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por Fernando Trueba
Mi recuerdo de David Airob en el rodaje de El Embrujo de Shanghai, es
como de un amiguete que estuviera de visita en el plató. Siempre
detrás,
charlando con algún otro amigo o con alguien del equipo, con esa
sonrisa cordial permanente que posee. Y, sí, lo confieso, con unas
cámaras colgadas. Pero juro que jamás le he visto haciendo
una fotografía. De todos los fotógrafos que conozco él
es el más discreto, el fotógrafo invisible. Lo que casi
equivale a decir el fotógrafo ideal. Pero la sorpresa viene después.
Cuando un día vi su trabajo, tuve la sensación de no haber
estado en mi propio rodaje. Pues David me estaba
mostrando una especie de película paralela. Un punto de vista jamás
soñado. Y aprendo a ver la realidad del rodaje desde otros ojos,
desde otra mirada. Y descubre uno cosas insospechadas. Las imágenes
de David me fascinaron desde que las vi por primera vez y le pedí
que no nos abandonara ya hasta el final, que se viniese a Madrid y que
cubriese todo el rodaje. Hay auténticos cuadros en las imágenes
de David: de Vermeer a Hopper, de Hammershoi a Magritte, y hasta algún
Christo que otro. La poca importancia que él se da es inversamente
proporcional a lo deslumbrante de las imágenes
que capta.
Nadie le ha visto decir a alguien que se ponga en tal sitio y haga tal
cosa. David Airob se limita a estar, mirar, ver lo que nadie ve, y a registrarlo
para que todos podamos verlo luego. Tiene la sencillez de los grandes
artistas.
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