ELOGIO
(APÁTICO) DEL ACTOR REAGAN
Fernando Savater
Se
insiste, de manera un tanto exagerada y hasta rencorosa, en que el
hoy presidente de los EE. UU. de América, señor Ronald
Reagan, fue un actor cinematográfico más bien mediocre.
Me parece que tiende a magnificarse un pormenor que quizá admita
valoraciones menos negativas de las que la animadversión "progre"
al líder conservador está dispuesta a conceder. En primer
lugar, ¿qué es un actor mediocre? Para algunos, quien
no ha ganado nunca el Oscar (determinación que hubiera servido
para descalificar hasta hace bien poco a Henry Fonda), o quien no
tiene "más que un solo papel" (que es como decir
que Bahamontes no fue un gran ciclista porque sólo era bueno
en la montaña), o quien siempre ha trabajado en películas
mediocres, circunstancia que bien pudiera no ser culpa del actor en
cuestión y quizá revele mala suerte antes que poca valía.
Ronald Reagan reúne bastante convincentemente las tres condiciones
precitadas, pero no por ello me parece que es suficiente para ondenarle
a la plena ineptitud artística. Peor es el caso de los actores
que son llamados mediocres porque se cargan con su torpeza un buen
papel o una buena película: v. Gr.: el triste y aburrido Anthony
Hopkins como doctor en la, sin duda, excelente "The Elephant
Man" ["El hombre elefante"]. Pues bien, señores
del jurado, tendrán ustedes que concederme que no es este el
caso del señor Reagan, el cual no puede ser acusado de haber
desperdiciado ningún buen papel ni de haber enturbiado ninguna
buena película por la sencilla razón de que jamás
tuvo la ocasión de cometer tal pecado cinematográfico.
De modo que hay algo de malevolencia política en reprocharle
su falta de talento como si fuese un dato más que añadir
a su nefasto dossier de reaccionario; sus partidarios no están
desasistidos de razón cuando eufemizan lo de "mediocre"
calificándole de actor "discreto". Por mi parte,
como -al igual que Rousseau- prefiero ser un hombre de paradojas a
ser un hombre de prejuicios, estoy dispuesto a concederle incluso
una discreta excelencia interpretativa. Concesión que me conviene,
además, para lo que a continuación quiero exponer.
El
actor discreto tiene una ventaja agridulce sobre el gran actor: no
tiene la suficiente personalidad para sobredeterminar sus papeles
hasta hacerlos "inconfundibles". Naturalmente, esto le aleja
de la excelencia, que consiste precisamente en tal inconfundibilidad,
pero también le permite emplear sus recursos interpretativos
en papeles atípicos; es decir, extraartísticos. La idea
de que el mejor actor es el que más variadamente se transforma,
el que logra ser menos reconocible, encierra una profunda ingenuidad:
muy por el contrario, el gran actor es siempre él mismo, lo
que no equivale a ser siempre el mismo. Los grandes actores son personalidades
artísticas y juntamente versátiles; sellan inconfundiblemente
todas sus interpretaciones, pero, además, logran interpretar:
el espectador no puede olvidar que está viendo a Charles Laughton
o a Ingrid Bergman, pero además recibe toda la complejidad
del personaje de ficción al que encarnan. Claro que esto imposibilita
a los grandes actores para desempeñar cumplidamente el papel
de personajes vacíos, es decir, de "cargos públicos",
pues sus excesivos recursos personales desbordarían fastuosamente
en una interpretación de espectacularidad institucionalmente
controlada. John Wayne, por ejemplo, era demasiado John Wayne para
representar convincentemente el papel de presidente USA, aunque encarnase
todos los requisitos ideológicos que el electorado pudiera
desear; su fuerte personalidad hubiera puesto el cargo de presidente
a su servicio, en lugar de servir él con su trabajo interpretativo
al hueco y dorado alvéolo presidencial. Un discreto Ronald
Reagan, en cambio, es capaz de jugar su papel de modo aventajadamente
histriónico ( con "naturalidad" histriónica,
que no es nada fácil de tener), pero sin sobredeterminarlo
personalmente, dejando que el papel le pueda. John Wayne siempre hubiera
hecho de presidente, pero Reagan es lo suficientemente discreto como
para llegar a serlo. Es un caso conocido. Para un espectador de "Mogambo"
no presenta dudas que la única que puede llegar a princesa
"real" es Grace Kelly, nunca Ava Gardner: cualquier principado
sería estrecho para Ava, no digamos el diminuto de Mónaco
Y no olvidemos al Papa, que también es un discreto actor secundario,
que, por fin, ha llegado al estrellato. El señor Woytila cumplirá
su función pontificia de forma convenientemente espectacular,
sin renunciar a ninguno de los recursos del arte de Talía,
pero sin anular el trono de San Pedro con su genio cómico;
en cambio, pensemos en que maravilloso pero insoportable espectáculo
nos hubiesen dado en el mismo papel Vincent Price o el tremendo Orson
Welles. Este último seguro que no hubiese podido resistir la
tentación de salirse del guión y habría comenzado
a interpretar directamente a Dios Padre
Ventajas, pues, del actor discreto o, como dicen los rencorosos, del
actor mediocre. Ahí tenemos a Reagan haciendo de presidente:
sonríe, saluda, abre los brazos, recibe un balazo, cae, se
muere, resucita. Su agresor también era un aficionado al cine,
capaz de matar a un actor que hace de presidente por encandilar a
una actriz que hace de niña perversa. Y no pasa nada, como
han visto ustedes. Dentro del papel de presidente está el sufrir
un atentado por obra de un más o menos loco, y Reagan ha cumplido
funcionalmente con las exigencias del guión; quizá su
agresor también fuese un actor especializado en papeles de
magnicida
En cualquier caso, este elogio de Reagan tiene que
ser algo apático, pues no podemos quitarnos de la cabeza la
reacción posible de John Wayne en sus mismas circunstancias,
devolviendo certeramente el fuego del agresor o, aún mejor,
la de ese otro actor John F. Kennedy, que se murió de verdad
N.
B.: El mismo día que concluí este artículo, el
actor que hace de Papa sufrió un atentado, del que, por lo
visto, también ha resucitado. Vincent Price, ex cardenal Richelieu,
no hubiera perdido la ocasión de morirse o, al menos, hubiera
sometido al agresor a la tortura del pozo y el péndulo. ¿No?
Casablanca
nº 6
Junio de 1981