador disfruta, engañado sin saberlo,
del decisivo día de trabajo conjunto de
la pareja ladrona de hecho. Sólo al final
del embrollo, el habitante de la butaca sabe que
fue también parte contratante del argumento.
La razón por la cual el desenlace nos explica
el por qué de todo es que si no nuestros
ojos mirarían la pantalla con compadreo,
y la virginidad del aforo necesita ser idéntica
que la de parte de los protagonistas. Es la regla
de este juego inspirado en las estructuras del
cine clásico tanto como en la destreza
de Houdini. 
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