La fuga de Lucía II

Éstos eran mis pensamientos aquellos primeros días que me dediqué a recorrer caminos; ya sabré..., ya veré..., pero sin llenarme. Todo como hueco, sin miedo al absurdo y... con mucho sol. Me estaba inundando de luz, tontamente, cuando decidí que lo más importante es que esa historia fuera terapéutica. Necesitaba protegerme de mí, así que mandé a Lucía por delante. Una mañana, conduciendo la moto, en la perspectiva de una estrecha y recta carretera, vi emerger un faro. Tengo que reconocer que el hecho de que esta imagen me recordara a una erección no me interesó nada. No quería sexo para Lucía. Aparqué la moto junto al faro y, caminando hacia el borde del acantilado, me detuve asombrado ante un gran agujero, de unos dos metros de diámetro, socavado en la roca del suelo.

Voy a pararme aquí porque esto tiene buena pinta, pensé, y enseguida volví a apartar la graciosa relación sexual entre este agujero y el faro. Aprovecho esta parada para decir que con toda esta narración de viajero, pretendo expresar que aquellas primeras imágenes que vi en la isla, contienen los significados más claros, naturales y profundos de Lucía y el Sexo, ahora que la he terminado. En esta película la materia fundamental ha surgido del proceso de su descubrimiento; pongo aquí como prueba el hecho de que en aquel momento, yo no tenía ni remota idea de hasta donde podía llegar.

Vuelvo a las posibilidades del agujero, vistas desde ahora mismo (tres años más tarde). Estaba contando la historia de una huida que, en el extremo de la isla, donde parece que ya no se puede avanzar, se topa con un agujero por el que se puede caer (la historia misma). Aquí aparece la tentación de escaparse en retroceso, y esto sé que es una idea de escritor, concretamente del personaje de Lorenzo, en el pasado de Lucía, su lectora favorita. Es decir, hay huidas que no van del todo hacia delante, porque antes de llegar muy lejos, pueden volver atrás para enfrentarse y resolver algo pendiente, justo en el punto de origen de la fuga, "para cambiarte el rumbo, si me dejas, si me das tiempo" (como escribirá él). Sí, hay muchas fugas paradójicas, pero yo entonces, viendo por primera vez ese agujero, no lo pensé, ya que el personaje de Lorenzo apareció seis meses más tarde.

En aquel primer descubrimiento, lo que surgió de mi inclinación al absurdo fue imaginarme toda la isla agujereada por dentro, tanto que no existía ni un solo trozo de roca que la uniera al fondo del mar. Carlos, el submarinista, contará a Lucía que aquello no es realmente una isla, "sino un trozo de tierra que flota, como una balsa. Los días de mar gruesa, la gente de aquí se marea, y nadie sabe por qué". Él ha buceado por debajo de toda la isla y ha visto su cara sumergida. "Es rugosa y horrible". Hasta ahí quería yo llegar cuando escribí Lucía, un rayo de sol, sin saber nada del pasado de unos personajes (Lucía, Carlos y Elena) que se encuentran allí casualmente, y que sólo les une el hecho de tener en común una tragedia de la que se quieren escapar, ya ocurrida muy lejos de allí. En aquella primera versión de Lucía fabriqué un extraño viaje a la nada, acompañando a Lucía, sin bucear, y pronto le encontré una casa donde hospedarla, regentada por Elena, una especie de madre isla, acogedora y perdida un poco en el olvido, su aire propio.

Después del estreno de Los Amantes del Círculo Polar, que hizo más espectadores que mis tres películas anteriores juntas, ya sin miedos existenciales de los que huir, volví a la isla para terminar de escribir aquella fábula tan sobre-expuesta por el sol. Ahora, con la distancia, veo claro algo: ¡Menos mal que nunca la rodé!

 


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