|
"El
embrujo de Shanghai" ha unido el cine de Fernando Trueba
y la literatura de Juan Marsé por un mismo camino:
el de la fantasía. El escritor Javier Fernández de
Castro nos cuenta cómo fue el encuentro entre los
dos creadores con la ciudad de Barcelona como escenario
ineludible. Se abre el telón. Juan Marsé y Fernando Trueba,
entre el embrujo y la fidelidad:
|
|
De entrada, Fernando Trueba y Juan
Marsé son tan diferentes que casi parecen incompatibles.
El uno todavía no ha terminado de colocar su última película
y ya está preparando la siguiente, de manera que mientras
él anda por Cuba, Miami y Nueva York su equipo recorre
Barcelona y Cataluña buscando esos lugares que, para su
desesperación de localizadores, tan minuciosa como insustituiblemente
han quedado descritos por Marsé.
Éste por su parte, pausado, tranquilo,
hace gala de una ironía que en boca de alguien más rencoroso
o amargado pasaría por un cinismo demoledor, cosas ambas
que no pueden estar más lejos de Juan Marsé. Sin embargo,
a la que ambos se calientan un poco hablando de lo suyo,
lejos de resultar incompatibles más bien parecen complementarios,
pues el cineasta habla de literatura con una cordura y
un conocimiento que para sí quisieran muchos profesionales
de la tecla. Y el supuesto literato es capaz de describir
minuciosamente un plano secuencia de una película que
vio a los siete años de edad en compañía de su abuela.
Fernando Trueba se muestra tajante a la hora de defender
la única razón que a estas alturas parece justificar la
costosa operación que implica poner en imágenes una historia
ya de por sí suficientemente bien contada por Juan Marsé:
"Lo hago porque me gusta. Me gusta mucho
la novela, y es un reto hacer una película de una novela
que ofrece grandes posibilidades cinematográficas". Lo
cual, a juzgar por la simpática sonrisa que ilumina el
rostro del autor, parece complacerle en extremo. "Hay
otras novelas suyas, por ejemplo Rabos de lagartija, que
no me plantearía poner en imágenes porque la percepción
temporal y espacial surgen de una conciencia o una sensibilidad,
en cualquier caso abstracta, mientras que el cine está
condenado al realismo, o sea a la concreción entendida
como lo opuesto a la abstracción". Juan Marsé: "Uno de
los problemas con Rabos de lagartija es que la voz narradora
pertenece a un feto, un embrión, y eso que en literatura
es perfectamente admisible en el cine se pierde. Es lo
mismo que ocurre con la Plaza del Diamante, de Mercé Rodoreda,
pues ahí lo que vale es la postura moral que define a
la narradora, ya que habla desde ella, en tanto que al
ponerla en imágenes se pierde el carácter moral y la narración
queda como un mero enunciado de anécdotas".
Señalo como curiosidad que Fernando Trueba,
cuando ha hecho su observación acerca del realismo o concreción
cinematográficos, y justo en el momento en que Marsé empezaba
a hablar, ha dicho casi por lo bajo y para sí mismo: "Aunque
luego vienen otros y te demuestran que es posible hacer
justo lo contrario de lo que dijo". Lo cual aparte de
honrarle es algo que luego repetirá, siempre por lo bajo,
cada vez que se oiga a sí mismo haciendo una observación
que le suena en exceso categórica o dogmática. Sin embargo,
ambos se entregan con fruición al tema de las adaptaciones.
"Ulises", de Joyce, "Bajo el volcán", de Lowry, "Muerte
en Venecia" y "El gatopardo", de Visconti, ésa me gusta,
aquella no, pues a mi en cambio en su momento me deslumbró
aunque luego me haya decepcionado bastante. Podrían ser
dos buenos chefs haciendo un amable repaso a los mejores
platos de sus colegas: que si el perejil, que si la salsa,
ay qué pena de salsa porque el plato era bueno. A Trueba
el oficio de adaptador le atrae tanto porque le plantea
problemas relativos a su propia concepción del cine, y
ella es la razón por la que en alguna ocasión incluso
ha aceptado encargos de obras que le espantaron, como
aquél indescriptible Sé infiel y no mires con quién. "Valiente
bodrio", remata con afable colofón.
Juan Marsé: "No he colaborado para
nada en el guión El embrujo de Shangai pero lo he leído,
y lo que más me sorprende es que las dos historias, tanto
la que ocurre en Barcelona como la de Shangai, en mi cabeza
ocupan un lugar considerable, a pesar de lo cual Fernando
ha logrado atraparlas las dos casi por completo". Fernando
Trueba:" Bueno. Ya veremos. Tal y como yo las imagino,
el cuento dentro del cuento ocupa más o menos una quinta
parte del tiempo total, pero eso es algo que no lo puedes
saber hasta que no has visionado todo el material y has
hecho el montaje". Juan Marsé (dirigiéndose a mí, pero
lanzando breves miradas de reojo a Trueba): "No sé cómo
va a resolver los engarces entre las dos historias porque
yo, mientras las escribía, muchas veces buscaba deliberadamente
que el lector no supiese si estamos en Barcelona o Shangai,
y en literatura sé muy bien a qué trucos recurrir, como
hacer que llueva simultáneamente en ambas ciudades, mientras
que en cine...".
|
|
|
No pienso desvelar el secreto.
