COMEDIA
SEXUAL DE UNA NOCHE DE VERANO.
Fernando Trueba
Que
Woody Allen se ve y le gustaría ser visto como un artista ya
no es novedad para nadie. "Annie Hall" -seguramente su mejor
película- marca el punto final de su carrera de bufón
y el debut de su cine de arte, mas en la línea del film d'art
que del arte y ensayo. esta película poseía todas las
virtudes de su primera época -es radicalmente divertida- y
también las de la segunda-gags perfectamente fundidos dentro
de una sólida y compleja estructura-y ninguno de los inconvenientes
que pudieran poseer tanto las películas que la precedieron
como las que le han sucedido.
Si
"Interiores" y "Stardust Memories" fueron tachadas
de bergmaniana y felliniana, respectivamente, esta, "Comedia
sexual de una noche de verano", puede fácilmente correr
igual suerte. De hecho, su titulo remite ya a Shakespeare vía
Bergman. Sin embargo, es más en el Renoir de "Toni",
"Une partie de champagne" y "Le dejeuner sur l'herbe"donde
habría que ir a buscar inspiración, y no solo porqué
ésta, como aquellas, trate las relaciones de la naturaleza
con los sentimientos, la influencia del paisaje el clima en la pasión
o el sentimiento amoroso, sino porque el tono, el estilo y, lo que
es más importante, la actitud con que Woody Allen muestra sus
personajes, donde objetividad y comprensión se funden en vez
de chocar, debe no poco a lo que deberíamos llamar renoriana,
y no es cuestión de comparaciones, ejercicio en el que el tiempo
es el maestro.
Cuando en el plano final de "El dormilón" Woody Allen
lanzaba a bocajarro sobre Diane Keaton y los espectadores la frase
"Yo sólo creo en el sexo y en la muerte", por un
lado no nos decía nada nuevo, ya que "Toma el dinero y
corre", "Bananas", "Todo lo que usted quería
saber sobre el sexo..." y "Sueños de seductor"
nos habían ilustrado y deleitado extensamente sobre sus preocupaciones,
por lo que él mismo calificaba en una de ellas como "mi
pecado favorito". Pero, por otro, lo de la muerte era una revelación.
Y "La última noche de Boris Gruschenko", "Interiores"
y "Stardust Memories", en mayor medida, y "Annie may"
y "Manhattan", en menor, se encargaron de demostrar que
aquello no era sólo una frase-broche a lo "Nadie es perfecto"
("Con faldas y a lo loco"), sino casi una declaración
de principios.
Lo
preocupante era el orden de preferencia entre tan opuestas obsesiones.
La insistente complacencia en lo sombrío de sus últimos
trabajos -llenos, por otra parte, de peligroso talento- ha producido
deserciones masivas entre los woodyalleanos más entusiastas,
y más de uno comenzaba a opinar que Woody debía abandonar
tan entrañable seudónimo y comenzar a firmar con su
verdadero nombre: Alan Stewart Konigsberg, más acorde con sus
últimas obras. Para otros, Allen había digerido mal
la tarta de su cuarenta cumpleaños, y aquí radicaba
la suicida obstinación con que se afanaba en pasar de ser un
autor mayoritario de payasadas de alto coeficiente intelectual a un
cineasta de cabecera para pedantes maniacodepresivos. Con un poco
de distanciamiento, tras tan excéntrica actitud, podía
apreciarse una poderosa personalidad, inquieta y dispersa, arriesgada
y masoquista. O sea: Woody Allen. La toma de partido que supone su
última película puede suponer para muchos una feliz
reconciliación. Su tema: el deseo, despeja cualquier equívoco
y hace aparecer sonrisas entre las líneas del más sesudo
de los ensayos, como por arte de magia. Y la magia es también
el tema de esta sátira. ¿O cómo si no llamar
a la fascinación que una casa de campo, el bosque que la rodea
y el arroyo que las fertiliza, produce sobre estos seis personajes?
Magia. Y esta magia tan sorprendente, pero tan natural, y tan arcaica,
hará que un impertinente donjuán, fornicador y tramposo
(Tony Roberts) descubra el amor puro y verdadero, la pasión
que redime y mata; que un filosófo materialista recién
entregado a la vejez y en la víspera del matrimonio, y que
sólo cree en la ciencia (José Ferrer) abra su cerebro
al mundo invisible y su alma al animal tantos años enjaulado
y se libre a un ejercicio de sexo bárbaro y, por tardío,
mortal; y, por fin, que el anfitrión de la fiesta, un atribulado
inventor cuya vida conyugal funciona tan defectuosamente como sus
inventos (Woody Allen) vea cómo sus juguetes toman vida y su
mujer recupera el furor perdido tras liberarse de su complejo de culpa.
Este es el hermoso conjuro que anima "La comedia sexual de una
noche de verano". En él, Woody Allen ejerce de maestro
de ceremonias dentro y fuera de campo y seis muestras representativas
de los infinitos ejemplares que componen la comedia humana retozan
como animales en celo en un retablo pintado por Gordon Willis con
colores tomados prestados a Edouard Manet y Ghislain Cloquet y al
son de los compases de Mendelssohn.
Casablanca
nº 12
Noviembre de 1981