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El
mito
Lo latino está de moda en los Estados Unidos. Al modo
de la moda estadounidense, claro. En pantalla les gusta ver
a Jennifer López o a Andy García, cuando hacen
de buenos. Generalmente, los malos, son hispanos. Pero, de
un tiempo a esta parte, se reparten más los papeles. Las películas
están pensadas para reventar la taquilla con los ingresos
del cada vez más rico y numeroso colectivo latino. Aunque
hay algún hueco para cintas que de verdad hacen del compromiso
su bandera ("American me", de Edward J. Olmos),
la tendencia que marca la industria está bien clara: hagiografías
de mitos ("Selena") y comedias amables ("Dance with
me") que, además de surtir los minicines de los suburbios
de Chicago o Los Ángeles, puedan ser exhibidas
en Tegucigalpa o Almería. Productos elaborados
exclusivamente para el mercado hispanohablante, allá donde
esté.
Pero esta latinomanía no es nueva. Desde los primeros días
del cine siempre hubo un nicho para el actor de piel tostada
y ojos penetrantes, cuyo máximo exponente fue Rodolfo Valentino
o Ramón Novarro, que, para los más jóvenes y los neófitos
en iconografía gay, fue el protagonista de la primera versión
de "Ben-Hur" (Fred Niblo, 1925). No todo latino
puede triunfar plenamente en Hollywood. Actores como
Vittorio Gassman o Marcelo Mastroianni son un
claro ejemplo de cómo conseguir respeto en la meca del cine
pero no buenas películas allí. Si no ¿Por qué no se hizo el
"remake" de "Profumo di donna" (Dino Risi, 1974)
con él?
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