Primero porque Trueba no fue muy explícito al respecto
(él lo debe de tener tan claro en su cabeza que hasta
le parecerá innnesario explicarlo) y segundo porque no
deseo ser acusado de chafar la película de antemano revelando
sus mejores secretos. Trueba,
mientras tanto, sigue con las adaptaciones porque, obviamente,
es el tema del día. Fernando Trueba: "La adaptación es
un compromiso tanto más grave cuanto más te guste la novela.
Orson Welles, por ejemplo, decía
que prefería adaptar novelas que compraba en los quiscos
de las estaciones porque ello le daba una libertad total
a la hora de hacer cambios". Y añade con una mueca:" Y
supongo porque con ello se evitaba de paso la famosa comparación
entre película y novela" "¿Tú sabes de dónde sale eso?",
dice Juan Marsé con todo el aspecto de estar encantado.
Y sin más cuenta el chiste de las dos cabras que se están
jalando sendos rollos de películas y una de ellas, con
la boca llena de celuloide, le dice a la otra: "Pues a
mí me gustó más la novela". Fernando
Trueba: "El primer espectador de una película adaptada
es el autor, y en este caso confío en que, lejos de enfriarse,
mi vieja relación con Juan se vea favorecida.
La respuesta fue amable, pero
tenía su punto de rigor porque de ella no se infiere que
dicha relación tenga garantizada su pervivencia incondicional.
Juan Marsé: "A mí, cada vez que
han adaptado al cine una novela mía los periodistas siempre
me han presionado para que me pronuncie a favor o en contra
de la fidelidad. Yo, al principio, no sabía muy bien qué
decir porque ni quería pasar por tonto asumiendo una chapuza
ni mucho menos hacer la tontería de hablar de traición
y cargarme de paso la gallina de los huevos de oro. Pero
ahora conozco perfectamente la respuesta frente a cualquier
adaptación: la fidelidad o no al texto original es irrelevante,
porque lo que cuenta es si la película es buena o no.
Mientras sea buena, a quién le importa la fidelidad".
Fernando Trueba (con un breve gesto
de aceptación con la cabeza, como quien toma buena nota
del embite): "El escritor como el lector, pero también
el guionista, el director o el espectador, cada uno tiene
en la cabeza su propia película, con su luz, su color
o el rostro de los personajes...y entiendo que tiene que
ser muy duro para el escritor percibir que el director
ha visto en su libro una película muy diferente...por
lo que estoy de acuerdo con Juan en que el único criterio
válido es decidir si el resultado es bueno o malo".
Juan Marsé: "Mira lo que pasa con
Buñuel y las novelas de Galdós.
No creo que nadie que vea "Tristana"
salga del cine convencido de haber hecho algo parecido
a una lectura de Galdós". Pero ahora, profesionales ambos,
la fidelidad cobra un giro inesperado porque cae en lo
concreto. El equipo casi al completo espera allí de cerca
con un memorial de agravios porque el barrio de Horta-Guinardó
de hace treinta años, descrito por Juan Marsé con fastidiosa
fidelidad, no existe, y los forasteros se llevan recorrida
media Cataluña buscando casas y rincones indicados por
el propio Marsé como posibles escenarios. Pero no acaba
de ser lo mismo, claro, a la casa que no le falta una
galería le sobra tamaño y así es difícil sacar parecidos.
Y aparte está el problema del el casting de niños, que
vaya otro pues "qué difícil es encontrar uno que dé el
tipo y encima sepa actuar". "¿No te parece a ti que ese
niño que sale en...?". En fin. Como ya veo que a partir
de ahora no me van a hacer ni caso, aquí nos quedamos,
ellos camino de un buen restaurante para reponer fuerzas,
y yo a lo mío pero a desgana. En parte porque es una delicia
escuchar a Juan Marsé describiendo plano a plano una película
de Robert Mamoulian o a Fernando Trueba contsando a su
aire un cuento de Woody Allen. Pero sobre todo da pena
dejarlos porque estoy casi seguro de que una vez solventados
los asuntos profesionales, y al calor de una buena cola
de merluza con patatas y cebolla pasarán a los "off the
record", que como todo el mundo sabe son intrascentes
pero también tan sabrosos o más que cuando se ponen a
hablar en serio. 
|
|