La fuga de Lucía I

Todo comenzó, exactamente, cuando terminé el último plano de Los Amantes del Círculo Polar: un acercamiento digital al reflejo de Otto en el ojo de Ana, mientras su pupila se dilataba de muerte y un viento blanco, helado, me barrió a mí también. Aquello fue como una cortinilla en mi vida, con lo que dejaba atrás mis últimos tres años y comenzaba algo en blanco, pero muy confundido y con el mal presagio de suponer que mi película recién terminada, era demasiado triste y devastadora como para complacer a nadie. Así que al día siguiente me fui de viaje con una pequeña cámara de vídeo digital, de éstas que caben en la palma de la mano, y con una única idea en la cabeza, llamada Lucía.

De mi siguiente historia sólo sabía que comenzaría con la carrera de una joven que necesitaba escaparse de una tragedia. Aún tenía tan cerca el personaje de Ana, que pensé en ella corriendo en dirección contraria a mi última película. Sí, la carrera inicial de Lucía partía de la carrera final de Ana, sólo que con el signo vital cambiado, es decir, de la muerte a la vida. Así, la estructura de la nueva historia debía ser simétricamente opuesta a la anterior, por lo que a Lucía le esperaría un final cálido y esperanzador. Alguien que se empeña de esa manera en dar otra oportunidad al destino, se merece un buen regalo. Y yo se lo quería dar, buscando, eso sí, un buen argumento para justificarlo.

Lo primero que grabé con la cámara fue mi propia sombra reflejada sobre la estela del barco que me llevaba a una pequeña isla del Mediterráneo. Tuve la sensación de estar dejándome atrás, poniendo ese mar de por medio entre lo que había sido y hecho hasta entonces, donde había dejado mis cosas, y algo nuevo que no conocía. La imagen de la espuma del mar batiendo mi sombra me podía servir para lavar también a Lucía, que necesitaba ser nueva. Borrarse la persona. Éramos dos sombras en una. ¿Qué tiene de malo?...

Uno de los aspectos que más estimulaban mi proyecto de limpieza era tirar hacia lo fácil y lo ligero. Pensé en rodar mi próxima película con esa pequeña cámara que cabía en mi mano, ayudado por un reducido grupo de amigos y producida en cooperativa. Así que tras desembarcar en la isla todo me lo tomé y vi con suma sencillez. Me alquilé una motillo para turistas y enseguida me encontré filmando un sol anaranjado encajándose sobre un islote rocoso, en el mar de Poniente, y una luna llena sobre un cielo aún azul, por encima del mar de Levante. Éstas imágenes me ayudaban porque eran bonitas e inofensivas, no significaban nada, nada viejo, quiero decir. Podía parecer que mi llegada a la isla tenía como primer objetivo el contemplar cómo terminaba un día nuevo, que yo todavía no había vivido. ¡Pues mira qué bien!. Y sonreí a todo aquel tiempo desconocido que me quedaba.


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