BERGMAN,
LA CHICA DE CASABLANCA
Por
Fernando Trueba
una
de las cosas que el cine americano nos ha hecho amar como ningún
otro son los secundarios. La ingente cantidad de actores donde escoger
y el físico no demasiado heroico de muchos les convirtieron
en segundones de por vida. Grandes talentos que dejaron su vida en
pequeños papeles, en fugaces apariciones que muchas veces hacían
eclipsarse a los protagonistas. "Casablanca", la película
más mitificada de todos los tiempos -no es mito de élite,
sino mito de masas: el nov en vanguardia seguro preferirá "Now
voyager"-, es la gran fiesta de los secundarios: Claude Rains,
Peter Lorre, Sydney Greenstreet..., pero también Paul Henried
y, por supuesto, Bogart, rey de los secundarios. Y en medio de esta
histórica representación de "característicos",
una mujer: Ingrid Bergman. He oído cientos de veces la frase:
"Lo que menos me gusta de Casablanca es Ingrid Bergman".
Pese a encontrar esta frase injusta y equivocada, uno no puede buscarle
una razón. A muchos espectadores, Ingrid Bergman no les "pega"
con el resto del reparto. Ello se debe a que Ingrid Bergman es un
número uno. Y los demás son número dos. Número
uno es aquel que por una serie de particularidades se ve abocado a
una limitación: los papeles "heroicos". La distinción
tampoco es racista. Es una cuestión de función única
dentro de los más dispares relatos. Un número uno -macho
vestido con un camisón de mujer será divertido, pero
no grotesco o inelegante. Cary Grant es un número uno. Y del
mismo modo, un número uno-hembra puede vestirse de hombre y
decir diálogos de hombre y resultar creíble. Greta Garbo
y Katherine Hepburn son también números uno. Y no son
muchos más los que pertenecen a esta raza. Su retiro o falta
de circulación se debe a que no son valores en el mercado actual.
No tienen sitio -y lo saben y no creo que les preocupe- en la época
de los Woody Allen, Liza Minelli, Shelley Duvall, Dustin Hoffman,
etc. No son realistas. Y el realismo no los necesita. Son actores-idea,
actores abstractos. Un número uno nunca finge ser: es.
Cuando dos números uno coinciden en un relato y la sincronía
es perfecta, el resto pierde foco. Los geniales Claude Rains o James
Stewart de "Encadenados" o "Historias de Filadelfia"
no cuentan, aunque sirvan maravillosamente la historia. Pero ésta
se debate entre Grant-Bergman o Grant-Hepburn. Son películas
olímpicas (de Olimpo). Películas números uno.
Se
le ha discutido a Ingrid Bergman su ausencia de marca, de caracterización,
sin contar con su raza. Por eso lo filoneorrealistas la veían
como una intrusa en las películas de Rossellini quién
se sirvió de Ingrid Bergman para salir del neorrealismo. Ingrid
Bergman sólo podía hacer de Ingrid Bergman, como Cary
Grant sólo puede hacer de Cary Grant. Parece ser que a muchos
molesta esta imitación. A otros muchos nos parece el fundamento
de una grandeza inaccesible. Con Ingrid Bergman desaparece, pues,
una actriz irreemplazable. Nadie puede hacer ya su papel. Era lo suficientemente
fría para Hitchcok, lo suficientemente cálida para Renoir.
Lo suficientemente documental para Rossellini, lo suficientemente
convencional para Fleming, Curtiz o Wood. No se puede pedir más
versatilidad a una estatua de mármol. Para ella el transformismo
-eso que muchos llaman introspección- era simplemente una falta
de etiqueta.
CASABLANCA,
núm. 22
Octubre de 1982