EL
WESTERN COMO BIOGRAFÍA
Fernando Savater
Los
primeros fotogramas de la película "El último pistolero",
con la que se despidió del western John Wayne, el más
grande de los actores de ese género, muestran una rápida
sucesión de imágenes que sintetizan la trayectoria artística
del protagonista a través de sus más destacadas intervenciones:
"La diligencia", "El hombre que mató a Liberty
Balance", "Ella llevaba una cinta amarilla" ["La
legión invencible"], "Eldorado", "True
Grit" ["Valor de ley"], etc
Por una hábil
utilización de cierta paradoja típicamente cinematográfica,
esos fotogramas sirven juntamente de ojeada retrospectiva sobre la
vida del personaje que encarna Wayne en el film, dotándole
así del espesor de un pasado, pero también constituyen
la más válida biografía del propio Wayne, a quien
vamos viendo envejecer entre disparos de Winchester y puñetazos
en el saloon. En efecto, todo actor -especialmente cuando ha practicado
con particular ahínco o fortuna un género- puede leer
a lo largo de sus actuaciones un diseño biográfico que
no es solamente el de su carrera profesional, sino el curso vital
de su propio personaje, fabricado por aposición de distintos
nombres y argumentos; un personaje que no es exactamente ninguno de
los que ha hecho, pero que los incluye todos, sin confundirse, sin
embargo, con el actor mismo en cuanto persona "real", sea
esto lo que sea. Digamos, pues, para embrollar esta obviedad con una
pedantería taxonómica, que podemos distinguir tres John
Wayne: primero, el actor propiamente dicho, nacido en tal fecha y
muerto en tal otra, con tales o cuales matrimonios, tales ideas políticas
o estéticas y tal filmografía; segundo, el que aparece
concretamente en cada una de sus películas: el Dhabi Crockett
de "El Álamo", el cazador de recompensas de "True
Grit", etc
; y en tercer lugar, ese pendenciero y noble
vaquero transversal a todos sus westerns, misteriosa simbiosis de
la temporalidad irreversible del primer Wayne y de la eternidad de
celuloide del segundo, diverso pero fundamentalmente idéntico
(como cualquiera de nosotros), al que los años y la oscilación
histórica e ideológica atañen pero sin alterar
sus pasos anteriores, que siempre es posible reponer. Podríamos
aplicar el mismo esquema, con los necesarios retoques, a un Humphrey
Bogart, a un Henry Fonda o a un Vincent Price
quizá en
último término a cualquier actor. Pero dejemos esto
para otra ocasión.
Quisiera hablar ahora de otra cosa, que quizá bien mirado no
es si no la misma. Al contemplar esos primeros minutos de "El
último pistolero", no fue tanto en la biografía
de John Wayne en lo que pensé como en la mía. Decía
Stevenson que él amaba los barcos "como otros aman el
amanecer o el borgona". Yo amo el borgoña, los barcos,
incluso el amanecer (me han hablado muy bien de él), pero sobre
todo amo y heamado el western. Y se me ocurre que la vida del aficionado
a las películas del Oeste no debiera poder escribirse más
que como una teoría de galopes, Colts 45 y cargas oportunas
del 7º de Caballería.
¿Qué mejor biografía para uno que apuntar: en
tal año, vio por primera vez "La diligencia"; en
tal otro, se le apareció "Raíces profundas";
durante dos años más no ocurrió nada y luego
llegó "Solo ante el peligro", etc
? En realidad
pocas cosas más de interés recuerdo que me hayan pasado.
Pero tampoco la afición al western es monolítica y atemporal,
pues ni siquiera en esto puede salvarse uno de la historia, "esa
pesadilla de la que quisiera despertar", como decía Joyce.
Allí, en la edad de piedra, hubo aquellas películas
de las que sólo títulos recuerdo, porque fueron tiempos
inocentes en los que no existían directores, productores ni
intermediarios por el estilo: tiempos de "Wichita, ciudad sin
ley", de "Flecha rota", de "Dos cabalgan juntos",
de las aventuras de Red Carson y de Hopalong Cassidy (interpretado
por William Boyd) que mis hermanos y yo repetíamos con minucioso
entusiasmo en nuestro cuarto durante meses después de haber
visto la película. Luego vino la era clásica, del descubrimiento
sobrio y violento de la metafísica viril de la amistad encarnada
en aventuras insuperables: John Ford, "Shane" ["Raíces
profundas"], el Howard Hawks de "Red River" ["Río
Rojo"], "El tesoro de Sierra Madre", "Duelo al
sol"
Quizá esta última y alguna inquietante
maravilla como "Johnny Guitar" (elogiada antes y ahora por
los imbéciles calificándola de "algo más
que un western", como si los westerns fueran "algo menos")
señalaban la inevitable transición a las convulsiones
del barróco; la apreciación estética del western
se le hacía a uno difícil por la empanada "progre"
propia de la edad y derivábamos hacia una estética cuyo
encanto era más desaforado y catastrófico, de la que
"Grupo salvaje" y "La muerte tenía un precio"
son ejemplos desigualmente ilustres pero idénticamente imitados
por mercaderes demasiado desaprensivos incluso para ser buenos mercaderes.
Y luego el crepúsculo de los dioses, la muerte de Ford, de
Hawks, de John Wayne, el declive venerable de James Stewart o Henry
Fonda, los westerns sobre el western y los westerns sobre los westerns
que hablan del western. Películas tan deliberada y concienzudamente
nostálgicas como ese "Último pistolero" antes
mencionado.
¿Han muerto las películas del Oeste? ¿Deberemos
algunos fanáticos concluir ya nuestra biografía? Por
fortuna ahí están "Dos hombres y un destino"
o "Forajidos de leyenda" para devolvernos la confianza en
una madurez en la que el relativo decaer de los ímpetus no
equivale a la sucia resignación ni excluye novedades vigorosas,
Ánimo, pues. También en el Oeste la vida comienza a
los cuarenta
Casablanca nº 1
Enero 1981