Imposible hablar de Tomás Gutiérrez Alea como se hablaría de un hombre muerto. No puedo. Tarea ímproba es apresarlo en frases escritas, pues la más brillante o elaborada quedará trunca, resultará imprecisa. No hablamos solamente de un gran director de cine, sino de alguien que con su talento, esfuerzo y generosidad contribuyó al surgimiento de un arte cinematográfico de perfil propio en nuestro dolido contexto latinoamericano. Hablamos de un realizador que con rabiosa decisión soslayó el estéril rincón del ensimismamiento, del artista puro y otras falacias. Hablamos de un ciudadano en el pleno sentido de este vocablo, capaz de asumir la pasión, la decisión y hasta el error por dejar constancia de su tránsito en un período excepcional de la historia de Cuba, que también lo ha sido para otros pueblos.
Su obra fue reflejo intenso de su personalidad y de su tiempo, hecha con tan sagaz entrega como criticismo de creador irreductible. Hablamos de un partícipe de excepción porque su obra es también su entorno, el paisaje intelectual cubano donde se funden gentes de cine y de pensamiento, de literatura y artes, en una aventura única, desde un polémico

cuestionamiento y una militancia disciplinada. Solamente quienes viven desde adentro los controvertidos días de un proceso social que se propuso cambiar el destino, pueden comprender la comunión de esos extremos que se tocan: disciplina y cuestionamiento. Lo comprendió y practicó Titón de manera aleccionadora.
A él, como a tantos, en horas de hostilidad y de fatiga lo abordaron las sirenas de la evasión. Y aunque dotado y preparado como pocos de sus colegas en el continente, optó por la permanencia y la pelea frente a dogmatismos de viejo y nuevo cuño. En una marea enrarecida por proclamados incondicionales, mantuvo la posición del artista que no accede al abortivo oficialismo. Su cine es palpitante muestrario de tan peculiar quehacer. Si recorremos su filmografía, truncada con su muerte en abril de 1966, tenemos un mosaico que es, también, un panorama de la época. Y si a esos filmes sumamos su persistente afán polémico en libros y acciones, topamos con un hombre que en vida y obra defendió su derecho a ser y hacer, junto con el de sus congéneres.

Peleón y ríspido, pero tierno, Titón mostraba sus facetas en tránsito sin artificios. Su humor, por momentos ácido, burlesco, hiriente, siempre fue esperanzado. Solamente la búsqueda de la evasiva perfección humana puede generar una obra de tan crecidos y complejos matices. Solamente una vocación de servicio que no se acoge a la interesada aquiescencia, puede generar esos giros sorprendentes. A tiempo
comprendió Titón que en términos intelectuales -que lo son de vida viviéndose- la incondicionalidad total no existe, o queda en artimaña de arribistas o mediocres, los mismos que una vez colocados en "la acera de enfrente", con similar denuedo enarbolan los intereses contrarios. Pero tampoco existen la evasión y el desinterés, como no sean para que el creador honesto pierda su razón de ser.
La trayectoria de Titón, en Cuba y para Cuba, acendrado en su propia cultura y participando con intensidad en sucesivas vorágines, defendiendo lo ganado y afrontando la venalidad que lo ponía en quiebra, fue la del artista que lo es en esencia y por serlo se arriesga a la incomprensión, a la soledad y otros incordios y se compromete a sucesivas curvas de una espiral donde él resulta agonista. Cuando todos los hombres tienen un poco de razón nace la tragedia, señaló Aristóteles. Y cuando la realidad artística -que de manera insoslayable es social y política- no se puede enmarcar en los fáciles esquemas del distanciamiento o del oportunismo, en el arte también nace el proteico sentido trágico de la vida. Tragedia entendida como dialéctica irrecusable. Razón que no se alberga en una sola y unívoca arista del conjunto, que trasciende la retórica, los giros discursivos y otras contingencias.
Ese sentimiento existencial, asumido como fatum y brújula, impactó y determinó la vida y la obra del creador/ciudadano Tomás Gutiérrez Alea. Ahora el estudio y la contextualización de sus filmes pueden ofrecer un punto de observación excepcional. No sólo los argumentos y los elementos de realización, sino el tiempo y el ambiente en que nacieron esas obras. Él fue del júbilo exaltado al
criticismo agudo, que es profunda expresión del compromiso. De la épica al discurso accidentado, plural. Y en ambos expresó una poética generada, dictada y condicionada por las circunstancias de un creador auténtico. Al observador no deben escapársele esos aspectos contradictorios, que alimentaron su obra porque accidentaron su vida. La sardónica mirada de este realizador de cine quedó estrechamente vinculada, enraizada en el cambiante sentimiento de una época estremecida por los pálpitos de una existencia asumida en el vórtice, siempre en riesgo. Esto explica el profundo impacto de su muerte entre sus contemporáneos, la estupefacción por tener que asumir el fin de una trayectoria personal que, a un tiempo, fue colectiva. Por eso impulsa a pensar y actuar. Por eso no puedo hablar de Titón como si estuviera muerto.
 

Reynaldo González
Director de la Cinemateca Cubana

©Tomás Gutiérrez Alea 2001